El mayordomo alemán (monumento a Chejov)

En  “Tres Rosas amarillas”, uno de sus cuentos más conocidos, Raymond Carver homenajea a uno de los maestros del género: Anton Chejov. En el relato que sigue, que forma parte de una serie aún inédita, Carlos Schilling le imagina un futuro alternativo a uno de sus personajes: el mayordomo que le lleva las flores al escritor ruso en su lecho de muerte.

Luis LorenziSe equivoca Raymond Carver cuando supone que el joven mayordomo que llevó tres rosas amarillas a la pieza del hotel donde murió Chejov fue una víctima anónima de la Primera Guerra Mundial. Convengamos que esa oportuna desaparición obedece más a las leyes del relato que a la biografía de una persona real. Carver parece admitirlo al dedicarle apenas una frase entre paréntesis a su conjetura. Simplemente se libera del joven mayordomo con la habilidad de quien resuelve un problema literario y no un destino. Nada tan fácil como matar a alguien en una guerra y enterrarlo en una fosa común, sin una cruz, sin una lápida donde figuren su nombre y su apellido. Esconder un cadáver entre millones de cadáveres es una variante del crimen perfecto, pero si aplicamos el cálculo estadístico a la Primera Guerra Mundial obtenemos que había un 20 por ciento de probabilidades de que un soldado alemán cayera en combate entre 1914 y 1918. En números redondos, dos millones doscientos mil víctimas fatales entre once millones de reclutados. De modo que el joven mayordomo bien pudo salvarse de morir atravesado por una bayoneta, reventado por una bomba de artillería o intoxicado por una nube de gas mostaza. Dejémoslo, entonces, vivir unas décadas más, al menos hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya habría cumplido 60 años y no sería tan despiadado atribuirle alguna de las enfermedades terminales disponibles en esa época. Igual, antes de saltar medio siglo, tendríamos que detenernos unos párrafos en el día de la muerte de Chejov en Badenweiler. El hecho de que una persona muriera en un lugar donde coincidían enfermos de tuberculosis de toda Europa no resultaría inusual en la rutina del hotel Sommer, pero Chejov era una celebridad en 1904, y sin dudas la extraordinaria agitación que se produjo en torno de su deceso no pudo pasar inadvertida para el joven mayordomo. Seguramente se enteró de que el muerto era un escritor famoso y de que la esposa era una actriz (Olga Knipper), cuyo apellido tal vez le generó alguna simpatía especial hacia la viuda. No lo juzguemos: en un ambiente tan cosmopolita como un balneario alemán de principios del siglo veinte, cierto patriotismo no dejaba de ser un sentimiento refinado.

La demora en presentar como corresponde al joven mayordomo se debe a que en esos años aún no se había impuesto en la hotelería la moda de coser una placa identificatoria en las chaquetas de los empleados, así que los huéspedes no tenían más opciones que llamarlo mediante la fórmula genérica de camarero o mozo. Un dato adicional: el hotel Sommer no permitía el lenguaje de señas, por lo que él nunca tuvo que rebajarse a responder a un chasquido de dedos, a una mano levantada o a un chiflido. Ese anonimato desaparecía cuando se comunicaba con el resto del personal. Los de su misma jerarquía (las cocineras, las mucamas, los otros mayordomos) le decían Peterchen, con distintas entonaciones según la ocasión. En cambio, el gerente siempre le decía Peter Voigt, en voz un poco más alta de lo que exigían las circunstancias. Es difícil saber si cuando pasaba del diminutivo al nombre completo el joven mayordomo seguía siendo la misma persona. ¿Fue Peterchen quien subió la botella de champagne a la pieza de Chejov, a la madrugada, despeinado y con la chaqueta mal abotonada? ¿Fue Peter Voigt, quien a la mañana, ya peinado y con el uniforme planchado, tuvo la deferencia de llevar un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas?

En ninguno de sus relatos Chejov se hubiera planteado esas preguntas. Tampoco el joven mayordomo se las planteaba, no al menos en las horas posteriores a la muerte del escritor, marcadas a la vez por una actividad frenética y por una melancolía que no terminaba de expresarse en medio del calor sofocante de julio. Era contradictorio morir en verano, una broma del destino, y nadie encarnaba mejor esa contradicción que la señora Knipper, la flamante viuda, también dividida en dos personas opuestas. Una muy práctica, la que había salido con urgencia a comprar ropa de luto, y vestida de negro dirigía las operaciones y completaba los trámites para embalsamar el cadáver de su marido y enviar el ataúd desde Alemania a Rusia. Y otra muy deprimida, la que en medio de una conversación podía quedarse en silencio, con la mirada fija en ninguna parte, expulsada del mundo. El joven mayordomo debía de sentirse pendiente de la mujer desde que ella le pidió que se contactara con el empresario de pompas fúnebres más prestigioso del pueblo y le rogó que actuara con la máxima discreción posible. No sería raro que tras ese momento de extraña intimidad él permaneciera todo el tiempo cerca de la viuda, tanto de día como de noche, disponible para cualquier recado (solícito, diría el diccionario), a una distancia en la que resultaba visible pero no molesto, hasta que ella se despidió del personal del hotel y partió en un carruaje rumbo a la estación de trenes.

No era la última vez que el joven mayordomo se cruzaría con Olga Knipper en Badenweiler. Dos años después, otro ruso famoso llegó al pueblo (nada menos que el actor y director teatral Konstantin Stanislavski), y convenció a las autoridades de que era imprescindible erigir un monumento al dramaturgo más importante de Europa de las últimas décadas. Las gestiones burocráticas y diplomáticas que demandó obtener el permiso para colocar una estatua en un país extranjero demoraron las cosas dos años más. Por fin en 1908 se instaló en la ladera de una colina cercana al hotel un busto de bronce que representaba a Chejov con sombrero y barba en punta. El detalle de que el autor de la estatua no fuera un artista profesional sino un escultor aficionado (el cónsul honorario de Rusia) revela que aun en la inmortalidad todo lo que rodeaba a Chejov seguía siendo chejoviano. Ajenos a esa ironía póstuma, decenas de funcionarios, artistas, actores y cantantes asistieron a la ceremonia inaugural, que incluyó la bendición de un sacerdote de la iglesia ortodoxa rusa. El joven mayordomo tuvo que conformarse con ver a la viuda desde lejos, junto a los curiosos del pueblo, aunque en el escenario de su mente las cosas eran muy distintas: se acercaba a Olga Knipper, la saludaba con una breve sonrisa, y ella se desprendía de la multitud, corría a abrazarlo y lloraba sobre su hombro. ¡Peter! ¡Peter!, le decía temblando, cada vez que recuerdo a mi marido veo sus rosas amarillas.

Hay que suponer que las recompensas que obtuvo el joven mayordomo por sus buenos modales no fueron solo imaginarias. A principios del año siguiente recibió una oferta del Hotel Kreuzer de BadWorishofen, en Baviera, y la aceptó porque significaba un ascenso en su carrera. Dejaría el uniforme de mayordomo y luciría el traje de gerente, lo cual también tenía una segunda consecuencia: debía olvidarse de Peterchen y asumirse definitivamente como Peter Voigt. El fantasma de Chejov lo persiguió hasta allí y un día se le apareció en la forma de dos mujeres británicas, madre e hija, que hablaban un inglés menos afectado que el de Inglaterra y la más joven se comunicaba en alemán con los otros huéspedes, las mucamas y los mayordomos. Era tan cosmopolita que hasta firmó en tres idiomas el libro de visitantes: KätheBeauchampBowden, y en el rubro oficio consignó escritora. Se hospedaron apenas ocho días, desde el 4 al 12 de junio de 1909, de modo que aunque Peter Voigt se sintiera atraído por la hija, las siluetas de ambas mujeres no habrían quedado grabadas en su memoria si no fuera porque en esa misma semana ocurrió un incidente lamentable. El 6 de junio, muy temprano, llegó al hotel una carta que lo entusiasmó tanto que aprovechó la ocasión para compartir la noticia con la joven británica durante el desayuno:

-Señorita Beauchamp, me permito informarle que esta tarde vendrán dos nuevos huéspedes.

-¿Sí?

-Se trata de personas muy importantes.

Lo correcto hubiera sido que la señorita Beauchamp emitiera algún signo de curiosidad, un gritito, una exclamación, un tartamudeo, pero ni siquiera le dirigió una mirada interrogativa, y Peter Voigt tuvo que abandonar el tono dramático y resignarse al informativo.

-La baronesa von Gall manda a su hijita menor al hotel y en un mes vendrá ella en persona.

Por suerte para Peter Voigt su entusiasmo encontró eco en una mujer que acababa de entrar en la sala del comedor y que demostró ser una experta en temas relacionados con la aristocracia austrohúngara. ¿En serio? ¿La baronesa von Gall? ¡La baronesa von Gall! La simple idea de que una dama de tan alta alcurnia abandonara las páginas de sociales para alojarse en el hotel Kreuzer justificaba la decisión de prolongar la estadía varias semanas más. ¡La baronesa von Gall!, siguió diciendo la mujer, ¡la baronesa von Gall! Y Peter Voigt sintió que su responsabilidad como gerente lo obligaba a explicar que la hijita de la baronesa era muda y que venía a curarse en las aguas de Worishofen.

No fue sin embargo la niña la que causó el mayor impacto sino la joven que la acompañaba: era alta, muy pálida y tenía el cabello negro atado en una trenza. Mientras intentaba asentar su firma en el libro de visitantes, se presentó como la hermana de la baronesa. No tuvo que decir nada más: algo tembló en el aire y la atmósfera cambió de cualidad, como si se hubiera saturado de un componente luminoso que no figuraba en la tabla periódica de los elementos. Esa imagen química, por supuesto, no se le hubiera ocurrido a Peter Voigt, aunque sí tal vez a la versión futura de la señorita Beauchamp, conocida como Katherine Mansfield, quien la habría descartado por rebuscada. Lo cierto es que la combinación de la espléndida figura de la recién llegada con su título de nobleza fue irresistible tanto para el sector femenino como para el masculino del hotel. El corazón de Peter también se mostró voluble y saltó de la escritora británica a la noble austrohúngara. Pero el empleo de gerente lo forzaba a reprimir sus efusiones románticas y a mantenerse en segundo plano. Además, entre los huéspedes había un poeta de Múnich y un estudiante de Bonn que se disputaron a la joven desde el primer día. Como en una comedia de enredos, cada vez que uno entraba en un lugar donde estaba la hermana de la baronesa, el otro salía, por lo que nunca se produjo una confrontación directa. El extremo sigilo con el que actuaban los dos hombres no pasaba inadvertido para las mujeres, quienes ya oían por todas partes los zumbidos de las flechas de Cupido o la agitación de sus alas.

El vencedor de esa guerra elusiva fue el estudiante de Bonn, vaya a saber por qué motivos particularmente inexplicables para el poeta de Múnich. Durante uno de los paseos de la nueva pareja por los bosques cercanos se produjo el incidente que Peter Voigt no olvidaría nunca. Un gran automóvil oscuro estacionó frente al hotel y de adentro emergió una mujer vestida con un impermeable amarillo. Era la baronesa que venía a visitar a su hijita mucho antes de lo previsto. Entró al salón principal y su figura magnética atrajo a todos los huéspedes.

Ilustró Luis Lorenzi

-¿Dónde está la niñera? -le preguntó a Peter.

-No vino ninguna niñera -le contestó él-, solo su hermana y su hija.

-¿Hermana? ¿Qué hermana? ¡No tengo ninguna hermana!

El insulto con el que la baronesa le puso punto final a la conversación hizo retroceder a Peter Voigt de la categoría de gerente a la de mayordomo. Volvió a ser el joven Peterchen que se abotonaba mal la chaqueta del uniforme y se olvidaba de peinarse cuando una orden lo despertaba a la madrugada. Desde el momento en que la baronesa metió a su hija y a la niñera en el auto y partieron hacia un establecimiento más honorable, él estuvo tratando de contener los nervios y varias veces escondió la cara detrás de un pañuelo simulando que estornudaba. Supuso que la sensación desaparecería cuando el último testigo de ese episodio abandonara el hotel al final del verano, pero la suerte no colaboró con sus expectativas. Si bien las dos mujeres británicas dejaron las habitaciones uno o dos días después del escándalo, solo la madre se fue de Worishofen. La hija, en cambio, se mudó a una pensión y se quedó otros seis meses en el pueblo. Era imposible no cruzarse con ella. Cada vez que la veía, antes incluso de saludarla, se sentía atravesado por el mismo rayo de humillación que le había lanzado la baronesa cuando le gritó ¡idiota!

Lo que no podía saber Peter Voigt era que justo en ese tiempo la señorita Beauchamp estaba leyendo los relatos de Chejov traducidos al alemán. Es probable que no se le hubiera movido una pestaña si se enteraba. ¿Quién sabe? La gerencia del hotel no le dejaría demasiadas horas libres para especular sobre esa clase de coincidencias. Chejov ya se habría reducido en su mente a un busto de bronce o a un falso recuerdo: la viuda (Olga, Olga… ¿cuánto?) que lo abrazaba temblando y le agradecía las rosas amarillas. Pero el hecho de que un gerente de hotel no piense en las coincidencias no impide que estas ejerzan su poder sobre el mundo. Su único poder: hacer del azar un destino. En el caso de Peter Voigt, aparecer como personaje anónimo en uno de los primeros relatos de Katherine Mansfield y en uno de los últimos de Raymond Carver. Su vida, sin embargo, no se agotó en ese destino. Necesariamente tuvo que haber otras cosas. Las cosas comunes que podía experimentar cualquier joven alemán de su generación y que no vale la pena enumerar en una lista rutinaria. Quizás la cantidad de mujeres hermosas que pasaban por Worishofen todos los veranos fue formando en su mirada un punto cada vez más opaco de melancolía. Serían demasiados amores imposibles para un solo hombre, lo que justificaría el proceso de mineralización de su sensibilidad: la melancolía petrificada en resignación y la resignación cristalizada en un matrimonio con una mucama o una cocinera del hotel Kreuzer.

Cuando empezó la guerra Peter Voigt ya tenía 28 años. Figuraba entre los reservistas del ejército, por lo que no fue movilizado en los primeros meses de combate. Vaya a saber si el incipiente patriotismo que sintió cuando supo el apellido de la viuda de Chejov había aumentado o disminuido desde entonces. Tampoco importa para definir su carácter como soldado: eran tiempos de acción, no de sentimientos. Lo más probable es que por su experiencia en la hotelería lo asignaran al sector de logística de algún regimiento occidental. Debía encargarse del traslado de provisiones desde los depósitos en la retaguardia hasta la tercera línea de las trincheras. Eso explica que su riesgo de muerte se redujera a un porcentaje muy inferior que el de los soldados que combatían en el frente. Sin dudas habrá tenido su parte de fuego, sangre y barro. Pero esa parte resultaría irrisoria comparada con los días en los que no había nada que hacer y se dedicaba a descubrir errores de ortografía en las cartas de su esposa.

¿La derrota del Imperio Alemán implicó para Peter Voigt quedarse sin su trabajo de gerente? No, en absoluto. Si bien ya no venían visitantes de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia a Worishofen, había suficientes turistas austríacos, suizos o polacos como para sostener las finanzas del hotel. Poco después empezarían a llegar emigrados rusos que exigían ser tratados como nobles y siempre se demoraban en pagar sus cuentas. Los años del siglo veinte que los manuales de historia llaman de entreguerras son una mala tentación a la hora de escribir sobre alguien que vivió en ese período. Un paréntesis cronológico es tan extraño al tiempo interior de una persona que sería una equivocación (similar a matarlo en la guerra) exponer a Peter Voigt a las desventuras de Alemania posteriores al Tratado de Versalles. Todo individuo es una excepción y la suma de excepciones hace la regla. Solo una vez despojado de su nombre y de su apellido, reducido a una x en una ecuación, se le pueden adjudicar algunas de las pasiones imperantes en su época como si fueran reflejos condicionados. Evitemos, entonces, sugerir que Peter Voigt se aprovechó de la mitología del cuerpo sano para atraer a las juventudes hitlerianas al hotel Kreuzer o que escondió en el sótano a una familia judía que escapaba hacia Suiza.

Menos pretencioso aunque no menos fiel a la verdad histórica sería postular que dos o tres años después del fin de la guerra Peter volvió a Badenweiler y visitó a sus antiguos compañeros del Hotel Sommer. Por la masacre reciente  habría muchas más mujeres que hombres capaces de recordar con él los viejos tiempos. ¿Se animaría alguna de ellas a llamarlo Peterchen o todas se sentirían cohibidas por hablar con un hombre que había ascendido a gerente? Algo es indudable: sus conversaciones no podrían eludir los muertos en las trincheras, ni los sobrevivientes mutilados, ni los emigrantes que habían partido hacia países que estaban del otro lado del océano. Difícilmente retrocedieran hasta el verano en que murió el escritor ruso tuberculoso. Julio de 1904 ya equivaldría a la prehistoria, ya sería un paisaje borroso detrás de una bruma dorada. En algún momento de ese mismo día, Peter saldría a dar un paseo por el pueblo, recorrería las calles sin rumbo fijo, saludaría a una turista (tal vez una mujer hermosa parecida a la señorita Beauchamp o la falsa baronesa), y en una de sus vueltas se cruzaría con un pedestal vacío en la ladera de una colina, medio oculto entre la maleza y las ramas de los árboles. Recordaría el busto de bronce de Chejov, con sombrero y barba en punta, y junto con ese recuerdo le vendría a la mente la imagen de la viuda vestida de luto y trataría de recuperar su nombre (Olga, Olga… Sí, Olga Knipper). Unas horas más tarde, de regreso en el hotel, le preguntaría a una de sus mucamas conocidas: ¿qué pasó con la estatua?, y ella le respondería que la habían fundido durante la guerra para fabricar municiones.

Ilustró: Luis Lorenzi

  • Licenciado en Filosofía y trabaja como editor en el diario La Voz del Interior. Como narrador y poeta publicó Mudo, Experimentos con seres humanos, Disfrazado de novia y Ensayos de voz, entre otros títulos.

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