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El polémico mapa de Zheng He

Sé de una poderosa flota china del siglo XV, al mando del eunuco Zheng He, que llegó no sólo a las costas de América, sino también a las de Australia y la Antártida. Zheng lo hizo durante un puñado de años: desde 1405 (año en que muere el uzbeko Timür-i lang, más conocido como Tamerlán o aquel que murió en Utrar), cuando dieron comienzo sus viajes, hasta el lejano año de 1418.

Gong Yanming (catedrático de Historia de la Universidad de Zhejiang), no lo cree.

¿Qué puede hacer uno frente a la incredulidad?

De que el tal Gong crea la versión de una América anterior a una América, depende mi felicidad.

Como Jean Paul Eckermann en busca de Goethe, así, ni más ni menos, he de ir en busca del catedrático chino, intentando hacerle notar en qué medida yo dependo de él.

He quedado en encontrarme con él fuera de su país, en los suburbios de Saigón: hoy, y desde hace más o menos cuarenta años (pero qué son cuarenta años si pienso en el eunuco Zheng He), llamada Thành Phố Hồ Chí Minh.

Me lo imagino:

Después de un firme pero casi silencioso, como un navajazo tirado al pasar, “¿Motorbike, Sir?”, un hombre muy sonriente, delgado y oscuro me conducirá, por un ridículo precio, desde el centro de la ciudad hasta la casita donde me espera el chino (una casita que me hará recordar la pieza que supe alquilar en el número 35 de la calle Coníferas, en la colonia Izcalli, municipio Valle de Ayotla, en Ixtapaluca, Estado de México). La velocidad no excederá los 20 y 30 kilómetros por hora, y a ser posible sin detenerse casi nunca será un recorrido muy parecido a una corriente eléctrica que se transmite a través de un alambre tortuoso: el hombrecito, su bicicleta y mi cuerpo. Nos cruzaremos con esas motonetas que cargan con familias rodantes, siempre más de cuatro personas, dos de las cuales llevarán pañuelos de colores cubriéndole sus cabellos o jarrones de porcelana del color de los pañuelos. Después de unos cuarenta y cinco minutos, no más, dejaremos atrás el tumulto de negocios y tiendas que nunca, pero nunca, me habrán de parecer negocios y tiendas. Y justo antes de apearme del carrito bicicletero, ya alejados del cemento, se ha de desencadenar el cotidiano chaparrón.

Después del primer té, recién después, quizá me establezca en la comuna de Phạm Văn Cội, en el distrito donde empezaban los túneles, por un puñado de años: un lapso no mayor de nueve años (Jotape Eckermann también se tomó nueve años). Aunque sé muy bien que la mía no se ha de tratar de una verdadera convivencia con el catedrático chino (como sí fue el caso con el viejo Goethe, quien desde su casita de verano, su Gartenhaus en un prado a orillas del Ilm, trepaba por un sendero que comunica las afueras de Weimar con los ahora restos del campo de concentración de Buchenwald en la colina del Ettersberg, tomando del brazo al joven Eckermann con el único motivo de no tropezar mientras le hablaba), pues con Gong, que ya debe andar por los setenta, seguro que no compartimos gustos culinarios.

Por supuesto que a mí, que antes que leer palabras me apasiona leer imágenes, una vez más, no me importará escribir nada, pero lo que se dice nada, sobre esa experiencia de iniciación del maestro por el alumno…

Yo sólo lo haré por américa.

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

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