[Bésame, estúpido] 7

 

Amores

Juventud

Roberto Videla

A veces nos encontramos con textos que nos tocan de una manera especial, como si sacudieran nuestras raíces. Textos emblemáticos de la condición humana y de nuestra propia vida. Esto me pasó con Juventud, de Joseph Conrad. Lo leí en 1985, encontrado por casualidad en una librería de usados de la calle Colón, y comencé a trabajarlo inmediatamente. Había vuelto de Italia hacía un año, confundido pero contento de estar de nuevo en Córdoba, después de una ausencia obligada que duró 10 años. Jorge Cuello, entusiasmado, iba a hacer la escenografía y había casi diseñado el afiche, pintando sobre un despojo oxidado de metal. Ensayábamos –charlábamos más bien– en La Tertulia, uno de los primeros lugares diferentes que se abrían después de la dictadura militar.

Juventud es un relato de Joseph Conrad, una crónica. No sé bien cómo considerarlo, si como cuento largo o novela corta. Fue escrito en 1902. Él murió en 1920. Se inscribe en esa categoría de los llamados relatos del mar, junto a algunas obras de otros escritores como R. L. Stevenson o Herman Melville.

Narra un viaje de iniciación: un hombre mayor cuenta a un grupo de amigos su primer viaje a los mares de Oriente, cuando tenía 20 años recién cumplidos. Era oficial segundo en un barco destartalado que tenía que llevar carbón de Londres a Bangkok.

El viaje se vuelve un infierno de contratiempos menores, accidentes ridículos. Tardan meses en poder emprender el viaje por desperfectos varios. Hasta las ratas abandonan el barco.

Pero estos avatares miserables fueron vividos por el relator como una aventura maravillosa que lo lleva a reflexionar, en su presente de hombre adulto, sobre las pasiones, la fuerza y la vitalidad de la juventud y de lo que se va perdiendo y apagando en los hombres con el paso del tiempo.

El viaje se va volviendo cada vez más peligroso, y todo está contado en imágenes de un extraño lirismo. Pocas veces he leído algo tan perturbador. Justamente porque combina dos cosas antagónicas: desgracias y amor por la aventura.

Me recuerda por momentos a Dostoyevski. Juventud se asemeja a las descripciones encendidas de El idiota.

Joseph Conrad era polaco, y hay algo en el alma de la gente que conocí de Rusia y Polonia que los hermana en la intensidad de su apasionamiento por lo que hacen.

Un día, de golpe, me di cuenta de que no podía hacer Juventud, estaba más allá de mis posibilidades y de mi experiencia. Tenía que esperar.

Releí el texto innumerables veces. Siempre me produjo un estado de exaltación violenta, la misma sensación que sentí al leerlo por primera vez. Diecisiete años después llegó el momento. Tenía que regalarlo a la gente, al público, a mis compañeros, a mis amigos.

El personaje en el libro tiene 20 años, que es la edad que yo tenía en la foto del afiche.

Con Ivanov de Chéjov la historia fue parecida. Lo leí en Italia en 1983 y reconocí que no tenía la preparación para abordarlo. Tenía que esperar a tener un grupo que me acompañara. Llegó ese momento en el 2000, dos años antes que Juventud. La puesta de El cuenco tuvo una bellísima iluminación de Ada Frontini y actuaciones de Mario Mezzacappo, Eva Bianco, Mariel Bof, Ana Ruiz, María Pessacq, Rodrigo Cuesta, Lucía Pihen, Nicolás Cámara y yo. Cuando teníamos 20 espectadores nos parecía haber llegado al éxito.

Entre leerlo y hacerlo pasaron también 17 años.

Lujete

Hace unos años viajamos con el Ú, con Perla, con una amiga de ella, Magda, y una de sus hijas, Silvia, a Brasil. Fuimos a Rio, a Paraty, a Bahia. Cuando Lúcia, mi gran amiga carioca, se enteró, quiso organizar una función de Juventud de un modo inusual y extraordinario: de noche, iluminado con antorchas, en la playa de Urca, cerca del Pan de Azúcar. No se pudo, por permisos militares, y entonces propuso una reunión en su casa, para amigos de ella y la troupe nuestra. Un hermoso departamento en Flamengo. Cuando llegamos nos ofreció delicatesssen, manjares, bocconcini prelibati: bocaditos de todo tipo, vinos franceses blancos y tintos. Un lujete. Yo intuí que era mejor dejarlo todo para el final, pero bueno, todos optaron por Baco y jamón. Hice mi monólogo, medio en castellano medio en portuñol. Lentamente todos los amigos de Lúcia, y mis acompañantes sin uniones de sangre, se fueron durmiendo, coloradotes por el vino, tranquilos, beatíficos. Solamente Lúcia y Perla, mi madre, asintieron y asistieron, extasiadas, hasta el final de la actuación, que terminé entre azorado y divertido.

El Otago, primer comando de Conrad

Hanoi Jane

La naricita apunta hacia arriba y la sigue el cuerpo: los hombros algo estrechos, los pezones bien marcados bajo las remeras oscuras de manga corta, el caminar decidido de las piernas más bellas del cine. Lanzada hacia adelante, orgullosa y prepotente. Algo se escapa de todo esto, la nuca avanza y retrocede, como si tanteara, y la voz, la voz tiene un tono eléctrico, dubitativo, en cortocircuito, como si eligiera cada palabra, desconfiara de ella y luego la empujara afuera, arremolinándose en certeza y duda.

El corte de pelo es masculino/femenino, flequillo extraño y largo atrás, un corte que es su sello, que deja los grandes ojos asombrados desnudos. Corte que anunció trágico en Cicatrices del alma –In the Cool of the Day–, definirá en su etapa vietnamita antibélica y suavizará, pero sin perderlo, para Mi pasado me condena –Klute–, de 1971, donde logra una de las mejores actuaciones en la historia del cine. Verla ahora con su batido exagerado en Grace y Frankie, toda ella tan pero tan chic, sus camisas top con el cuello levantado, su rostro impreciso de tanta cirugía, siempre flaca, siempre tendida hacia adelante pero ya sin arremeter contra nada, me desconcierta. También me desconcierta porque cuando habla de cine o de su historia personal es magnífica, generosa y nada complaciente. En la convención de la comedia moderna de vez en cuando percibo la misma electricidad asustadora en la voz, segundos magníficos en los que titubea, baja la mirada, la alza de repente y se decide, pero es un eco que se apaga rápido en medio del atosigamiento en cerámicas espléndidas, muebles de estilo y telas ad hoc. A pesar de todo la sigo amando y hurgando en ese destello, es que mi pasado me condena.

Jane Fonda en Mi pasado me condena

 

Sieranevada

Cristi Puiu, Rumania 2016

a Alejandro Romanutti

Sieranevada

Sieranevada –con una sola r– dura tres horas; al comienzo no se entiende nada, porque nada te es regalado, luego esperás que nunca termine, que la vida siga ahí con todo lo que tiene y no. La semejanza, la delicadeza y la fuerza con que muestra la realidad rumana hace pensar en qué bueno sería que algo así desnude también nuestra realidad.

Sieranevada es un experimento –no formal en el sentido de no artificioso– de una riqueza simple y a la vez enorme. El director relata esta historia en larguísimas tomas dentro de un amplio departamento viejo en Bucarest, con la cámara siguiendo miles de pequeñas acciones cotidianas de una familia muy grande conmemorando un acontecimiento doloroso. Es como si la cámara fuera una enorme araña –electrónica pero sensible– colocada en el hall espiando y metiéndose a veces, si la dejan, en todas las habitaciones que dan ahí, con sus secretos que se abren o se cierran cuando las personas abren o cierran las puertas, que tienen al medio esos vidrios opacos tan usuales en Europa. También los sonidos, las voces y la luz del día que pasa se entrecruzan en ese mar de parentescos y relaciones que se van comprendiendo de a poco.

Una de las escenas finales transcurre en un auto, es una de las tres que no sucede en el departamento y es una de las más bellas tomas secuencia de la historia del cine y de las más conmovedoras, por el pudor que muestra al tomar a los dos protagonistas desde el asiento trasero. A ella se le ve solo el perfil cuando lo mira al esposo y a él se le ven los ojos solo por momentos en el espejo retrovisor.

Hace poco vi Corazones cicatrizados y El tubo con el sombrero, de Radu Jude y El tesoro, 12:08 al este de Bucarest y Policía, adjetivo de Cornelio Porumboio. El cine rumano es una cosa seria. Y además están los escritores, escapados del régimen comunista en los 80 como Herta Müller, o ya muertos, como Oskar Pastior. Maravillas.

Naomi Kawase

El bosque del luto

 

el luto

La fui viendo a fragmentos, interesado y no. Pero cuando terminó me sumergió en un pozo de dolor y tristeza que no esperaba, que me golpeó como un rayo. El tiempo del luto, el luto que dura toda la vida hasta la muerte, el luto que dura menos y que termina y deja vivir, seguir viviendo.

 

Hong Sang–soo

Ahora bien, antes mal – Right Now, Wrong Then

Con Piru vimos esta película tan bonita. La otra que vi hace pocos días de él es Yourself and Yours, algo así como Vos y lo tuyo. También muy linda. Es un director desconcertante para mí, como si me contara cuentos de hadas en estado de borrachera profunda, como si los personajes me hechizaran y a la vez no pudiera entenderlos, como que el mundo de Corea y nuestro mundo no tiene nada que lo contenga a la vez, ningún líquido reconocible, ni siquiera el del alcohol –se la pasan chupando–, y sin embargo sus películas me provocan una empatía especial. Los actores no se tocan: se enamoran, se desean, se emborrachan, se tantean como con deditos de la mente y van creando mundos de cristal, mundos de castillos de naipes, mundos de dominó, que se deshacen de golpe. Ellos mismos los destruyen con movimientos insospechados, tanto para ellos como para uno –para Piru también. Lo que más me ha gustado de él fue En otro país, tres historias sobre el cine que suceden en una playa en Corea, con Isabelle Huppert. Tal vez la presencia occidental de ella hizo que me tranquilizara y me dejara llevar y no me desconcertara tanto como con estas otras dos, que de todos modos me gustan muchísimo. No es Rohmer, porque Rohmer es nuestro, es cercano, lo siento mío, pero Hong Sang–soo tiene ese mismo toque mágico.

 

En la playa sola de noche

En la playa sola de noche

Estoy aturdido. Todo lo que parecía lejano y también encantador de las películas de él, todo eso que me acercaba y alejaba, todo eso parecido a un Eric Rohmer extrañado aquí está, con dolor y verdad. Había leído que es como si de repente apareciera Bergman, y así es.

Del amor sofocante también tendrás que liberarte y arrojarlo.
El anhelo que te sujeta restriégalo y lávalo.
El inquieto dolor de la separación y la angustia mayor del encuentro
quítalos de tu mente, descascáralos y arrójalos al viento.

Park Jongha

 

Entregas anteriores

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[Bésame, estúpido] 6

 

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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