[Bésame, estúpido] 2

AMORES

Divinas palabras

Nuria Espert y Lluis Pascual

La vi en el 73 en la puesta de Víctor García de Yerma, en el Comedia.
Creo que pocas veces he disfrutado tanto de una escenografía esencial y a la vez majestuosa, con el fondo del escenario que se alzaba como un muro de tela con agarraderas y los actores trepaban por él, escenario sostenido por enormes tirantes a la vista, creando un piso incierto en el que los actores rebotaban levemente y de repente se alzaba y se transformaba en un techo.

Ella parecía una pantera negra, lo que se dice un animal de la escena. Viva y fuerte. No me gustaba tanto cuando hablaba, me parecía sobreactuada: bella voz excesivamente tonal, de destreza –y mucha. Tal vez sería simplemente el efecto del verso, aunque no recuerdo si Yerma es en verso, o de la musicalidad del texto.

La volví a ver en Belgrado, ex Yugoslavia, en 1976, en un festival grandioso donde estaba la puesta de Samuel Beckett de Esperando a Godot, La Dispute de Marivaux por Patrice Chereau, el Odin, Peter Brook con Los Iks, Bob Wilson con Einstein on the Beach. Y nosotros, LTL, en el primer workshop organizado por Eugenio Barba, con El rostro.

La vi en otra puesta de Víctor García, atronadora: Divinas palabras, de Valle Inclán. Grandes órganos de iglesia que se desplazaban por el escenario y al final ella se montaba desnuda en uno de ellos, que avanzaba sobre el público, hasta estar suspendida sobre la platea en ese enorme falo.

El efecto que me produjo fue el mismo: una pantera negra de voz levemente meliflua.

Recuerdo que Pepe y Graciela, mis compañeros de El rostro, no soportaron tanta vaina, según ellos convencional, y se fueron. Yo me quedé y la admiré, pasando por alto las resistencias propias.

La conocí, junto a Fernando Arrabal, en un brindis del festival y charlamos. Le coqueteé un poco, creo que ella también me coqueteaba. Era –es– bellísima.

Han pasado cuarenta y tres años de Belgrado y el BITEF, ese festival.
Y ahora, la tercera es la vencida, la vi en el Romancero gitano, dirigida por Lluis Pascual, y el efecto fue totalmente distinto: simple, sencilla, emocionada, en un escenario despojado, iluminada en rojos y blancos, con su voz más pura. Se mueve como las diosas, icónica, certera, medida. Sus manos hacen prodigios sin hacer casi nada. Y siempre con la misma destreza técnica, que le permite hacer mil voces y parecer, ser verdadera.

Yo estaba imantado, siguiendo cada una de sus palabras y su vulnerabilidad ante lo que decía, lo que se sentía que ella amaba. Claro, era Lorca.

Lluis Pascual la presentó, leyendo un texto de cuando la conoció y el trabajo que por años han hecho juntos. Emocionado, mencionó a Alfredo Alcón y todos aplaudimos.

Nuria Espert, Lluis Pascual, Roberto Videla, 2019. Teatro Real Córdoba

Al final nos quedamos con unos amigos y los saludamos cuando salieron. A él le dije que había conseguido de Alcón su mejor interpretación en Los caminos de Federico. Me dijo que era mérito de Alcón. Yo no lo creo –Alcón, discúlpenme, siempre me pareció excesivo, aunque su manera de reflexionar sobre el teatro me conmovía. Creo que esa genialidad fue mérito del vínculo y de Pascual, del talento de ambos y de esa cosa mágica que a veces se da. Luego la saludé a ella. Le recordé Belgrado, Divinas palabras.

Se la veía frágil como una mariposa frágil, bella, de ojitos chispeantes color esmeralda. Resplandecían.

 

Hirokazu Kore–eda

La hermana menor

No podía encontrar palabras para definir el encanto que ver la película me producía. Estaba como atontado, sonriente, absorto. Y las encontré. El director filma como si acariciara los rostros, los paisajes, las historias y las emociones.

No es como cuando Visconti acariciaba a Delon en Rocco o a Claudia Cardinale y Jean Sorel en Vaghe stelle dell´Orsa, donde se notaba el deseo y también el impulso a erigir íconos de belleza. Aquí la cámara es como si vibrara captando vida o quedándose quieta para que el espectador complete en su intimidad lo que los personajes están sintiendo, que tiene que ver con el amor, la muerte, las renuncias, la resignación amorosa, que no es resignada y es elección. Además, se puede leer todo esto en las caras de las protagonistas.

Tampoco es como cuando Truffaut filmaba a Jeanne Moreau en Jules et Jim, donde se notaba la exaltación amorosa y narrativa que le producía ella, ese ser encantado, o el amor de Godard por Anna Karina cuando la amaba. Aquí no hay nada de eso. Nada. Aquí lo que cuenta es la historia que se cuenta –los miles de historias–, y por lo tanto solo la sujeción libre a la belleza y complejidad del vivir. La película es una oración pequeña, menor, hecha en soledad y en compañía. Y también es un canto a la comida y la bebida compartidas, al despertar amoroso –que late inexpresado–, a la fraternidad, a la comprensión y a la rebelión. Es leve y eriza la piel, porque también acaricia a quienes la miramos embobados.

Somos una familia

Otra maravilla.

Cada escena es un prodigio de sensibilidad, contención, delicadeza, profundidad. Recuerda Ozu y Cuentos de Tokyo, y recuerda, sin ser tan terrible, Nadie sabe, del mismo Kore–eda.

Hay que mirarla extasiado y a la vez frío.

No puedo ni acercarme a explicar la actuación de todos.

Es una película de lo no dicho pero lo no dicho se puede leer y sentir, sobre todo sentir. Es misteriosa, nada está dado, nada es simple y todo es simple. Provoca amor, rebelión, te impulsa a participar, es una de esas películas en que uno quisiera, como cuando era niño, completar la historia y acomodarla a sus deseos, contribuir a la justicia y la felicidad en el mundo.

Federico

Fellini, entrevista de la televisión española, 1977. Repasan su obra hasta ese momento. Se rebela ante las preguntas íntimas o filosóficas. No acepta encasillamientos, etiquetas, se lo puede llamar tanto barroco como realista o surrealista o lo que se quiera. Le gustan los artistas que intentan decir algo de sí y del mundo, y además lo hacen como artesanos, como un trabajo que tiene que estar bien hecho, bien contado, ofrecido humildemente, como hacía Visconti. Conoció mejor a su padre cuando en su funeral vio una mujer llorar desconsolada y eso le hizo entrever la vida desconocida que él tenía y que lo abstracto de la figura paterna le impedía ver. Que eso lo llevó, cada vez que volvía a su pueblo, a preguntar a los amigos de su padre sobre su vida. Así comprendió que era alguien simpático, con virtudes y vicios, y que se parecían mucho.

Alguna vez tuvieron un proyecto en común con Bergman, que no se dio. Una pena.

Recuerdo con qué ansia esperaba, cada vez, el estreno de sus películas. Mis padres, que adoraron La strada y La dolce vita, una vez, volviendo de Buenos Aires, me contaron que escaparon del cine molestos con Ocho y medio. Me ofendí con ellos. Yo lo único que deseaba en la vida era verla. Tenía catorce años.

Fellini acompañó toda mi vida de joven, me orientó, me divirtió, me hizo crecer. No puedo creer que todo eso, quiero decir toda, toda mi juventud, que me parece ayer, haya sucedido hace más de medio siglo.

No siento ninguna nostalgia, solo siento asombro.

FF en la entrevista se dio el lujo de criticar y reírse de las luces en contraluz, impuestas por el canal, que resaltaban su incipiente pelada. No evitó muecas leves de desagrado ante ciertas preguntas, no contestó otras y de otras se burló, pero terminó desarrollando respuestas muy sabrosas. Agradeció al final al entrevistador, que por momentos se las vio negras pero la remó bien, y dijo que aunque odia las entrevistas a veces cae en su necesidad de contar historias, que él es un contastorie y que entonces habla hasta demasiado. Menos mal.

Ensayo de orquesta

Fellini: «Tenía muchos proyectos, no era urgente hacer esta película. No respondía a una necesidad. A un cierto punto, sí, tuve la necesidad. Cuando mataron a Aldo Moro. Sí, cuando supe que habían matado a Moro. Me quedé muy impresionado. Pero no por el hecho en sí mismo, me lo esperaba. Por la necesidad de reflexionar acerca del hecho, para comprender el sentido profundo de lo que había pasado y del porqué había pasado. ¿Qué habían querido hacer los que los habían matado? ¿Qué nos había pasado a todos nosotros que vivimos en este país? ¿Por qué habían llegado a tanto? Entre esto y la película no hay ninguna relación directa o, al menos, yo no me di cuenta. La relación la encontré mucho tiempo después, cuando ya se estaba proyectando. No es que desde el primer momento no quisiera relacionar la película con su significado, es que no era consciente del porqué a un cierto punto me pareció urgente rodarla. Ahora bien, luego lo supe: había sido el homicidio de Moro».

Franca Faldini, Goffredo Fofi, Il cinema italiano d’oggi, 1970–1984. Raccontato dai suoi protagonisti, Mondadori, Milano, 1984, p. 258

Viví en esos años en Italia. El asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas marcó un antes y un después en la historia europea. La mirada de Fellini sobre su país es amarga y brutal. No hay escape a la burocracia, la corrupción, la violencia y la idiotez.

Parece nuestro país.

El jeque blanco – 1952

Para los que dicen que me regodeo en la maldad, en hablar pésimo de todas las películas y que me creo el que tiene la justa, va esta loa.

Presenté El jeque blanco en Colonia Caroya. Siempre la disfruté, pero esta vez me hizo volar de felicidad, felicidad que crecía por saber que la regalaba a tanta gente amiga, y que era un regalo precioso. Todos quienes estuvimos lo vivimos así. Un mismo espíritu de alegría, conmoción y asombro nos recorrió.

En ochenta y seis minutos Fellini, a los treinta y dos años, en su primer filme propio construye un mecanismo perfecto y a la vez complicadísimo: es un tobogán de sorpresas, de juegos secretos que se van abriendo como cajas chinas ante el espectador, que no puede no ser cómplice divertido y apasionado de esta montaña rusa de ingenio y despropósito.

Lo que más me conmovió, además de su vitalidad cinematográfica –que aquí es estruendosa y preanuncia sus filmes mayores– es cómo presenta a sus personajes que, mirados desde otro lado, desde nuestra época enjuiciadora y prepotente, serían ridículos, pobres de espíritu, fanáticos religiosos, presos de la mediocridad y la ridiculez de los arribistas. ¡Los presenta con tanto amor, con tanto cariño, de un modo tan delicado! Me recuerda Chaplin, esa mirada en la que malos y buenos son pura vida. No hay juicio. No hay denuncia, no hay nada salvo compasión alegre. Nadie escapa de su mirada amable, que acompaña. Los ve, pero no los desnuda, no los vulnera, no los expone. Los ve.

Video completo de la entrevista a Federico Fellini

si querés leer la primera parte: Bésame, estúpido 1

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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