El escondite de Hernando (Engañapichanga 6)

para Piru

All you see are silhouettes
And all you hear are castanets
And no one cares how late it gets
Not at Hernando’s hideaway.

Richard Adler, Jerry Ross

Una amiga leyó esto que estoy escribiendo, estas sesiones neuróticas, dice que es como si en cualquier momento puede aparecer un asesino, un susto… alguien que te quiere desprevenido para mejor calzar el golpe, que tal vez no llegue o no exista el asesino pero sí el tal vez tropezar en alguna piedra puntuda, y que en el mientras parece que lo vas conociendo por dentro al tipo que escribe… Seguiré entonces por este camino que no sé dónde lleva, en una de esas a nada, a piedritas, en una de esas a diferentes asesinos escondidos, grandes y chicos, como con el que me encontré ayer.

Era mediodía, tres de enero, me puse a hacer de comer, en medio de un calor estruendoso, de un cielo azul como pocas veces se ve, de un silencio como no se siente nunca. Estaba preocupado, era el primer aniversario de la caída de Piru por el balcón cuando intentaba cazar torcazas. Me costó dos meses de vida acompañarla en la rehabilitación después de operarla de la pata trasera quebrada, dos meses infernales, de calores de más de 45 grados en enero y lluvias subtropicales en todo febrero. Protegí el balcón con una red pero ella quiere cazar –su pata quedó perfecta– y las palomitas se siguen posando en la baranda. Mientras cocino algo simple Piru viene a comer dos bocaditos a la cocina, es muy discreta siempre, y veo que enfila hacia el balcón. La pierdo de vista un rato, luego voy a espiar qué hace. No está. La busco en el dormitorio, es su hora de la siesta larga, no está. No me preocupo pero insisto, tiene varias posibilidades de escondites siesteros: debajo de la cama, en la bañera, en el placard arriba adentro de una valija abierta, entre las zapatillas de la mesa de luz, detrás de una cortina, y otros diez: no está. Miro todo de nuevo, llamo PiruPiruPiru, nada, me asomo al balcón, estoy en el cuarto piso, miro el patio de Carmen, abajo, no la veo, en el patio de al lado no se la ve, pero no lo puedo ver entero, no veo una gata despanzurrada sobre el piso caliente, en el patio del edificio vecino no se la ve, pero tampoco la vista es completa, empiezo a sentirme mal y percibir que ese silencio como pocas veces se siente, el de adentro de mi departamento, es el signo de que ella saltó, cayó, dejó vaciado todo de su ser, y en ese momento escucho un lamento, un maullidito lejano, algo ahogado y poco discernible, que viene de abajo sí pero no se sabe de dónde, me visto a las corridas, empiezo a sudar, siempre ese maldito sudor, agarro las llaves de Carmen, ella no está y yo alimento a su gata Paquita estos días, bajo corriendo por las escaleras pensando: te voy a matar Piru, si estás malherida te voy a matar, te voy a asfixiar, no voy a pasar de nuevo por esa tortura de encerrarme a cuidarte mientras pasan mis vacaciones y me herrumbro, que no se te haya quebrado la misma pata, Piru, es que quedarás hecha un desastre, es domingo, a quién llamo ahora o dónde te llevo, no hay nadie, el edificio está vacío, todos los veterinarios estarán de vacaciones, entro a lo de Carmen mientras el celular me suena a cada segundo, veo luego que es Viviana que me manda fotos de un paseo por las orillas del Adigio en Verona, la Paquita contenta de ver a alguien se me enreda entre las patas y casi me hace caer, no puedo abrir la reja del jardín, tiemblo y sudo, al fin lo consigo, Piru no está en el patio, cómo hago para espiar al lado, al patio del departamento que está vacío, se han ido hace poco, busco una silla, una banqueta, me subo, me aplasto contra la Santa Rita de flores blancas y espinas traicioneras, me alzo y miro, el patio está vacío, Piru no está, debe estar en el patio del edificio, cierro el departamento, ni sé cómo, voy a entrar en el ascensor pero no hay nadie, y si hay un corte de luz quedaré entrampado muriendo de miedo y calor, subo entonces corriendo por las escaleras para mirar por última vez en mi casa, controlo todo, me estoy asfixiando, miro de nuevo debajo de la cama, algo redondeado está en la tela de abajo del somier, sin tocar el piso, me arrodillo y meto la mano sin ninguna esperanza…siento la tibieza de su panza y la suavidad de sus patitas, está ahí, duerme la siesta. Así como estoy, arrodillado, me inclino sobre la cama y me largo a llorar, a los gritos, por ella y por mí, tan tonto. Voy al baño, me desvisto, me seco, me lavo la cara, veo que tengo un largo surco de una espina de Santa Rita que me corta en dos el pecho y otro rasguño en el brazo, con sangre, ni me di cuenta, me tomo media pastilla, me acuesto para recomponer mis latidos con el ventilador a medio metro a todo lo que da. Ni pienso, casi ni es alegría lo que siento, estoy confundido, atontado. Piru sale de su nidito, Hernando’s Hideaway chan chan, salta sobre la cama, me mira, mirarla es un milagro, se echa para que le acaricie dos segundos la panza, se alza, se estira, elonga, me da la espalda y se acomoda para seguir durmiendo

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

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