Es la vida, es la vida, es la vida

Sentado en el balcón. Atardece, está fresco. La Piru, en mi falda, aguanta poco, yo también.

No tengo nada que hacer, salvo esperar ciertas horas y ciertos ritos, las 19, por ejemplo, para tomar el primer vinito, luego algún noticiero amedrentador. En fin, poca cosa, y me voy cubriendo de una inquietud imprecisa que se coloca exacto debajo del esternón. La pandemia me pone mustio, un mustio inquieto. Nunca quise trabajar, estar ligado a responsabilidades y horarios –aunque casi siempre trabajé un montón–, pero ahora el no tener programa, plan, cosas por hacer, me descoloca. No me acostumbro a la retahíla cotidiana de pequeños hábitos repetidos, constantes.

Ya me hace frío, tendría que entrar. Y es entonces cuando algo sucede.

Mi balcón da al corazón de manzana; al frente, casi tapando el sol que cae, hay un gran edificio que tiene un patio/terraza grande y sin nada. Una gran losa de cemento y alguna planta sin gracia que alguien se tomó el trabajo de cargar hasta ahí. No es planta baja, es una terraza a la altura de un primer piso. La usa a veces una pareja grande –en ropa deportiva de mucho color y muy ajustada– para caminar o trotar controlando el ritmo. Hace tiempo que no los veo, es que ahora se puede salir al parque a correr.

Llega un padre con sus hijos, uno de unos nueve años y el otro de cinco o cuatro. Creo. Los chicos están motorizados. El pequeño tiene un bicicleta chiquita y gira enloquecido de gusto. Lleva un casco azul. El mayor es cosa seria, tiene una moto eléctrica mediana, colorada y blanca y un casco también rojo fuego, brillante. Avanza sacando chispas, frena, acelera y arranca.

Los dos juegan cada quien por su cuenta, pero de vez en cuando coinciden y trazan círculos paralelos.

El papá, un muchacho joven, de pelo negro, alto, de mangas cortas y chaleco abrigado, controla y da algunas indicaciones, arregla algo de la moto, etc. Hace unos días vino a la terraza con su esposa y los chicos y jugaron un buen tiempo, moto y bici incluidas.

Yo miro si esa terraza es segura, que no haya ninguna baranda contra la que los chicos puedan golpearse y caer. Casi toda la terraza está rodeada de una pared bastante alta que la separa de los jardines vecinos, pero hay una parte que tiene barandas, que dan hacia el mismo edificio. Justo estoy mirando eso cuando, de repente, el padre se va, se lo ve bajar unas escaleras y desaparece. Seguramente va a buscar algo para agregar al juego de sus hijos. Me asusto. Los deja solos. El mayor inmediatamente deja la moto y va a una de las barandas, que está al lado de la escalera, sube, trepa los tres niveles de barandas de metal, no se ve lo que hay debajo, si es profundo el hueco. Quiero gritar, quiero gritarle al padre que vuelva, que no los deje solos. Y justo en ese momento el chico salta y se ve que el hueco no es profundo, se lo ve corriendo. El más chiquito deja la bici y corre para imitar al hermano. Sube, trepa, ¡por Dios! Se detiene, queda medio haciendo equilibrio y se deja resbalar hacia abajo por uno de los espacios más bajos. Salta. Se lo ve correr. A salvo.

Me tranquilizo. Pienso que siempre espero lo peor, que no había peligro, que además los dos chicos usaban casco.

El padre vuelve con ellos, que retoman sus juegos. Trae unos conos, que tal vez sean vasos de plástico, transparentes, y los coloca a metro y medio uno de otro. Seguro son para que los chicos vayan ondulando y pasando los obstáculos. Es un buen padre.

Ya está frío, la Piru salta de mi regazo y entra, yo, con la felicidad de tener algo que hacer, o sea escribir esta escena que es la vida, es la vida, es la vida, entro y escribo.

 


“Es la vida, es la vida, es la vida” forma parte del libro inédito Tobogán 2

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

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