Edith Vera, la poeta silenciosa

Edith Vera nació a mediados de la década del 20 en una ciudad del interior cordobés. Trabajó de maestra y se dedicó a la poesía, oficio que ejerció de manera casi secreta y sin buscar reconocimiento. El escritor Normand Argarate, villamariense radicado desde hace unos años en Buenos Aires, ha escrito El libro de Edith, que aún permanece inédito. El fragmento que sigue es un adelanto.

 

Mientras permanezco encerrado en mi departamento acatando las prescripciones sanitarias frente a la pandemia, trato de imaginar el retiro voluntario del mundo por parte de Edith. La decisión de ovillarse en una interioridad que construye sus propias leyes, que despliega desde la soledad un friso de naturaleza fantástica, en contacto con el exterior mediante pequeñas notitas que dejaba en el parabrisas de su auto arrumbado en el garaje, a la entrada de su casa clausurada a las visitas.

Nota de Edith Vera al autor.

Pero antes de entrar en su obra voy a presentarla. Edith nació en 1925 en Villa María (Córdoba) y murió en esa misma ciudad en 2003. En 1960 recibió el Primer Premio en el concurso “Campaña para una Buena Literatura para Niños”, organizado por el Fondo Nacional de las Artes, por Las dos naranjas (publicado en 1969) y el Premio “Alberto Burnichon Editor”, al libro mejor editado en Córdoba en el bienio 1997/1999, por El libro de las dos versiones. Su obra incluye canciones, dibujos y varios textos inéditos.

Vera era un demiurgo secreto que podía descender hasta la perfecta vacuidad —en modo semejante a los Yin Shi, maestros secretos del Taoismo— y desde allí convocar el aliento vital que sostiene a todas las cosas. Veamos este poema de La Casa Azul, donde la poeta, lejos de toda pesadez y apenas en cinco líneas, logra crear el germen de un poema que se despliega y se levanta de la página para propagarse a través del aire:

En el papel del aire
el verde escribe una flor.
Letra abierta, clara, firme.
La corola dice: Vengo.
El perfume dice: Voy.

Tenía una gran capacidad para suscitar microscópicas alianzas sinápticas, y desde allí lanzarse a una aventura milagrosa donde todo signo se convierte en vida, en movimiento, color, perfume. Hay algo de pensamiento oriental en el arte poético de Edith, asimilando una enseñanza que se encuentra en Los Cuatro Clásicos del Emperador Amarillo (textos que recopilan una rama perdida del Taoísmo sincretista temprano): “Al actuar la forma, no surge otra forma, sino una sombra; al actuar el sonido, no surge otro sonido, sino un eco; al actuar el vacío, no surge el vacío, sino otro ser.” En la perfecta vacuidad se encuentra el ser; en esos momentos de sosegada soledad, en lo imperceptible, en el silencio profundo, en lo que oculta la vertiginosa realidad, en la quietud y la indagación extática, Edith logra dialogar con la infancia.

El Pato Canela
Pescaba en la noche
Hundiendo su pico
De rojo coral.
Sacaba del agua
Pedazos de luna
Que él mismo quebraba
A orillas del mar.

Sabemos que la estética china no busca adherirse inmutable, su temperamento fluido y dinámico es propio del pensamiento oriental. Una auténtica concepción de la belleza nunca sería un estado perpetuamente aferrado a su fijeza. Su advenir, su aparecer ahí, constituye siempre un instante único a punto de disolverse, es su modo de ser. Puesto que cada ser es único y cada uno de sus instantes es único, su belleza reside en su impulso instantáneo hacia la belleza, constantemente renovado y cada vez como nuevo.

El trasiego constante de los sentidos genera en sus poemas espontaneidad y frescura. Algo que en toda la poesía de Edith se manifiesta claramente. Ante cada lectura, las palabras se renuevan y uno siempre tiene la impresión de leer por primera vez un poema suyo, como si se abriera ante nosotros con el mismo candor que una flor despliega sus pétalos.

Una vez que se ha pronunciado
la palabra amapola
hay que dejar pasar algo de tiempo
para que se recompongan
el aire
y nuestro corazón.

El movimiento de los labios que modelan una amplia A, a su vez mandato de amor, disemina su sentido hasta el silencio, hasta vaporizar la imagen en un ínfimo latido, donde el poema se cierra, para recomenzar en su primera línea. “Vocaciones de las vocales: cantar” diría Ezra Pound.

Asimismo, en el caso de Edith, la brevedad se despliega hacia la página en blanco. En dicha disposición espacial la atención se concentra sobre la materialidad de las palabras y de allí remontan en un juego de asociaciones. Muchos de los poemas funcionan como esos pequeños artefactos para niños llamados móviles, donde las figuras danzan en un vaivén musical, porque no solamente las imágenes capturan la atención, sino la musicalidad es el elemento cohesivo que logra amalgamar la rotación del poema. Palabras que desprendidas de un centro flotan y se atraen en la sinestesia musical, la única gravedad en el juego silábico. Cada imagen escandida, nítida en la secuencia rítmica.

Haremos tres coronas:
una para la gata,
una para la tía
y otra para mí.

Para la gata
tarata,
con colita de ratón.

Para la tía
Lucía,
con ovillos de color.

¿Y para mí?
¡Con semillas de melón!

“Trenzas de sonidos que se entrelazan” diría Paulo Leminski a propósito de los haikú de Basho, y bien podría aplicarse a los poemas de Edith. Dibujos verbales agregaríamos nosotros. Un arte temporal que dibuja letras con impresiones sucesivas de sonido. “¡Danzad la naranja”! nos exhorta Rilke, que en un pasaje de Sonetos a Orfeo sintetiza la íntima comunión de imagen y sonido:

En el estanque el reflejo
a menudo se sumerge:
Aprende la imagen.

En ese doble reino
se tornarán las voces
eternas y suaves.

  • Escritor y periodista. Publicó textos de poesías y cronicas. Coordinó suplementos culturales y se desempeñó en la función pública.

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