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Posiblemente él también sabe que “insignificancia” es el vocablo que le cae justo a la tarea de escribir, y como crítico de cine se caracteriza por ser melancólico y nostálgico en extremo, aunque sin melindres que lo atraganten. Pobre. Gran parte de su vida surca por idéntico camino, salvo cuando llega la Navidad. En esos días en que el año a veces suele terminar el crítico de cine se vuelve un narrador erótico y parece no estar más en este mundo.

Todos queremos tener alas.

El crítico de cine lo logra durante las Navidades. Se pierde en el Paraíso.

Lástima que a mí no me pasa algo así ni siquiera en Carnaval.

Una vez me metí en el cementerio de mi pueblo natal, en Calchín, a un costado de la ruta 13, a profanar mausoleos. Decidí ignorar las piezas con valor de reventa en el mercado negro, como candelabros o plaquetas de bronce. Sólo me llevé unas cortinas, aunque es más adecuado llamarlos visillos. Fabriqué unas marionetas japonesas que nadie se animó a animar.

Otra vez, viajé a París con el único objetivo de descubrir la localización exacta de un tugurio, sería mejor decir prostíbulo, ubicado en la trastienda de una librería, en el desaparecido Passage des Beresinas, del que Céline habla en su Voyage au bout de la nuit. El maldito sólo había dejado entrever que se encontraba detrás del viejo Folies-Bergère. Nada hallé.

En otra ocasión realicé un estudio de postgrado universitario sobre el sindicalismo centroargentino de finales de los años 60, y fui reprobado en tres ocasiones; luego de lo cual me volví neocon. Y después de unas largas semanas de planificadas derrotas electorales, ya que contaba con la humedad, el calor, el humo y una que otra cerveza caliente para pasar de mano en mano, abrí un club de jazz en un ancho pasillo de la calle Río Negro, frecuentado casi exclusivamente por inmigrantes peruanos que querían escuchar merengue. A mí siempre me gustó el sonido telegráfico de las escobillas sobre los platillos… o los cajones.

Un buen día se me ocurrió ir a pasar una temporada en uno de los tantos mundos subalternos que nos rodean, y aunque me llevé la Biblia de la teoría de la deconstrucción, el De la Gramatología de don Jacques Derrida, y también el Corán de la teoría de las catástrofes, el Estabilidad estructural y Morfogénesis de René Thom, no pude dejar de pensar en duendes y gnomos azules que me visitaban mientras amanecía, antes del mate cocido.

Después me empleé como ordenanza en la Oficina Municipal de Ayuda a la Víctima del Delito donde, a pesar de ascender después del primer mes a trabajador del turno diurno, jamás pude creer en nada de lo que oía, como sedientos murmullos gritones, por los pasillos y en las salas de espera.

También, durante las siestas me puse a pintar con el íntimo ánimo de ser un secreto a voces entre los entendidos y, por supuesto, terminé eclipsado por la sombra, opaca y taciturna, de mi maestro. (Si no me reconocen, no se preocupen: hasta entre mis condiscípulos soy el gran desconocido.)

No está de más señalar que, tal vez pasmado por un pasado que carecía de la frecuente sensiblería del cuando entonces, mucho antes de tener la edad suficiente me interné en un geriátrico, y no soporté cierto acoso sexual de los enfermeros.

Luego hice una especie de cursillo de autoayuda en Espontaneidad Manifiesta, al que aprobé después de un poco natural y minucioso esfuerzo de comprensión, escalón por escalón, en absoluto carente de complejidades crecientes y decrecientes, del difícil arte de aparentar candor y llaneza ante el primer semblanteo. Tanto brío me terminó de abatir.

Lo sé bien.

Sin duda me pierdo para siempre el Purgatorio.

Hoy he decidido que antes de cumplir los sesenta debo dar a conocer que la tristeza es linda: como esta puerca rana que crepita en la sartén que humea.

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

  • Mauricio Martínez es pintor, escultor, director de arte y marionetista. Publicó sus primeros dibujos en la revista Hortensia a los 15 años y para Barbaria, con gran placer, vuelve a ilustrar como en sus años mozos.

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