Aplausos (Engañapichanga 24)

Uno traza en torno a sí mismo un círculo mágico  y deja fuera todo lo que no tiene que ver con sus juegos secretos.

Ingmar Bergman

 

para el Dr. José Stelzer

 

Gracias por escucharme, gracias por su silencio… esteeee… claro que me gustaría saber si le gustó lo que le conté… mire… una vez en el diván de un psicoanalista en Buenos Aires, al contarle mis tristezas –yo era un bebé, de unos veinte– empecé a llorar sin consuelo. Cuando me calmé, después de mucho, hubo un silencio total… y de repente escuché aplausos, él me aplaudía fuerte, como se aplaude en el teatro o donde sea cuando algo gusta. Me sentí morir y creo que nunca lo perdoné, por lo menos hasta que en una sesión posterior, tal vez arrepentido de su… cómo llamarlo… atrevimiento, hartazgo, locura, brutalidad, insight, epifanía… me trató como trata una madre a su bebé: yo estaba nerviosito, agitado, y me fue diciendo cómo tenía que respirar para tranquilizarme, para no cansarme tanto, para bajar la angustia, sí, fue como una madre. Me sentí acunado, en brazos, cobijado y querido.

Después entré al mundo del teatro y siempre recuerdo esos aplausos con la misma sorpresa, pero sin el dolor, con alegría. Creo que hizo bien, me encaminó, no sé qué opina Ud., fue todo un hallazgo operativo: sardónico, un tanto cruel, pero me indicó el camino justo.

La verdad es que aquí ya no quiero entrar en los detalles de los miedos en escena: olvidarme la letra o sentir demasiada emoción, saltarme diálogos enteros como alguna vez me ocurrió, temblar cuando empieza a entrar el público y no querer salir. Tampoco quiero detenerme en que a veces, ahora casi nunca, en los aviones, en los ómnibus, en los súper, en los cines, una vez al aire libre esperando que entrara Mangueira en el Sambódromo, me siento/sentía asfixiar o morir; ni cuando dando clases me hallo extraño, me da frío, siento que me voy a caer, o cuando la cortina blanca de la ducha me asusta y me parece que no me va a dejar respirar… Todo eso fue pasando, espero que nunca vuelva. Yo era un manojo de cables pelados chicoteando sobre un piso húmedo… Eso pasó, sí, gracias a Ud., al tiempo, a media pastilla por noche, al olvido, a la vida que cambia.

Creo que estoy terminando, que ya nos quedan pocos encuentros. Nos volveremos a ver, nos cruzaremos, nos saludaremos con afecto y con pudor… como fueron estos días y estos escritos, cariñosos y púdicos. Quedan algunas cosas que quiero contarle, no se va a salvar de mí tan rápido, además es posible que la vida me siga deparando sorpresas y continúe aquí mismo sentado. Pero le recomiendo: tendría que aplaudirme esta vez…      

 

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

2 comentarios

  • Este Videla es un narcisista. Tiene los cables pelados.

  • APLAUDO!!!!
    eso es lo que hago … te aplaudo… te admiro, y mucho… ohhh…no digo nada nuevo… gracias por poder leerte…

Los comentarios están cerrados.

Vuelve al inicio