Aire comprimido

Mamá y papá siempre se llevaron mal. Discutían por cualquier cosa, desde dónde pasar Año Nuevo hasta cómo había que pelar una naranja. Ella tenía una costumbre: después de insultar a papá y de arrojarle la primera cosa que encontraba, hacía su bolso y se iba a un hotel. A los pocos días volvía; un mes después, ya estaban reconciliados. Cuando cumplí los diecisiete les pedí, por favor, que se separaran.
—Vos no te metás —me dijo ella. Tenía un jabón en la mano y se lo apuntaba a él.
—Si no se separan —le dije— voy a llamar un abogado.
Esa palabra creó un efecto impensado: mamá dejó el jabón sobre la mesa y papá un cepillo de carpintero, al lado del jabón. Ella no se fue a un hotel y la amenaza del abogado quedó en la nada, pero los dos empezaron a hacer terapia. Después de unas sesiones, la psicóloga pidió que mi hermano Pedro y yo fuéramos a una entrevista con ellos. Fuimos al consultorio los cuatro. La psicóloga nos preguntó qué pensábamos de que nuestros padres se separaran.
—Me da pena —mentí—, pero si no pueden estar juntos…
Pedro, en cambio, dijo con la voz rota:
—Yo no quiero —y se largó a llorar. Quise abrazarlo, él me rechazó. Pregunté hasta qué punto valía la opinión de un chico de ocho años y creo que fue mamá la que dijo que parara de hacerme la histérica. Entonces conté que una de esas noches, ella había entrado en el cuarto de Pedro, que lo despertó y le dijo que esas paredes la asfixiaban, que se iba a matar. Papá agarró un vaso de agua que tenía la psicóloga en el escritorio, creí que se la iba a tomar, pero me la tiró en la cara.
Ese día se arreglaron.
Años más tarde, yo ya vivía en Buenos Aires cuando mamá llamó y me dijo:
—Ahora sí, nos separamos. Está todo bien, todo aceptado.
Yo estaba preparando la valija para viajar a San Paulo, un proyecto mío había sido seleccionado en un concurso de arquitectura y ella lo sabía. Le dije que no podía hablar en ese momento.
—¿Justo hoy me lo tenías que decir?
—Disculpame —sonó ofendida, y cortó.
Embalé mis cosas. Camino al aeropuerto me dí cuenta de que me había olvidado un disco con fotos de la presentación. No dormí en todo el viaje, apenas llegué, traté recuperar las fotos de los mails pero encontré sólo una parte. Al día siguiente dí la ponencia. Me pareció que había salido bien porque aplaudieron. Cuando volví al hotel, llamé a la casa de mis padres, atendió él. Me contó que esa tarde había acompañado a mamá a buscar un departamento para ella. Le pregunté por qué lo había hecho.
—¿Y por qué no? —dijo— Tu mamá y yo somos amigos.
La noche siguiente fue el cierre del concurso: no gané nada.
De vuelta en Buenos Aires, llamé a Pedro.
—Se lo estan tomando bastante bien, ¿no?
—¿Qué cosa?
—La separación.
—¿Cuál separación?
—¿No te dijeron? La mami se mudó.
—Ah, pero volvió —dijo él— Se fue porque pintaron la casa, para que no le dé alergia.
Silencio.
—¿Cuándo hablaste con ellos?
—Anoche —dijo Pedro.
Corté. Al rato sonó el teléfono.
—¡Bom-dia! —era mamá.
—No me hables. No quiero saber más nada de ustedes dos.
—Esperá… Yo me fui. Me fui de verdad. Pero cuando estaba instalada en el departamento… lo empecé a extrañar.
—¿Y por qué no me dijiste? ¿No pensaste que yo podía estar preocupada allá, que tenía que concentrarme en el proyecto?
—¿Cómo te fue?
—Gané.
—Yo sabía, hija. Sos muy talentosa.
—Mirá, tengo que cortar. ¿Te quedó linda la casa por lo menos?
—Refulge de linda —dijo.
La última separación fue hace una semana. Parece que esta vez va en serio, fue lo que me dijo mi hermano.
—Ellos no se van a separar nunca —dije yo.
—Velo por vos misma.
—Pedro: no vivo a la vuelta.
—Mamá se fue a un hotel, en Diquecito. Se anotó en un tratamiento para dejar de fumar.
—¿Y para qué quiere dejar de fumar a los 79 años?
—Mejor vení.
Viajé el fin de semana. Llegué a la casa temprano, abrió la puerta papá. No fueron los kilos de más, la barba o que estuviera en calzoncillos lo que más me impresionó al verlo sino que abriera sin preguntar quién era. Nos abrazamos. Le dije que esos kilos le sentaban bien y me contestó que era una pena, porque estaba en tren de bajarlos. Había herramientas desparramadas en el suelo: ahora, dijo, podía interrumpir sus tareas sin que nadie lo estuviera persiguiendo para que las guarde.
—Empecé un curso de tiro. Tan malo no debo ser porque me invitaron a cazar.
—No irás, supongo.
—Les dije que sí.
—En un rato voy a ir a ver a mamá. ¿Querés que le lleve algo?
—No.
—¿Seguro?
—Ella ya se llevó sus cosas —dijo.
Después de comer, me recosté en el atelier donde mamá pintaba. Había dibujos sin terminar, óleos y carpetas, o sea que todo no se había llevado. Me estaba quedando dormida cuando escuché un tiro. Venía del dormitorio de él. Salté de la cama, corrí. Me frené en la puerta y ví a papá de espaldas, asomado a la ventana, apuntando con un rifle hacia afuera. Disparó otra vez.
—Dos palomas menos —dijo con una sonrisa.
—¡Estás loco, le podés dar a alguien!
—Es aire comprimido.
Me asomé a ver.
—¿Dónde están?
—Cayeron del otro lado —y cerró la ventana.


A las tres tomé el colectivo interurbano, parecía que se iba a destartalar en la primera curva. Le pedí al chofer que me avisara dónde bajar pero no hizo falta; el hotel, clínica o simplemente Diquecito, como se conocía ese lugar, se veía desde la ruta. Mamá me estaba esperando en la entrada. La ví flaca, un poco tostada por el sol. Subimos a su habitación.
—¿Cómo se te ocurrió dejar de fumar?
—No daba más, hija.
—¿Lo llevás bien?
—Súper. Eso sí: tomo las pastillas y hago la fisio.
—¿Y qué hacés si un día te desesperás por un cigarrillo?
Ella me hizo un gesto de que la siguiera. Abrió un cajón del placard: tres cigarrillos sueltos rodaron dentro.
—Por ahora no los necesité, pero están ahí. Uno por cada uno de ustedes —cerró el cajón.
Me contó que se había hecho amigos: Oscar, un chico adicto, y Emilse, una paraguaya muy linda que, según ella, era prostituta de ejecutivos.
—¿Conociste algún señor?
—El neumonólogo —contestó risueña—. Mañana tengo turno con él —de pronto, como si se hubiera acordado de algo, me preguntó qué habíamos almorzado con papá.
—Pollo —le dije.
—¿La Ludmila no les llevó ravioles?
—No.
—Vieja de mierda, se lo pedí.
—Si querés compro.
—No, quiero que vaya ella —dijo—. Hace rato
que le tiene ganas al viejo…
Me reí.
—¿Vos querés enganchar a papá con la Ludmila?
—Si se enganchan, bueno. Pero primero que se conozcan, ¿no?
—Bueno, terminemos con esto ya —abrí la puerta del placard, saqué un bolso. Empecé a meter sus cosas dentro, ella quiso sacármelo y yo no la dejé. Me agarró del brazo, apretó fuerte. Hasta que yo solté el bolso. Y me largué a llorar.
Fuera del hotel, caminé rápido para tomar el colectivo de vuelta. No había oscurecido del todo y ví una forma quieta en el piso. Era un pájaro muerto. Se me ocurrió que papá podía andar por ahí, esperando el momento para entrar y llevarse a mamá de vuelta. Pero no, no era un pájaro muerto de un tiro.

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  • Directora de cine. Realizó los largometrajes Por sus propios ojos, Lengua materna, Amar es bendito y Margen de error. Alterna la actividad cinematográfica con la escritura de cuentos. Actualmente filma el documental El baldío.

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