[Bésame, estúpido] 4

Afinitudes

 

El tiempo de la convalecencia

Alberto Giordano

Leí dos veces el libro, la primera vez fue como tantearlo, recorrerlo como ciego, para ir sintiendo y reaccionando a las porosidades, las asperezas, las emociones escondidas, los sobresaltos. No marqué nada, simplemente me dejé ir. La segunda vez fue para señalar lo que quería decir en esta charla, lo que iba a destacar. Pero no terminé este trabajo, porque me di cuenta de que no quería hacer una lista de cosas porque eso depende de las subjetividades, pero también porque no quería arruinar el placer de las personas que se van a enfrentar por primera vez con el libro. Era como contar quién es el asesino. Transcribo solamente dos cosas:

La voluntad de dominio mueve a quienes se arrogan el deber de iluminarnos.

–Flaiano: Casi todos los jóvenes no tienen nada que decir, pero igualmente lo dicen y corren hacia adelante para no quedarse atrás, fastidiosos como los perros en los paseos, asustando a los gatos y ladrando a los automóviles.

Los autores se aplauden – Foto de António Marcos Pereira

nada es para siempre

El que escribe prepara el cuerpo, la mano y el alma, se posiciona en la orilla, mira lejos y gradúa el impulso, el embate, el deseo, y lanza la palabra que precisa, las palabras, la piedra chata que quiere hacer rebotar más y más veces en el agua quieta, ya quiere ver el apenas brillo, el destello de las salpicaduras, quiere ver el recorrido, quiere asombrarse o admirarse del efecto  o defraudarse y tramar el nuevo lanzamiento que esta vez puede llegar muy lejos y sorprenderlo, ya que la piedra puede seguir rebotando y rebotando hacia el horizonte, como si tomara impulso en cada nuevo roce con el agua. El agua es el lector, que recibe, se sorprende, se asusta, se hiere, se desentiende, y si gusta expulsa la piedra con un impulso escondido y amoroso para que siga el camino, para que vaya más lejos, todo lo lejos que pueda, mientras en sí mismo, que es el lago, se van armando los grandes círculos ondulantes. El lector, si puede, si es capaz, si está en su naturaleza, puede llevar más allá la piedra, la que sea justa y clara y necesaria y divertida y provocadora; puede llevar más allá las palabras, más y más, porque está receptivo y solidario, porque está abierto a dejarse tocar alma, corazón y vida. El texto de Alberto nos amplía y nos lanza consigo. El libro o los capítulos son la carnada, el impulso es el estilo y la idea, el agua es el lector, quien a su vez se agranda y se descubre y descubre lo oculto, lo que está y lo que vendrá. Y ese rebote hace también crecer al texto, lo proyecta, lo recrea.

El insight, la epifanía, no es solo iluminación sobre lo vivido hasta hoy, es un dedo, una flecha, una antorcha, una bengala que tantea el futuro posible. Resonancias, ecos, de nuevo la piedra rebotando en el agua.

 

Leopardi

Leopardi sobre la escritura autobiográfica (Dichos memorables de Filippo Ottonieri, cap. 6, en Opúsculos morales) en traducción castellana (A. Patat, con dos leves modificaciones).

«No reprendía, es más, amaba y alababa que los escritores razonaran sobre sí mismos: decía que en esto casi todos son casi siempre elocuentes y que, en general, tienen un estilo bueno y conveniente, incluso contra lo acostumbrado en su tiempo, o en su propia nación, o por ellos mismos. Quienes escriben de sus propias cosas tienen el ánimo fuertemente ocupado por esta materia; no carecen nunca de pensamientos ni de afectos nacidos de ella. Se trata de cosas que no son trasladadas de otros lugares, ni provienen de otras fuentes, ni son comunes o trilladas; y se abstienen con facilidad de los ornamentos frívolos o que no hacen al caso, de las gracias y las falsas bellezas, o de lo que tiene más apariencia que sustancia, de la afectación y de todo aquello que está fuera de lo natural.»

 

Memoria emotiva

James Dean

Hoy di una clase sobre el método de memoria emotiva a segundo año de Teatro.

Cerrar los ojos, recordar algo leve, cálido, de la infancia o de la adolescencia, un abrazo o un beso. Recordar olores, temperaturas, sensaciones, la respiración, cómo latía el corazón, resumir el todo en una sola palabra, abrir los ojos.

Una chica, que tiene problemas físicos, tal vez fue polio, llora desconsolada. La atiendo suave, pero con distancia. Se calma.

Van pasando a contar sus historias:

–Uno que en un momento de intolerancia insulta a su madre y ella le dice que no le hable nunca más y a los pocos minutos la ve sentada en el patio, se le acerca y la abraza, ella lo rechaza pero él no suelta el abrazo y ella le dice: Mi chiquito…

–Una que lava, corta las uñas y masajea las piernas de su abuela muriendo de cáncer, que la mira entregada y feliz, como si fuera un bebé.

–Una cuenta cómo conoció a la chica con la que ahora vive y cómo el primer abrazo que se dieron la salvó del torbellino en que se había convertido su vida.

–Un chico contó el recuerdo de los besos pegajosos de su hermanita a la que odiaba porque le había quitado la supremacía en su casa, ya que nació cuando él tenía 5 años, y que ahora extraña esos besos, porque la hermanita es hoy una adolescente cerrada y fría.

La chica que lloraba desconsolada pasa llorando a mares y cuenta que no pudo recordar ningún abrazo, ningún beso, en toda su vida. Solo recordó un gesto cariñoso de una maestra que le acarició el pelo en un recreo. A ella no le gusta que le toquen el pelo, pero esa vez le encantó. Se ríe.

Yo sabía que se venía algo terrible, pero todo anduvo bien, todos lloramos, todos en algún momento reímos.

 

Omnisciencia y Barnes

Mi irritación mal expresada contra cierta moda o crítica literaria o de ciertas posiciones de las vanguardias artísticas, posiciones que vienen en realidad de hace ya más de medio siglo, encuentran en estas palabras de Julian Barnes algo así como un dicho que podría ser videliano: Yo no podría haberlo expresado mejor.

Estos discursos contra el autor omnisciente, que nos llenaron, de placer por tanto tiempo, tiene también sus opositores sabios.

Es claro que no quiero exaltar la tradición o la convención, pero debo confesar que me irritan ciertos ardides literarios de Harold Pinter, de Sanchis Sinisterra, Javier Daulte, etc. Mis irritaciones tienen que ver sobre todo con cierta arbitrariedad de las historias contadas y también con los escritos teóricos, en los que Pinter habla de cómo crea sus personajes y los deja, libres como el viento, hacer su propio camino. Y en la manera en que despotrica contra las corrientes diferentes, queriendo imponer su punto de vista. Laissez faire, diría yo, mientras lo que se haga tenga eso llamado vida.

El loro de Flaubert

Aquí va el fragmento de Barnes.

“Flaubert escribió: El autor debe estar en su libro como Dios en su universo, presente en todas partes, pero siempre invisible. Naturalmente, esto ha sido muy mal entendido en nuestro siglo. Piense si no el lector en Sartre y Camus. Dios ha muerto, nos dijeron, y por lo tanto también ha muerto el novelista–Dios. La omnisciencia es imposible, el conocimiento humano es parcial, y en consecuencia la novela también ha de ser parcial. Esto suena no sólo espléndido sino incluso lógico. ¿Pero es alguna de estas dos cosas? La novela, al fin y al cabo, no surgió al mismo tiempo que la creencia en Dios; ni tampoco, si vamos al caso, existe una vinculación muy estrecha entre los novelistas que con mayor firmeza creían en el narrador omnisciente y los que con mayor firmeza creían en el creador omnisciente.

La divinidad asumida por el novelista del siglo XIX solamente fue un recurso técnico, y la parcialidad del novelista moderno no es más que una estratagema. Cuando el narrador contemporáneo tiene alguna vacilación, cuando reclama para sí el derecho a la incertidumbre, comprende mal algunas cosas, juega y cae en el error, ¿llega de hecho el lector a deducir de todo eso que la realidad está siendo representada de una forma más auténtica? O bien, cuando el autor proporciona dos finales diferentes para su novela (¿por qué dos?, ¿por qué no doscientos?), ¿imagina seriamente el lector que se le está “brindando una elección” y que la obra está reflejando la diversidad de resultados que caracteriza la vida? Esa “elección” no es nunca real, porque el lector se ve obligado a consumir los dos finales. En la vida tomamos una decisión –o somos tomados por la decisión– y nos encaminamos hacia un lado; si hubiésemos tomado otra decisión  hubiésemos ido hacia otro lugar. La novela con dos finales no reproduce esta realidad: se limita a llevarnos por dos senderos divergentes. Supongo que podría decirse que es una forma de cubismo. Y me parece la mar de bien; pero no nos engañemos a nosotros mismos, ahí hay un artificio.”

Julian Barnes, El loro de Flaubert

 

Manitas de plata

La pesadilla de todo actor es qué hacer con las manos mientras se actúa. Molestan, incomodan, sobran, se las siente como apéndices sin vida, colgantes como salames o llenas de gestos innecesarios. El espectador, a su vez, percibe el malestar de los actores, lo siente en la piel. Cuando, en cambio, nos olvidamos de las manos, ellas encuentran su lugar, se armonizan con la historia narrada y el espectador las ve como lo que deberían ser siempre en su movimiento: la consecuencia de una verdad representada.

La búsqueda de los directores, coordinadores y actores es la de encontrar la acción que justifique, encierre/contenga y exprese el texto. No me refiero estrictamente al realismo: en cualquier estética encontrar la verdad del gesto y de la palabra es el nudo esencial. Creo que en la mirada está el origen y la génesis de la verdad expresiva y escénica. La mirada revela el mundo íntimo del discurso, tanto el gestual como el hablado. La mirada del actor es la que precipita el sentido y en donde se elabora el origen de todo. La mirada indaga, investiga, vacila, tambalea, se decide, ataca, argumenta, se rinde. De los ojos entonces se desprende el gesto, se desprende la palabra. Por lo tanto, la búsqueda debe partir de ahí, de encontrar el canal de sentido del guion, del texto, de la situación, y conducirlo a través de la intuición –y de la comprensión que ilumina– al alma del actor. Una vez que esto está resuelto el camino se abre. Luego vendrá el detalle, la terminación, la ampliación, la presencia, pero en la mirada llena de sentido se encuentra el alma de lo que acontece.

Entregas anteriores

[Bésame, estúpido] 1

[Bésame, estúpido] 2

[Bésame, estúpido] 3

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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