El perro loco

Había un perro, en mi barrio, que se volvió loco. Era el perro de todos, porque no tenía dueño. Nunca vi alguien tan libre, tan noble y tan talentoso como él. Lo llamábamos Jilguero, por su pelaje amarillo. Era robusto, grandote. A veces decíamos que había nacido ovejero alemán, “manto negro”, pero de tanto comer polenta se había vuelto amarillo. Era un perro muy inteligente, incluso más que muchos de nuestros vecinos, se los puedo asegurar. Era uno más de la barra y pasaba casi todo el día con nosotros, en la casa de cualquiera, incluso en la escuela, adonde a veces nos acompañaba y nos esperaba, cuando le daba la gana. Porque eso sí: siempre hacía lo que le daba la gana. Así era Jilguero. Amarillo y libre como el sol.

Cuando jugábamos a la pelota, el jugaba con nosotros, preferentemente al arco, adónde casi nadie quería ir, salvo el gordo, que iba porque no le quedaba otra. En un arco el gordo, en el otro, el Jilguero. ¡Y era bueno, eh! Hasta cantaba los goles y los festejaba con nosotros.

Cuando íbamos a robarle duraznos a doña Ramona, Jilguero hacía de campana. Nosotros trepábamos a la tapia, y de ahí al árbol, y él se quedaba de guardia, para avisarnos si venía la vieja, que era mala como ella sola y amarga como la carqueja. Y nos avisaba haciendo un sonido raro, gutural, que no era ladrido, ni llanto, ni gruñido, ni bostezo, ni estornudo. Era un sonido distinto a cualquiera que pueda hacer un perro. Un sonido casi humano. A lo mejor de ahí sacamos la idea.

Un buen día se nos ocurrió enseñarle a hablar. Empezamos por las vocales. A; E; I; O; U. Se las presentábamos de distintas formas, en un pizarrón, en la tierra del campito, en la pared. Pero Jilguero no decía ni mu. A veces, bostezaba aburrido o se iba en plena clase. Pero nosotros insistíamos. Si hablaban los loros, por  qué Jilguero no podía hablar. Había demostrado que podía emitir sonidos diferentes a los que emiten los perros comunes. Pero no quería hablar. Incluso, había cada uno que hablaba pavadas por radio o televisión, que ¡mamma mía! ¿Por qué nuestro perro no podía aprender? Pero no había caso. Era como si Jilguero se negara a adquirir el don de la palabra. Pero nosotros no nos dábamos por vencido y volvíamos a la carga con las vocales: A; E; I; O; U… Pero nada.

Eso sí. Por todo lo que no conseguía decir una palabra simple como “¡Eu!”, por ejemplo, Jilguero lograba impresionantes avances en educación física. Hacía, elaboradísimas piruetas; batía records de velocidad en carreras con obstáculos; realzaba notables coreografías; pero ni una mísera palabra.

Un día; domingo era, domingo de clásico en la Plaza Ocampo, Jilguero desapareció. No estaba por ningún lado. Y eso sí que era raro; porque si estaba en mi casa, estaba del gordo; o de la tarta, o de la Susy. Tampoco había ido a la feria con Cristina y su mamá. A veces las acompañaba… ¡A misa, ni loco! Lo buscamos toda la mañana, pero no apareció. Nos empezamos a preocupar y a angustiar, pero nadie quería reconocerlo abiertamente. Recorrimos todo el barrio en bici, llamándolo a los gritos. “¡Jilguerooooo!” “¡Jilguerooooo!”, pero nada. Por ahí nos separábamos para abarcar más territorio en menos tiempo, y para poder llorar la angustia sin que nos vieran los otros. Esfuerzo inútil porque cuando nos volvíamos a juntar teníamos los ojos rojos y todavía moqueábamos.

Aquel domingo nadie almorzó. No teníamos hambre. Y teníamos una importante misión: encontrar a Jilguero.

A eso de las tres y media de la tarde, el gordo, que se había separado del grupo y se había aventurado en su bicicleta más allá del bulevar, volvió agitado, transpirado, con la cara desencajada y la noticia que le salía a borbotones por la boca. Lo había visto al Jilguero, arriba de techo más alto del Molino Fénix. ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo había llegado ahí? En el fondo, no importaba. Había que recatarlo, cómo fuera. Acudimos a los bomberos, y el Mula Mulinetti, que estaba siempre a la orden, partió con una dotación y una autobomba para el rescate. El Nano y el Gauchito iban con él, y a lo mejor el Canario.

Desplegaron la escalera todo lo alto que se pudo, treparon, lo intentaron. Aquella tarde fuimos testigos todos, los bomberos y nosotros, de algo que jamás olvidaremos. Allá en lo alto del techo más alto del Molino Fénix, Jilguero tomó carrera y con pasos ágiles y graciosos llegó hasta el borde y saltó. Nuestros corazones se detuvieron; el espanto nos pintó la cara, pero solo unos segundos. Después, el asombro infinito. Jilguero surcaba el cielo de la Villa en elegante vuelo. Atravesó la plaza Ocampo, donde Alumni y Alem ya disputaban el clásico; sobrevoló la catedral y todos sus santos y llegó al río donde causó la admiración de muchos que mateaban o jugaban a la orilla. Nosotros lo seguíamos en nuestras bicicletas, hasta donde pudimos. Jilguero cruzó el río por el aire y se perdió en el cielo rumbo al atardecer. Nunca más los volvimos a ver. Pero nosotros sabíamos que estaba bien. Al fin y al cabo, siempre hacía lo que le daba la gana. Y aquel día nació el dicho, “está loco el perro, quiere volar”.

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  • Licenciada en Escultura por la Universidad Nacional de Córdoba. . Desde 2001 es docente en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad de Villa María en Profesorado y Tecnicatura de Artes Visuales. Desde 2006 gestiona y coordina proyectos colectivos y/o colaborativos en espacios públicos de la ciudad de Villa María. Ha realizado muestras individuales y colectivas en la ciudad de Villa maría, y participado en salones nacionales en Argentina, recibiendo algunas menciones y premios.

  • Nació en Villa María en diciembre de 1959. Es escritor, guionista, periodista, músico y realizador audiovisual. Trabaja en El Diario del Centro de País

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