[Bésame, estúpido] 9

Maldades

 

Piru bosteza de perra que es

 

Zama

Todo lo que digo lo digo anteponiendo en cada frase un para mí.

Zama es un plomazo, palabra excesiva que no quería usar porque me parece agresiva, pero se me presentó clara, nítida.

Las influencias cinematográficas que le vi son las del final de Apocalypse now, de Apichatpong Weerasetakul –Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas– y de Greenaway. En las influencias literarias, además de Di Benedetto, claro, se advierte El proceso y sobre todo planea Beckett, un Beckett di maniera, o sea una idea del beckettismo: pude ver la puesta dirigida por él mismo de Esperando a Godot y era divertidísima y clownesca, no oscura, demorada y kafkiana como siempre se la suele hacer.

Zama, de Lucrecia Martel/Antonio di Benedetto

Enroscada en sí misma, la película es redundante y ampulosa. Cada plano es un cuadro agobiante de tan compuesto, se puede percibir y casi ver el esfuerzo y sudores de un numeroso y talentoso equipo de diseño de arte, plumereando las caras de todos los que aparecen, llenando de manchitas las paredes y poniendo arenas y yuyos por todas partes, pero dejando que se les pase lo esencial: en ese infierno de diseño nadie suda, aunque hablen mucho del calor, salvo los que tienen fiebres de 40 grados.

Los encuadres cerrados, estrechos, en los que se mete algún bicho siempre, están hechos para que el espectador se sobresalte con los ruiditos fuera de cámara: pajaritos, cabezazos, tiros, risas que no se sabe de dónde vienen. Ese alarde es irritante. Los planos bellísimos pero aburridos y recargados se instalan para dar sorpresitas y respingues al pobre espectador con el trabajo obsesivo del sonidista. Es tan repetida y monótona la sorpresa que producen que me distraía intentando contar cuántas veces Lucrecia Martel usa ese recurso, a la larga fácil, de película de terror.

Las actuaciones no me gustaron, el protagonista hace una composición monocorde, además habla como hablan muchos actores, rompiendo mal la frase, con arrastradas teatrales, como: Vengo por la… carta de… recomendación…para… mi… traslado…. El único que me gustó mucho es el primer gobernador, Iván Moschner. También algo de Daniel Veronese. Minujín es bueno, pero se le ve el armado complicado, lleno de firuletes, lo mismo que a Lola Dueñas, espléndida actriz en otras películas, que aquí me distraía de la trama para divertirme en descubrir su composición, insolente y desparpajada pero excesiva. Son actuaciones demasiado preparadas, amaneradas, envaradas de sentido, conceptuales, lo que se puede admirar en Dreyer pero no aquí. No les creía nada de lo que pasaba, además de verlos agobiados entre oscuridades y penumbras o picaduras de bichos… Están mejores los personajes terciarios, algunos porque suenan naturales, como las indias y los niños, o porque parecen pegados al paisaje, sin hacer nada, escultóricos, como los sirvientes.

Todo es opaco y calibrado hasta la exasperación. Como si LM se regodeara en no explicar nada. Y cuando aparece la explicación se vuelve obvia, simbólica, como las alusiones a negar la esperanza o la simbología de los peces que son rechazados por el agua, metáforas que me parecieron burdas.

Es cierto, como todos dicen, que uno medio que se despierta con la toma bellísima de las palmeras y que desde ahí la película cobra una cierta tensión. Cuando aparece este plano, o cuadro, el cine se removió, los muy pocos espectadores, aturdidos y soñolientos, o desmayados de tedio e incomprensión, se agitaron, un murmullo superpuesto y parecido a los ruiditos que pueblan la película recorrió las filas vacías y creo que hasta Lucrecia Martel pegó un respingo, limpió los vidrios de sus anteojos vintage y resolvió ocuparse un poco de cine, del público, y de ella misma. Menos mal que me quedé hasta el final, porque había estado todo el tiempo pensando en irme, decepcionado y maligno, porque en verdad a mí me gustaron no mucho sino muchísimo las otras películas de LM, y considero que La ciénaga es una de las mejores de nuestra historia. Rescato, sí, que esta película, tal vez porque LM arrastra hacia eso, el de inclinarse ante ella, su inteligencia y su modo tan personal de enfocar el cine y el plano, me haya impulsado a escribir todo esto, a esforzarme por comprender qué me pasó con Zama. Uno va a ver a LM como se asiste a la misa del gallo, es una ceremonia obligatoria, una primera comunión, esas cosas; se me vienen a la cabeza puras imágenes religiosas, como la madonna que se le aparecía a Mercedes Morán en La ciénaga.

 

La favorita

de Lanthimos

Emma Stone en La favorita

Puedo aceptar el elogio unánime que generó esta película, porque es atractiva y engancha, pero a mí me dejó absolutamente helado, indiferente, aislado de la historia, de los decorados y los travellings iluminados con velas por los aposentos oscuros –pensaba que en cualquier momento ardía Troya–, de las actrices, salvo Emma Stone si tengo que salvar a alguna –y a duras penas, por salvar algo. Se podría haber hecho lo mismo sin tanta pompa, entre tres minas que se pelean entre sí, tipo El asesinato de la enfermera George y posiblemente hubiera sido más interesante. Rachel Weisz hace de mala scarface, Olivia Colman de genio de las muecas –parece Meryl Streep cuando exagera– y Emma Stone de súpermala tipo Cruela de Ville. Tal vez sea que no soporto a Lanthimos: todo su cine, salvo partes de Canino, me parece artificioso, helado, enrarecido y vano. Ay, me voy a pelear con alguien por esto que escribo, ya sé…

 

El otro hermano

de Adrián Caetano

Recién van 10 minutos pero no sé si la sigo viendo. Qué película horrible. Leo Sbaraglia está pésimo, envarado, duro; hace una composición de malevo porteño trasplantado al interior, con las frases todas mal dichas, arrastradas, engoladas, tipo: Yo… diría que te…quedes…acá unos… días. Igual al protagonista de Zama. Es un vicio argentino. Se para con las piernas muy abiertas y sonríe como si tuviera un diente de oro. Pensará en el Bardem de los Coen, aquella actuación detestable. Hendler se le pega al ritmo y farfulla, enredado en flequillo, sudado. Hace de sí, pero sin su propio encanto. Y si esa mujer es Ángela Molina no sé qué decir, me atraganto, porque compone una figura oprimida toda doblada en joroba, se hace la chaqueña y lo peor es que su personaje se llama también Molina, la madre o esposa del asesino o qué sé yo. Flaco favor. Me deja la carne trémula.

Daniel Hendler, uno de ellos

Si algo me gustaba de Caetano era su manera estupenda de trabajar con los actores. Sentí eso desde que Liliana Paolinelli me llamó la atención, hace tanto, sobre sus primeros cortos antes del éxito, hechos en Carlos Paz, realmente estupendos. Hacía tiempo que no veía nada de él, estoy casi apesadumbrado.

 

Siete meditaciones sobre el sadomasoquismo político

Creación colectiva del Living Theatre

Siete meditaciones, pau de arara

Diego Meret me hizo recordar la historia de esa señora que, cuando actores de participación le preguntaron algo en medio de la obra, les respondió: Y a mí que me importa.

En Verona, hace muchos años vi Siete meditaciones sobre el sadomasoquismo político del Living Theatre. Habían hecho cosas extraordinarias en Nueva York años antes –como The Brig, El calabozo– y ahora estaban sueltos por Europa creando comunidades hippies medio stalinistas. Menuda contradicción.

En un momento colgaban de manos y pies a un actor desnudo en un pau de arara, esos palos que se usaban en Brasil para torturar durante la dictadura. Se descargaban voltios a través de un cable que le metían a los prisioneros, colgados, en el ano. Aquí jugaban a hacer lo mismo. Cuando pasaban electricidad se encendía una lamparita como para que el público se creyera la cosa, y el pobre actor chillaba en sincrónico. De madera el palo, era pura ficción.

El público estaba horrorizado, yo también, ante tamaña manipulación obscena. El espectáculo además era deplorable. Político en el peor sentido, pésimos actores vociferantes sudorosos y en pelotas, en un teatro chiquito y oscuro. En un momento el grupo se lanzó sobre nosotros, los espectadores, que estábamos sentados en gradas precarias, preguntando con acento estadounidense en italiano: Sono la tua schiava? ¿Soy tu esclava? A mí se me vino encima Judith Malina, le di un empujón y le dije algo así como lasciami in pace, dejame en paz.

James Cagney y Bette Davis, Llegó la novia

Mi reacción fue la misma que la señora, no es que no me importara lo que se denunciaba, pero estoy contra la tortura del mal teatro y de la participación obligatoria.

 

Carol y Blue Jasmine

tonta de capirote

Carol, de Todd Haynes, es una película que camina pisando huevos. Todo momento, especial o no, es acompañado con dulzones acordes de piano. No me gusta Cate Blanchett, ya su Jasmine me pareció engolada, insoportable, excesiva, lloricona, y aquí repite la vaina, menos mal que por lo menos Carol casi no llora. CB, siempre en colores salmón y rojos oscuros –cuando no tiene tirado sobre los hombros un chal de ese color el cuadro atrás es en esos tonos– frunce los labios y los estira, se mueve como una pantera en un sube y baja, se acomoda el pelo con sus dedos largos, oscurece la voz, la mirada se hace insinuante/redundante todo el santísimo tiempo. En fin, inaguantable y obvia la composición convencional de mujer de clase altísima.

Cate Blanchett ES Carol

Rooney Mara, siempre vestida a cuadritos verdosos, pone caritas de ingenua y parpadea. No hay sorpresas, tampoco se entienden los personajes, que parecen caídos del cielo o de la convención más profunda.

Un tranvía llamado Jasmine

Blue Jasmine es una copia deslucida de Un tranvía llamado deseo: las dos hermanitas muy diferentes, una de gustos populares y otra aristocrática, una feliz la otra muy neurótica que escapa de su historia anterior, las mentiras sobre el pasado, la revelación obvia y mal hecha, hasta las musculosas del marido de la hermana se parecen. Blanchett se parece hasta en el nombre a Blanche DuBois. En fin, un reciclado lleno de escenas amaneradas, con una CB tan omnipresente y llorosa que se devora literalmente cada toma sin dejar que algo subsista alrededor. La hermana, insoportable Sara Hawskins, repite en tono menor su rol famoso de discapacidad leve con Mike Leigh: mohines, grititos y disloques corporales. Hay escenas que dan vergüenza ajena, como la presentación burda de los amigos candidatos de la hermana. Es cierto que los ricachones lucen sedosos, elegantes, todos flacos –hasta Baldwin–, y se deslizan rozando cosas por fondos acaramelados, pero en verdad no me fijé en eso, en lo que Roger Koza llama desprecio de clase, porque me desinteresé y desdibujé, y porque Woody Allen me cansa con estas comedias últimas de superficie patinada –odié esa Vicky etc.–, grandes decorados, sedas y vuitones. Quiero que me sorprenda como lo hace a veces y como antes siempre lo hacía. Si en el Tranvía la oposición carne/espíritu, refinamiento/vulgaridad, brutalidad/delicadeza funcionaban por la electricidad entre Vivian Leigh y Marlon Brando, acá todo es estereotipo. CB anda siempre con los ojos irritados, rojos, las lágrimas trazando surcos perfectos por sus mejillas, la voz llena de tonos raspados, los brazos siempre haciendo algo interesante, el cuerpo flaco, desprotegido y temblequeante, como colgado de un hilo superior; el filito de la hermana es una caricatura de camiseta y tatuajes, el novio –Peter Sarsgaard– es un flaco rico absolutamente inverosímil y un quedado sin magnetismo, un tonto de capirote.

CB en Blue Jasmine

 

Mucho ruido

Vi dos películas son famosas por su calidad y sus escenas de sexo explícito: La vida de Adele y El desconocido del lago.

La vida de Adele me pareció confusa, incoherente, con situaciones inverosímiles, con un falso glamour de galería de arte, con personajes que aparecen y desaparecen al tuntún, larguísima, con el relato de varios años de vida que en realidad crean confusión. Leí que las actrices estaban muy disconformes con el rodaje, que se había estirado meses y meses, y dicen que el director no sabía adónde iba, que es lo que yo sentí. Es cierto sin embargo que las actuaciones son asombrosas, sobre todo Adele, que es magnética, viva, verdadera. Pero ahí también hay un problema de dirección: Adele está tres cuartas partes del filme en primer plano, casi siempre compungida o llorando, sin secarse ni las lágrimas ni los mocos. Un poco de contención hubiera hecho falta, y eso es problema del director, no de ella.

La vida de ellas

El otro asunto, el de las escenas de sexo: me parecieron, aunque cálidas –es un decir– a la vez estilizadas, embellecidas, los cuerpos perfectos, la iluminación de estudio fotográfico, los fondos grises azulados, los contraluces delicados. No se ve sexo de verdad, se ve una mirada de revista de moda sobre un tema de moda también. Ya Chantal Ackerman, en Je, tu, il, elle lo había hecho extraordinariamente bien, en una toma secuencia de media hora, con la cámara inmóvil, de dos mujeres haciendo el amor. Eso fue hace décadas, eso fue coraje y osadía y verdad, en La vida de… es puro chiche. Leo también la molestia de las actrices con el director por lo que pasó en las escenas sexuales y me irrita todo lo que se montó con esta película, que esconde una mirada para mí convencional del sexo y del amor.

 

… y pocas nueces

El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, aunque por momentos es interesante en la descripción del mundo de la libertad sexual gay, y hay momentos crudos y duros, al contrario que en Adele, siento que en relación a las escenas de sexo todo queda apenas insinuado: la dureza de los vínculos y el deseo no aparecen, queda todo epidérmico, en la superficie. Y ese mundo no es así. Es más fuerte, más mezclado. Aquí los personajes parecen cartoncitos recortados mimando el acto sexual –no siempre, por momentos se logra la crudeza necesaria. Respecto a la historia: me pareció inconclusa, desaprovechada, pretenciosa, un mal film de un imitador de Chabrol. Nada se sostiene, nada se justifica, las acciones de los protagonistas están colgadas de la nada, de nuevo parecen cartoncitos recortados y el final es directamente ridículo. Es cierto que hay momentos buenos, es cierto que el sonido del viento y del agua son hermosos, es cierto que por momentos la película inquieta… pero no es esa obra de arte que se comenta. Es una peliculita policial con detalles sexuales a veces interesantes y nada más.

¿Vamos al lago?

Entregas anteriores

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  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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