[Bésame, estúpido] 11

Amores

 

Meryl

 

The Post, Los papeles del Pentágono

Fort Apache, de John Ford

 ¿Quién no se emocionaba en mi época cuando sonaba la trompeta y llegaban los soldados a salvar a la familia de la última carreta incendiándose, rodeada de un círculo de pieles rojas vociferantes? Y la banderita flameando también ayudaba a que el cine respirara de alivio. Hasta nos poníamos a zapatear de lo lindo, de lo lindo que sentíamos. Aunque yo estaba del lado de los indios en general, de todos modos no quería que Carroll Baker o Virginia Mayo con marido e hijitos rubios murieran a los flechazos. Aún ahora siento que esa emoción es el cine. EL CINE. Es como un salto del corazón, un galope al galope. El cine que hace creer que existe La Justicia, que El Mal pierde y es castigado, que hay tanta gente noble que se arriesga y sacrifica por nosotros, pobres mortales. Que El Bien triunfa y El Amor es eterno.

Así es The Post. También es un alegato antiTrump. Más allá de muchas otras consideraciones –concesiva, demagógica y varios etcétera más– es gran cine, el que recuerda a 12 hombres en pugna, a 12 del patíbulo, a Tiburón, a Stalag 17, El puente sobre el río Kwai, Haksaw Ridge para nombrar solo películas guerreras. Grandes actuaciones, todas sobre el mismo carril: eficiencia, construcción muy acabada. Al principio me reí de Meryl Streep, en parte porque parece revocada a doble mano, pero sobre todo porque hace de más. Andaba con un portafolio cartera grueso y yo pensé, uf, lo va a sacudir por todos lados, y así fue, hasta volteó una silla con esa vaina. Siempre anda arreglándose el vestido, mira para allá y rápido para acá, suspira y parpadea mientras come un trocito de algo y hace mil cosas con el canapé. Pero, luego de comenzar así, a puro tic histriónico, de repente alza vuelo: consigue un primer plano que es de una belleza como pocas veces se ha visto en el cine. La película merece ser vista por ese milagro que logra Meryl Streep cuando deja sus ñañas.

Meryl Streep en Los papeles del Pentágono

 

Verano, humo

Ella, bellísima, con los ojos turquesa que nadie tenía, discute con su marido bellísimo, enyesado y con bastón, de ojos celestes que nadie tenía. Toman whisky –se escucha mucho ruido de cubitos– y de vez en cuando aparece un papá gordo y una casa enorme con columnas blancas. Un amigo de él se ha muerto, se siente muy solo y por eso discute con la esposa, que siempre anda en enaguas. Hay muchos otros personajes, autos relucientes, kilómetros de césped. Eso recuerdo de la primera vez que la vi, en el cine Alvear de mi pueblo, con toda mi familia, un viernes a la noche, en los 50. Era el título más hermoso del mundo: Un gato sobre el tejado caliente. Es cierto que Maggie tenía una vocecita chirriante de gata inquieta. Al final medio que se amigaban con el marido en el dormitorio, con esas camas de bronce y cortinas al viento.


Un gato sobre el tejado caliente, E. Taylor, P. Newman

En otra de nuevo está ella, esta vez no se ve el turquesa, era en blanco y negro. Hay muchas plantas carnívoras. Una vieja mala, que sube y baja sentada en un ascensor que es como una silla, quiere declararla loca y hacerle hacer una lobotomía. Un médico joven hipnotiza a la chica. Quiere ayudarla. Al final ella está con una malla blanca y al novio, que es otro, se lo comen vivo un montón de pibes en una playa. Al salir, era una salida familiar, mi papá me dijo: ¿Entendiste?, lo que pasa es que él es un invertido. Me pareció que era un modo especial de decir que tenía un pecado y por eso había sido agarrado por los caníbales. Me quedó rondando el título: De repente el último verano.

De repente el último verano. Liz Taylor

 

The Killing

Como ya aflojó un poco la navidad podemos sumergirnos en asesinatos al por mayor –o por menor dadas las edades de las víctimas de la tercera temporada–. Hoy estuve, medio atontado después de Papá Noel, viendo horas y horas de esta serie. La verdad es que, estupenda y a la vez ridícula, es difícil poder despegarse de ella por varias razones. Hay episodios sensacionales, como el dirigido por Jonathan Demme –poco tiempo antes de morir– y otros mediocres, por lo artificiosos y rebuscados, pero no deja nunca de atrapar. Claro que los guionistas se repiten, usan el mismo recurso dos, tres veces y hasta cuatro, y hay también demasiado adorno, pero la serie pega sus buenos sustos, te tiene agarrado al sillón y, sobre todo, descansa en Mireille Enos y Joel Kinnaman, que no solo son espléndidos actores sino que tienen una carga de sensualidad no explícita como hace tiempo no veía en la pantalla. Rodean todo el grisor y la lluvia de Seattle de su olor a vida en medio de un montonazo de sangre.

Lo gracioso es que ellos como detectives parecen la papa pero, en verdad, son pésimos: no encuentran a ningún asesino, se equivocan constantemente de diagnóstico, cada uno de los que creen es el culpable aparece muerto de mal modo. No salvan a nadie nunca, ni siquiera a la gente más querible y amenazada, preguntan dos pavadas y abandonan los interrogatorios sin haber sacado nada en limpio, hasta se olvidan –o los guionistas olvidan– un personaje importante que ha sido secuestrado. El final de la Temporada 3 es tan absurdo que da calambre. Pero bueno, uno los perdona, estarán llenos de miserias y ardides, pero se hacen querer. Dan ganas de llenarle la heladera a Sarah –que nunca tiene nada–, darle comidita en la boca, lavarle el pulóver, y a él dan ganas de apagarle el pucho, sacarle la sudadera y ducharlo.

The Killing

 

Bruno Ganz, in memoriam

La marquesa de O…

Dos de sus películas están entre mis diez primeras. Todavía recuerdo la impresión que me dio La marquesa de O…, de Eric Rohmer, cuando la vi en un cinecito italiano de barrio, en Verona, hace siglos. No podía contener la felicidad que me produjo, me desbordé de amor. Y recuerdo el salir de ver El amigo americano, de Wim Wenders, también en un cine veronés. Estaba con Pepe Robledo y los dos quedamos aturdidos en la esquina, un atardecer, sin entender qué tormenta nos había envuelto y dejado así, como hojas al viento.

El amigo americano, de Wim Wenders

 

Alfonso Cuarón

 

Roma

He llorado como un condenado, de puro placer y dolor, ese de la vida y ese placer y dolor de lo… cómo se diría … ¿artístico? Una amiga me escribió que era como una versión cinematográfica de Perla, y por momentos es cierto que sentí que hablaba de Pili, de mí y de mi familia. No hay nada soberbio en estas palabras, creo que todo lo que es tocado en profundidad revela lo mismo: el amor, el transcurrir, los contrastes, el dolor, la alegría y la muerte, la vida.

Roma

Y tu mamá también

Enredado y arrastrado por Roma volví a ver esta película, que había visto en el 2001. Nunca más pude verla, la calidad del VHS no lo permitía, no entendía el acento mexicano. Quise mostrarla a mis amigas italianas cuando vinieron en el 2004 y fue un fracaso, quise mostrarla a mi amor hace unos años y fue otro fracaso. Y hoy la vimos juntos en copia brillante, destellando desenfado, audacia, emoción, sexo, diversión, dolor, asombro y compromiso humano. Sentí que, al lado de Roma y Gravedad hacen un trío magnífico, como el que componen Maribel Verdú, Diego Luna y Gael García Bernal. Y esos lugares estupendos, que pude conocer, y esa falta de pintoresquismo –quiero decir de no exponer las bellezas arquitectónicas de México– y ese ahondar, casi de paso, sobre la realidad cruda.

y tu mamá también

El único error, para mí, es el final. No lo que sucede con ella, sino con ellos. Son unos farabutes, pero después de una experiencia como la que tuvieron, en ese viaje, que los fue modificando, no se merecían ese final de negación e indiferencia. Ese viaje, y ella, habrían provocado necesariamente otra cosa, un atisbo de que podían ser diferentes. Se encontraron con una mujer extraordinaria que los obligó a cambiar. Nos merecíamos los espectadores otra cosa, y no hablo de felicidades, sino de conciencia, la que aparece apenas en la cara de Gael cuando se queda solo en el bar antes de pedir la cuenta. En 2001 no eran tiempos de atreverse a tanto y Cuarón tuvo que hacer una bajada de línea políticamente correcta, eso de que los hijos de la burquesía son una mierda y no pueden cambiar. Pero creo que nos quedamos sin un final que podría haber sido único y esperanzador, como también es la vida, mal que se diga. De todos modos, la película obliga a viajar juntos: con la película, con Maribel Verdú –tan hermosa, fuerte y audaz– y con ellos dos, esos canallitas con alma, a veces.

 

Sin aliento

Vi la película cuando era un adolescente. Recuerdo que sentí cosas contradictorias: me divertí, me aburrí, no entendía casi nada de lo que pasaba, me irrité, pero a la vez, por la ola de comentarios que la rodeaba, sentí que estaba ante algo importante y que no conseguía clasificar. Todavía no había visto Hiroshima mon amour ni Los cuatrocientos golpes. Vuelvo a Sin aliento pasados cincuenta años –mon dieu– y me sucede algo parecido:

–Me divierten los cortes, la arbitrariedad, las angulaciones particulares, las actuaciones artificiales y naturales a la vez.

–Me aburre que la levedad y belleza no se carguen de deseo, de sensualidad, de violencia, y permanezcan epidérmicas.

–No entiendo los personajes, siguen siendo arbitrarios, sin misterios, sin honduras. La delación de ella es absurda.

–Me molestan los mohines frente a la cámara, frente a los espejos, la seudovitalidad.

–No me gustan las entrevistas, las frases altisonantes y huecas.

De todos modos vi la película con gusto, un gusto combatido. París está filmado bellamente y de un modo inusual, ellos son dos animalitos hermosos y uno puede perderse mirando sus muecas, Belmondo es encantador y es cierto que ella hace estallar la pantalla sin hacer casi nada.

Creo que, a pesar de que no es de mis favoritas, sacándole un poco del tonto glamour y del esnobismo galopante, fue un respiro y abrió un camino diferente junto a otras realmente bellas y profundas, aunque adolezcan de los mismos errores, como Vivir su vida o Pierrot le fou.

Jean Seberg, Sin aliento, de Godard

 

¡Feliz año nuevo!

De nuevo las coincidencias: es un fin de año lo que se festeja –¿festeja?– en la película en varias escenas. Ya no sé cuántas veces vi La quimera del oroThe Gold Rush– y volví a sentir lo de siempre, exacto, lo que me provoca Chaplin desde que era chico, la risa y el llanto mezclados, sin poder pararlos. No es nostalgia ni saudades. No sé cómo llamar a eso, creo que no hay palabras.

La quimera del oro

Entregas anteriores:

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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