El perro del vecino

Hoy ha muerto el perro del vecino.

El señor Pop espera nervioso el servicio fúnebre canino, mientras pasea a lo largo de la fachada de su casa. Mira al infinito y sus ojos se detienen en puntos difusos que acrecientan su insatisfacción contra la vastedad del paisaje.

La señora, rodeada de un empapelado de rosas chinas, llora. La puedo oír a través del patio compartido; sentada, me imagino, sobre la punta del sillón. Arrellanarse sobre el mueble le parece un acto grosero, en ese mismo sillón donde suele reunirse junto a sus amigas de la sociedad protectora de animales.

Tiene las rodillas juntas, relucientes. Emergen como cabezas rapadas de gemelos ciegos. La falda a dos dedos de aquellas redondeces. Su postura es rígida y solo inclina el rostro para llorar sobre un pañuelito azul que bordara en la última navidad.

Junto a la ventana, la brisa me acaricia con las livianas cortinas que parecen traer mensajes de tierras ignotas, pasadas. Las telas desplegadas descubren el celeste limpio del mediodía que con su luz recorta la silueta del señor Pop. Y ahí está él, interrogando la lejanía, su punto de fuga, donde el mismo camino sin asfaltar declina en pequeñas casitas blancas de tejas rojas.

El camino de tierra en perspectiva se aleja entre el cielo y el horizonte, ondulado por el movimiento dorado de las espigas maduras.

El señor Pop observa. En algún momento aparecerá. Primero como un punto oscuro para luego brillar hasta reconocer las formas que avanzará entre nubes de polvo, y finalmente detenerse a recibir el cadáver. Se marcharán en silencio, dejando una estela fosforescente flotando en el aire.

Intimidado me deslizo tanteando los rincones. Pienso en el cuerpo peludo bajo la tierra, me figuro sus fauces en la oscuridad, bajo la cama, detrás del ropero, que de un salto morderá la mano o la pantorrilla cuando las sombras finalmente se me peguen. De mi miedo, los objetos se enteran. Alborotan el cuarto con chillidos insoportables. Me siento en el piso y creo hundirme. Me hundo hacia el hueco de mí mismo.

La noche nos sorprende con nuestras debilidades. Pop fuma cigarros armados, mientras permanece frente a la casa. La señora toca algunas sonatas en el piano, gime lastimosamente en las notas altas, y repite la secuencia. Por mi parte sigo bebiendo y me pregunto que buscará Pop en la distancia oscura. Parece que la noche será larga.

Alguna vez, cuando compartimos un café con masitas que la misma señora preparaba, le escuché decir que entendía la atracción de los marineros por el mar. “Ellos encuentran en el agua el reflejo de sus propias visiones y van hacia ellas, pero aquí solo hay tierra, solo tierra.”

La señora con su música quebrada, gira como una mosca abatida.

El tiempo se detiene, o al menos parece desconocernos. Cada sombra se estira en un perfil espectral, mientras sigo bebiendo desde el atardecer, sentado y apoyado en la pared, esperando que algo suceda.

Pop enhebra sus cigarrillos. Ella sigue tocando, y en cada preludio el sollozo compungido, en una repetición obsesiva. Pop se tapa los oídos y avanza hasta la puerta, queda petrificado, casi se podría suponer que desfallecerá en su rigidez. Sonríe y la luna le ilumina el rostro. “Está vivo, está vivo” murmura.

Trato de incorporarme hacia el alfeizar, pero el mareo me tambalea. Me aferro al marco de la ventana y en ese momento me orino. Pop gesticula, parece tener un diálogo imaginario y la música del piano insiste de manera demencial.

De repente, Pop mira fijamente hacia la casa, todo su cuerpo se tensa, como si estuviera a punto de explotar toda la furia acumulada desde el atardecer. Camina lentamente, decidido y a la vez conteniendo la violencia, e ingresa como quien se lanza a la fatalidad.

A través del patio compartido escucho sonidos de golpes, vidrios que estallan, gritos. A los tumbos atravieso el jardín, llego gateando a una de las ventanas y me asomo penosamente. Apenas puedo distinguir la escena, me cuesta hacer foco, pero allí los veo. Pop en cuatro patas, ladra y aúlla alternadamente. Ella muy pálida, las mejillas humedecidas por un llanto continúo y ahora silencioso, le acaricia la espalda como si tratara del lomo de un animal. Las cabezas unidas y con una ligera sonrisa. “Oh Boby, mi querido Boby”. Su voz parecía la de una niña que encuentra un juguete perdido.  Aparté la vista y me dejé caer hacia un costado de la ventana. Palpé mi camisa sudada y los pantalones manchados, arriba la luna ardía dolorosamente sobre las estrías de la noche.

  • Escritor y periodista. Publicó textos de poesías y cronicas. Coordinó suplementos culturales y se desempeñó en la función pública.

  • Es egresado de la Escuela Nacional de bellas artes Manuel Belgrano. Desde 1982 publica sus trabajos de humor gráfico en los principales medios de Argentina. Pero recién aprendió a dibujar con la cuarentena. Además de la plástica se dedica desde 2009 al estudio del trombón, persiguiendo el sueño de tocar en la la tribuna Roberto Goyeneche, del club atletico Platense. Pese a no haberlo concretado, actualmente integra la banda Skatológicos donde hace un playback que nada tiene que envidiarle a Demis Roussos.

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