[Bésame, estúpido] 3

AMORES

Matar un ruiseñor

Robert Mulligan, Harper Lee, Truman Capote

Los niños de Matar un ruiseñor, de Robert Mulligan, 1962

No es solamente uno de los más hermosos títulos, sino que durante mi infancia, y aún ahora, la imagen del abogado Atticus Finch –Gregory Peck– en la película de Robert Mulligan, permaneció en mí como el ejemplo de la bondad y de la justicia. No recordaba bien la película pero sí lo que me había dejado: su amor por los demás. La volví a ver hace muchos años y me di cuenta de que es un filme de terror: pocas veces me asusté tanto en el cine. No volví a verla. No había leído el libro, casi lo único escrito por Harper Lee. Era muy amiga de Truman Capote: Dill, el niño curioso, está inspirado en él. Ella acompañó a Capote en su recorrido por las zonas del crimen de A sangre fría, y ella es la inspiración para uno de los personajes de Otras voces, otros ámbitos, de TC, uno de los tantos que marcaron mi vida. Coincidencias que descubro, siempre sorprendentes, revoloteando a mi alrededor a la espera de que los lazos se ajusten, se evidencien. El libro está contado desde la mirada de una niña, Scout, y tiene el encanto, la inocencia aguda, el desprejuicio de Carson McCullers, de Colette, de Rosa Chacel en sus Memorias de Leticia Valle.

Atticus se puso en pie.

En primer lugar –dijo–, si sabes aprender una treta sencilla, Scout, convivirás mucho mejor con toda clase de personas. Uno no comprende de veras a una persona hasta que no considera las cosas desde su punto de vista.

 

Qué joven fui un día

Es difícil hablar sobre Amour sin repetir los adjetivos escritos ya por todos. Me gustó su sequedad, distancia cuando corresponde y presencia cercana donde debe. No le escapa a nada que pueda doler, pero se cuida muy bien de hacer llorar. Grandes actuaciones, tan pequeñas que parecen vida pura, o sea también horror puro en este caso. Y no se puede menos que pensar, y saber, que los actores están hablando de sí, mostrándose, anticipándose a su propia muerte. Recuerdo cuando, en Hiroshima, mon amour, de 1959, Emmanuelle Riva gritaba, en el bar: ¡Qué joven fui un día! En esta película, de 2012, ella tiene ochenta y cinco años y no treinta y uno. Y Trintignant era el jovencísimo iniciado por Gassman en Il sorpasso.

Emmanuelle Riva en Hiroshima mon amour de Alain Resnais -1959- y en Amour de Michael Haneke, 2012.

Con pudor avanzo, deslizo, dos pequeñas fallas a mi ver: la historia de la paloma está al borde de ser demasiado simbólica, como si tuviera que contener todo el filme, y, aunque es fuerte, no agrega nada esencial en una narración en la que nada sobra. El otro problema es el rol de la hija: Isabelle Huppert está muy bien, pero su personaje no es creíble, o está tan recortado que no logra insertarse en la historia. Aun los hijos más egoístas habrían intervenido de otro modo en el drama que sucedía.

Además en el departamento nada se deteriora como debería y en ese sentido el film Nadie sabe, de Kore–eda, es mucho más riguroso. El peinado de Emmanuelle Riva también es demasiado perfecto por tres cuartas partes del filme, pero eso lo veo casi como un regalo de Michael Haneke a la coquetería de esta actriz estupenda y valiente.

 

En lo intenso ahora y Santiago

João Moreira Salles

Prohibido prohibir

No intenso agora trata de grandes movimientos revolucionarios abortados: el mayo francés, la primavera de Praga, la represión de la dictadura brasilera, la revolución cultural maoísta. Y trata de cómo todo tiende a volver a los cauces establecidos, a lo conocido, a través de los miedos generados por el cambio o a través de los tanques rusos en Praga. Esto se va intercalando con imágenes de la familia del director João Moreira Salles y las reflexiones de su madre ante una visita a China que hizo en medio del maoísmo y del agitar de los cuadernos rojos de los alumnos niños. Fue feliz en ese tiempo, la conmovía lo que se insinuaba de impredecible en la vida, la arrebataba la sorpresa ante lo desconocido. Todo lo que después se transformó en muerte y opresión. Fue difícil ver la película y no sentir que tocaba toda una parte de mi vida, la que se relaciona con los ideales de cambio y de justicia y el uso político que se le da a los movimientos libertarios. Entonces me dejé llevar, me entregué al sacudón, a lo intenso ahora.

Y salgo de ver esa película y me encuentro con la noticia de que había muerto Eduardo Sahar, que fue mi compañero en cine, con quien hicimos nuestra tesis El sitio y compartimos horas y horas y días y días y años de vida; era la pareja de mi amiga Luisa Núñez. Un gran cineasta, un gran camarógrafo. Me trae ese tiempo de mi vida, el de la juventud, el de los ideales, la fuerza, la inventiva.

24 julio de 2018

Liliana Malem, Eduardo Sahar camarógrafo, Roberto Videla, rodaje de El sitio, 1971.

Volví entonces a ver Santiago de João Moreira Salles, de 2017.

Santiago, el mayordomo argentino de la familia de Moreira Salles en Rio de Janeiro durante treinta años, de 1956 a 1986, al que João Moreira Salles dedica su película, pasó su vida entre otras cosas reconstruyendo la historia de la nobleza, de los vikingos a los asirios a los Medici a los hindúes. Dejó miles de páginas escritas a máquina y amorosamente preservadas.

Dice J. Moreira Salles:

Santiago pasó la vida luchando para que sus personajes no fueran olvidados. Era una guerra casi perdida, él lo sabía. El número avasallador de historias y de personajes acaba por traicionar la intención de preservarlos, pero no todo se pierde.

Sin embargo Moreira Salles, y lo reconoce en su filme, traiciona la confianza de Santiago. Cuando en esas últimas entrevistas, insinúa su homosexualidad –Yo pertenecía a una clase de hombres condenados por…– no lo deja expresarse, lo corta en seco, cosa de la que después se arrepiente. Ya era tarde.

No intenso agora, de João Moreira Salles, 2017

Santiago, antes de morir, escribe:

Allegro ma non molto. Quasi finale.
Creo rendirles un pequeño y simple homenaje al leer sus breves huellas por este planeta. Ya cumplidos los cuarenta años de edad todo cambia, es un símbolo detestable del paso del tiempo. Mi actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante.

 

Sarabanda

Ingmar Bergman

Acabo de terminar de ver Sarabanda. Me impresionó ese mundo suyo tan igual a sí, tan Bergman; esos temas, el del amor y el odio, las parejas y los padres y los hijos. Todo dicho y todo nuevo. Esos actores deslumbrantes, la síntesis más perfecta de artificio y vida. Y esa chica, esa maravilla de actriz jovencísima. Él sigue incorporando actrices a su mundo. Y el cuerpo de Erland Josephson, mostrado sin pudores. Y la vergüenza de Liv Ullmann, que no se dejó ver, aunque se la ve en contraluz. Bergman la corrió con una botella, para pegarle, en el set, porque no quería salir desnuda. Al final tropezaron, cayeron al suelo uno encima de otro y se largaron a reír.

La película retoma los personajes de Escenas de un Matrimonio en la friolera de 30 años después.Sarabanda de Ingmar Bergman, con Liv Ullmann y Erland Josephson, 2003

Ella es la que sufre menos ante el fracaso del encuentro. Está comprometida, pero porque escucha. Ni siquiera aconseja. Escucha y ve, se horroriza por el otro, por las maldades de los otros, pero eso no la toca. Puede llorar, pero luego se seca las lágrimas y sigue su vida. Nunca es indiferente. Es una mujer completa y entera. La mirada de Bergman sobre ella es de un gran respeto y un gran amor, la observa como a un par, como alguien a quien se admira. Como el amor y respeto que siente por la jovencita. No siente eso por los dos hombres, uno brutal y el otro obsceno y viscoso, aunque también los dos tienen momentos de luz. El protagonista sigue su vida, pero gime, se lamenta y ejercita una maldad y una manipulación atroces en las vidas de los demás. Se va alejando de las cosas, cada vez más enfermo, más sudoroso y solo. Más indiferente, con explosiones de autocompasión.

El incesto es brutal, aunque de algún modo me sonó literario, tal vez hasta innecesario. Claro que sin él no habría film, pero el padre también habría podido ahogar de amor a la hija sin necesidad abusar de ella.

Los gestos de madurez de Marianne alejándose sin ser lastimada y de la hija escapando del padre no logran darle al filme ni paz ni luz. En la película hay ternura y crueldad entremezcladas, una mirada desesperada sobre lo inasible del amor y lo concreto de las heridas que provoca. También habla de la inutilidad, de la búsqueda de sentido en medio del sinsentido. La vida, por lo tanto, se manifiesta como algo ingrato, vano e incontrolable.

Me conmovió ver a Liv Ullmann, no tenía idea de cómo el tiempo le había pasado, ya que hace 20 años más o menos que no la veía en películas. Sí había visto las maravillas de films que dirige, como Infidelidades y Sofía. El tiempo le pasó fuerte. Se dedicó a dejar caer aquí, rellenar allá, borrar los límites, entorpecer un movimiento, ensanchar el cuello, opacar la mirada con ese brillo velado de la edad. Ella de vez en cuando hace un gesto de los que hacía, una caricia con la mano girada, como en Gritos y Susurros, y entonces de repente aparece toda ella, jovencísima en Persona, a los 28 en Vergüenza o a los 32 en Escenas de un matrimonio. Está llena de vida, su mirada es la mirada del tiempo. Inalterable su esencia, en escena se ilumina.

[Bésame, estúpido] 1

[Bésame, estúpido] 2

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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