El idiota (Engañapichanga 2)


para Cristina Faccincani

… sí, es más que interesante, creo yo, porque siempre ando renegando con las interpretaciones psicológicas o psicoanalíticas, me rebelo contra ellas, no me las creo, es como una defensa porque toda mi vida estuve cerca de gente relacionada con la salud mental, hasta trabajé varios años en el Neuropsiquiátrico dirigiendo un taller de teatro, y me cansé un poco de querer entender o interpretar todo, porque comprender no significa siempre y necesariamente poder modificar, y a la larga es como un remolino de morderse la cola metiendo palabras a lo que son sensaciones y sentimientos, bah, como estoy haciendo yo ahora,  pero esa es otra historia, la del Neuro será para después en una de esas, y tuve mucha gente amiga y hasta algún o algunos amores tuve/tengo que eran/son psi, abreviado digamos, y después de años de terapia, porque de vez en cuando, muy de vez en cuando, vuelvo a precisarlos, o precisarlas, me refiero a los terapeutas, a los amores dejo de precisarlos, los cambio mientras puedo, usted es la segunda mujer que me toca, de terapeuta digo, qué confusión, los demás fueron hombres, terapeutos, se me formó como una defensa, un muro, porque creo que nada es entendible, que todo es más azaroso, inclasificable, misterioso, y entonces cuando surgen pruebas lampantes de insights o epifanías que modifican la conducta o los hechos me quedo medio dolorido, se me viene abajo el rechazo y ya no sé cómo clasificar lo que acontece, me siento culpable de duda, dudaísmo… pero medio que estoy contando el final de la historia, así que retomo… ya dejé algunos interrogantes y algunas pistas… estaba con El idiota, yo ensayaba a veces con una amiga italiana, esto sucedía en Verona, en Italia, donde viví ocho años enteros, mi amiga era psiquiatra, ella no actuaba, ella me miraba trabajar… y dale con esa palabrita insuficiente, me ayudaba a construir partituras, a buscar matices, gestos, cositas; hacía unos meses yo sentía algo muy raro, la cabeza embotada, era como que se me sumergía en algodón y me creaba una sensación de extrañeza, de alejamiento y distancia de las cosas, duraba poco pero sucedía a menudo, al menos una vez al día en mi recuerdo, pensé que tenía un tumor que comprimía algo por dentro, el cerebelo del entendimiento y de la percepción, o que tenía una enfermedad psicosomática, estaba en ese período en que me creía todo… y yo trabajaba este texto en el que Dostoyevski cuenta dos momentos intensos de su vida en Suiza, cuando asistió a dos ejecuciones en patíbulos, cadalsos, una con final feliz, la de uno que sería fusilado y llega el perdón del zar justo antes de que lo maten, y la otra en la que se habla de lo que puede llegar a pensar alguien que va a ser guillotinado… a Dostoyevski le pasó algo así, lo del fusilamiento, había subido un día al patíbulo, condenado por conspiración, por un delito político, y cinco minutos después llegó la sentencia de gracia, el perdón, pero él había vivido con la certeza de tener que morir en pocos minutos… y lo peor era este pensamiento constante: ¡Si no tuviera que morir, si la vida pudiera continuar, la eternidad se abriría ante mí… y todo sería entonces mío, transformaría cada momento en un siglo, no perdería un segundo inútilmente, lo sé de memoria, lo hice en ese espectáculo, eran textos de diversos autores, de Ibsen, Bergman, Virginia Woolf, Clarice Lispector, Pessoa, Truffaut, etc., ahora no me acuerdo de todos, ya los buscaré, con ese trabajo es que volví a Córdoba, al Primer Festival de Teatro que se hizo luego de la dictadura, en 1984, el espectáculo se llamaba La sombra del relámpago, la crítica que salió en el diario principal estaba titulada Una sombra sin relámpago, eso también me habrá hecho sudar de verdad, no de mentiritas, pero fue hace tanto tiempo… ah, cómo lo odié a ese periodista… P.P. se llama o llamaba, lo hubiera achurado, claro que es una manera de decir, pero yo volví a mi país después de diez años, dos los pasé en Venezuela y ocho en Italia, y se me viene encima esta crítica violenta y según yo inmerecida, pero ya había vuelto y me sentía bien aquí en Córdoba, aunque yo soy de Mendoza, ya lo dije, y en medio del ensayo allá en Verona, San Martino Buon Albergo se llamaba el pueblito en las afueras, me detengo y le digo a Cristina, mi amiga, en italiano: Sabés, Cristina, hace unos meses siento algo muy raro, siento como que tengo la cabeza separada del cuerpo… Hice un gesto veloz y muy violento, como si de un cuchillazo yo mismo me abriera el cuello y degollara/decapitara, el mismo gesto que hacía para la obra en ese momento del texto en que Dostoyevski escribe en boca de Mishkin: ¿Saben que se dice que la cabeza, una vez cortada, todavía vive unos segundos, y sabe que ha sido cortada?, la cuestión es que hice el gesto, me quedé fulminado, la miré a Cristina que me miraba fulminada, nos largamos a reír nerviosos, una mezcla de asombro, desconcierto, no podíamos creer lo que había sucedido… me estoy explicando bien espero… o sea que me había enfermado de algo a lo que el texto me indujo, me sugirió, me ordenó, o sea que yo había estado inerme en manos del texto, de ese texto… y el mismo texto se denunciaba, se revelaba, reconocía su autoría a través de mi boca y mi gesto… qué increíble… insólito… porque era también el texto el que ahora me curaba… lo más extraño fue que luego nunca más, pero nunca más, volví a sentir esa sensación de embotamiento, de hundirme en algodón… por lo menos no la volví a sentir en ese período, no pongo las manos en el fuego de que alguna vez no me volvió a pasar, porque todo se repite… como para pensar lo otro, ¿no?, y creer en Freud, o en milagros… flor de epifanía sí, flor de insight, suena vulgar, pido disculpas, en realidad fue un momento de rara belleza, pleno, inequívoco, de esos por los que vale la pena vivir…

 

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Vuelve al inicio