[Bésame, estúpido] 8

Amores

 

Cabaret, de Bob Fosse

 

Kabaret

Primera intervención: Sally y ellos

Vuelta a ver. Deslumbrante. Las coreografías, los números relacionados con la historia social –el huevo de la serpiente del nazismo– y la historia de los protagonistas. Las personas al borde de ser aplastadas por la tragedia.

¡Y esa música!, quién no compró el LP en aquellos años, quién no cantó Willcommen, bienvenue, mein herr…, o Life is a cabaret… o Leave your problems outside…. O Maybe this time I´ll winTal vez esta sea la mía. Y ella, Sally Bowles/Liza Minnelli, ella, uno de los personajes más complejos y delicados, conmovedores y audaces de la historia del cine. Sally/Liza es una tormenta y pocas cantantes tienen esa voz, esa mezcla de Judy Garland y desprotección infantil solo la escuché en Gabriella Ferri: la posibilidad de pasar de lo sublime y lo brutal a lo más sensible en un solo compás, en un acorde que se deforma. Cómo lamento su carrera enorme y abortada y vuelta a nacer y vuelta a morir –en parte parecida a la de la Ferri–, cómo me apena que se volvió el hazmerreír de todos, cómo se repitió como un estigma su historia familiar ante un mundo de mierda, que buscaba solo el error, la fisura, para atacar y burlarse.

Sorprendente en la película es también el montaje abrupto y violento entre escenas diferentes, ese pulso anárquico, y ni hablar del montaje de los números del cabaret.

Hay solo una de las historias que podría no estar, la de Marisa Berenson y su noviecito, que suena a cine viejo, a relleno, a concesión. Pero qué importa. Todo lo demás brilla.

Recuerdo el impacto que generó la escena entre los tres, cuando bailan y se seducen. Esa carga erótica era novedosa, audaz, era inquietante. Me dejó dado vuelta. Pocas veces he visto algo tan sensual y tan explícito, y eso que no termina ni siquiera en un beso. Fue el comienzo de algo en el cine, porque el enorme éxito de la película de repente imponía y mostraba lo prohibido, lo sellado, lo atisbado.

El trío

Último recuerdo: estábamos en 1973 con el LTL en Buenos Aires trabajando en teatro. La primera de nosotros que vio la pelicula fue María Escudero. Nos obligó a ir. No me gustó taaaanto. La volví a ver casi inmediatamente. Y ahí caí como un niño envuelto en su belleza.

Como despedida a este pequeño homenaje a Cabaret, a Liza, a Bob Fosse, a Joel Grey, Michael York, Helmut Griem, al equipo del filme, a los músicos Kander/Ebbs/Burns, a Bertolt Brecht, a Kurt Weill, les hago el saludito de espaldas con la mano al final, cuando Sally despide para siempre a Brian. Saludo que Liza/Sally impuso al mundo y creo hicimos alguna vez en la vida todos los que vimos esta maravilla. Willcommen.

Cabaret

Cabaret

Segunda intervención: la edad de oro

1973. Nos habíamos ido con el Libre Teatro Libre a Buenos Aires a probar la suerte del provinciano, ayudados por una especie de éxito que nos rodeaba y acunaba. Trabajábamos en el teatro Sarmiento, haciendo una obra para niños que se volvió un hit –La mayonesa se bate en retirada–, presentábamos la obra Contratanto, que ganó una competencia para representar a nuestro país en el Festival de Manizales, vivíamos pobremente en un departamento en el piso 13, en uno de esos edificios enormes de Corrientes al 1200, muy venido abajo. La vida en común era medio desastrosa: reuniones a cada rato, turnos para limpieza precaria y para hacer la comida sin gracia, luz fluorescente, mucho pucho y piso de madera astillado de color indefinido, baño imposible con puerta ventana de vidrio opaca, tragaderos grises llenos de telarañas, persianas de metal que daban a patios sin luz que ni palomas tenían. Yo andaba de capa caída, mi novia me había dejado, no me quería.

Hicimos algo en una villa con el grupo de Norman Brisky, Norma Aleandro vino a visitarnos –era amiga de María Escudero– y nos cantó en los sillones verdes raídos algunas coplas españolas, vivíamos tomando café en La Paz, teníamos dos representantes. Es que parecía que nos íbamos para arriba. Preparábamos los guiones para un show en la tele en que seríamos los protagonistas, algo de humor semanal. Eso no anduvo, por falta de mérito. Aparecimos en la portada de la revista Siete días, en Panorama salieron notas elogiosas, La opinión nos adoraba. Ernesto Schóo, David Viñas y Roberto Jacoby se entusiasmaron.

Trabajábamos en un café concert tipo cabaret, La Bola Loca, de la calle Maipú frente a aquella galería estupenda que ahora es un pasadizo medio oscuro. Los viernes hacíamos una obra a la noche, un disparate llamado Sonata Mokhus y le dejábamos el palco de sábado y domingo a Cipe Lincovsky, que hacía Brecht con la voz tembleque. Ella se quejaba a los dueños del cabaret porque las cortinas de terciopelo azul quedaban llenas de pegote de crema chantilly, porque en la obra nos tirábamos tortazos. Brecht nos hubiera defendido, supongo.

Era el tiempo de las maxifaldas –recuerdo tres chicas bellísimas en medio de la luz dorada de la tarde sobre Corrientes, antes de entrar a ver Cabaret. Era el tiempo de Nacha de noche, de El señor Galíndez, de Family Life, de aquella obra hermosa de Lía Jelin sobre Chaplin, El gran soñador, de Gritos y susurros. Era también el tiempo de nuestra desfachatez, nuestra soberbia. La edad de oro.

Era también el tiempo en que se veía ya casi la perfecta forma de la serpiente en su huevo. Empezaban las muertes, sucedió la masacre de Ezeiza, la Triple A se limaba las uñas. Ahí fuimos a esperar a Perón, nosotros, todos marxistas, para asistir a ese fenómeno y sentirnos cerca de las masas, lo ahora llamado el campo popular. Recuerdo el tableteo de los disparos, que parecían golpecitos dados con unos palos contra la corteza de un árbol, y se vieron algunas corridas allá muy lejos. Nos volvimos sin saber nada, nada de nada.

Entonces, en medio de todo eso, vimos Cabaret, pero no nos imaginábamos que también nosotros estábamos al borde del abismo.

Cabaret

Cabaret

 

Tercera intervención: la mayonesa se bate en retirada

Más cosas de aquellos 1973:

Lautaro Murúa entra corriendo en una majestuosa puesta de Macbeth en el San Martín. Resbala, cae de culo y con la armadura que sacaba chispas patina sentado varios metros –lo de las chispas es una licencia poética. Se levanta aturdido, turulato, la sala aplaude solidaria. Cristina, de mi grupo, a quien yo amaba, se entusiasma con el famoso monólogo de las manos ensangrentadas de Lady Macbeth hecho por Inda Ledesma. Yo no comparto sus vítores. La veo muchos años después en Córdoba, en Orinoco –o algo así– y me doy cuenta de lo buena que es. Que era. María Rosa Gallo, envanecida por sí y por los críticos, en la Casacuberta hace mil tonos del agudo al grave, esos gorgoritos que tanto aman las grandes actrices, para Las troyanas, mientras nosotros nos despanzurramos de la risa en ese coliseo; un muy buen director, Alfredo Zemma, hace una estupenda puesta de Peter Weiss, aquella de Portugal en África –El canto del fantoche lusitano– con grandes actores, muy naturales y perfectos, pero respeta el tú de la traducción española. Al final yo, enojado, gallito, pido debate, me dicen que no y me miran con pena. Tenían razón, claro, en negarse a la provocación. Liliana Flores, una estupenda maestra de la voz, muy joven, nos da clases sensacionales en un departamento de un grupo interesante que se llamaba tal vez Teatro Estudio. No sé qué fue de su vida, de sus vidas.

Veo mucho a Chachi y a Guillermo, amigos de Alvear que viven en Buenos Aires, los dos con bellísimos ojos verdes salpicados de manchitas doradas.

Una chica me mira descarada en un café, mientras hablo cosas serias con María Escudero. Yo la juno, disimulando. Me levanta de un tirón y me lleva a la cucha, a su departamento. Nunca me había pasado algo así, una mina sin vueltas. Luego, algún día después, uno de mi grupo se cuela en un encuentro con ella otro día en otro bar, se gustan y me hacen cornudo. Viva el compañerismo y… ¡no a la propiedad privada! Eliana o Érica o algo así, con E. Muy linda, preciosa, mala. De él ni hablemos.

Un amigo me pide un encuentro en un café por Avenida de Mayo. Algo confuso y temeroso me dice que está enamorado de mí, pero que no puede exponer su situación con sus compañeros del partido, que eso está prohibido o muy mal visto, muy mal visto. Le digo que no le puedo corresponder, que estoy enamorado de Cristina, que no. Es el tiempo en que ella me anda diciendo que no. Ana ama a Juan que ama a Lucía que ama a Mariela que ama a Jorge que ama a Pedro

Hacía frío y sol, él estaba angustiado. Tengo un recuerdo desolado de esa mañana porteña. Luego, años después, me entero: lo asesinaron junto a Haroldo Conti.

Andamos de acá para allá siempre en grupo, amontonados, bravucones, insolentes.

El afiche nos lo hicieron dos años después, ya en semiexilio, en Venezuela, juntando las dos obras para niños: La verdadera historia de Tarzán y La mayonesa se bate en retirada. El tarro de mayonesa era también un tarro de sangre.

La mayonesa se bate en retirada, LTL

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  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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