Gabriel Orge y la representación de la memoria

Gabriel Orge es artista visual, fotógrafo y docente nacido en Bell Ville pero residente en la ciudad de Córdoba. Desde hace veinte años coordina el proyecto Manifiesto Alegría, orientado a la producción y formación en torno a la fotografía contemporánea. Ha recibido distintos premios y becas, como el 2° premio adquisición del Salón Ciudad de Córdoba 2010, el 2° premio adquisición del Salón de Mayo Santa Fe en 2010 y las becas de creación individual y grupal del Fondo Nacional de las Artes en los años 2005, 2016 y 2017, entre otros. 

Sus obras fueron exhibidas en distintos museos de Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Paraguay España y Canadá, forman parte de la colección del Palais de Glace (Buenos Aires), Museo Emilio Caraffa (Córdoba), Museo Municipal de Bellas Artes Genaro Pérez (Córdoba), Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodriguez (Santa Fe), Museo de fotografía Palacio Dionisi (Córdoba) y de colecciones particulares. 

Una de sus obras más conocidas es Apareciendo, una serie de intervenciones fotográficas que consistían en la proyección de rostros de personas desaparecidas sobre los muros de diversos espacios públicos. Entre ellos los de Jorge Julio López (con Apareciendo a López en el río Ctalamochita ganó el 1° premio adquisición del Salón Nacional de Artes Visuales 2015), Santiago Maldonado y Andrea López (víctima de la trata de personas). Otro proyecto de sus últimos años es Souvenir. Fotografía y recuerdo, realizado en el contexto de su taller, y que consistió en una exhibición con doble sede: en un espacio físico y en otro virtual. (Las fotos y registro audiovisual que ilustran la nota forman parte de estos dos proyectos). 

La psicoanalista y escritora Yael Noris Ferri entrevistó a Gabriel Orge. El testimonio de ese encuentro permite conocer algunas de sus preocupaciones e intereses actuales, ya sea en su faceta de artista visual como de docente. 

En el cuento “Las babas del diablo”, Cortázar habla de la fotografía. Te leo un fragmento para abrir la conversación: “Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche”.

¿Te parece que el arte de la fotografía podría aprenderse a temprana edad?, ¿enseñarse en las escuelas?

Me parece que ya se aprende naturalmente a temprana edad, porque todas las personas, también los niños, la practican. Es un ejercicio cotidiano en el que puede haber mayor o menor conciencia o sensibilidad. Quizás sería interesante la educación visual en las escuelas. Por otro lado, eso que leés de Cortázar es muy lindo y conmovedor, pero él habla de una manera de hacer fotografía que no es la única, hay otras formas. Él habla de una manera propia del siglo veinte, de la modernidad. Tiene que ver con la captura de lo que Henri Cartier-Bresson llamaba “Instante decisivo”, esa mirada al mundo, a lo cotidiano, a lo que sucede en la calle, a los efectos de luz sobre esas situaciones, y a la capacidad del fotógrafo de capturar esa fugacidad.

Cortázar nombra a la fotografía como un arte y al artista como el que va buscando algo, en un sujeto o en la realidad. Al final del cuento al protagonista le pasa algo, se encuentra con lo inesperado. ¿Hay una interpretación del artista visual después de la captura?

No sé si hay una interpretación. Lo que leo es que allí aparece lo que Benjamin llama “inconsciente óptico”. Interpreto que nos propone reflexionar sobre la capacidad que tiene la cámara ─el dispositivo fotográfico─ de capturar aquello que sucede de una manera tan fugaz que el ojo no logra ver. Puede que el fotógrafo lo intuya pero no lo ve, y eso es muy interesante porque es un rasgo propio de la fotografía, una posibilidad. Existen múltiples formas, una es esa, la búsqueda de esos instantes decisivos en donde muchas veces aparece eso del “inconsciente óptico”, porque al revelar la foto descubrís algo que no viste pero que la cámara logró capturar.

 Un flyer de tu taller Manifiesto Alegría (espacio que el artista coordina junto a Verónica Gutiérrez y con la colaboración de Álvaro Figueroa) dice: “Veinte años no es nada”. ¿Qué hace que Manifiesto Alegría lleve 20 años de vigencia?

Creo que tiene que ver con la constancia, el tiempo y el trabajo. El compromiso con el compartir los procesos, las experiencias con otras personas que tienen curiosidad en torno a la fotografía y que tienen necesidades expresivas. Es un taller que excede lo fotográfico, porque no todo es fotografía en el taller por más que ese sea el eje que nos convoca.

¿Hay arte conceptual en Manifiesto Alegría?

Es un taller de experimentación visual. No necesariamente de arte conceptual.

Pero trabajan conceptos…

Trabajo conceptos que pueden ser abordados de distintas maneras, no siempre de manera conceptual.

Hay un gusto por lo horizontal y singular en tu taller. ¿Cómo se gestan estos rasgos?

La intención de horizontalidad se manifiesta cuando compartimos nuestras experiencias, nuestros puntos de vista y nuestra propia historia en la lectura de los trabajos de los compañeros.

¿Hay una lectura de lo que el otro hace?

Se intenta una horizontalidad en la lectura y en la producción, y nosotros, los coordinadores, también participamos del proceso. Compartimos nuestro trabajo creativo y reflexivo y participamos de los disparadores que proponemos. No puedo asegurar que la horizontalidad suceda siempre, pero se intenta. En cuanto a lo singular eso es lo más sorprendente. Porque podríamos pensar que la fotografía es lo que dice Cortázar, pero puede adoptar esa forma o muchas otras. En las prácticas contemporáneas la fotografía se entrelaza con otras disciplinas, con otros lenguajes, entonces muchas veces va perdiendo esa intención de la que él habla.

Tu taller realizó varias muestras: en el año 2017, Latente, en 2018 Tiene un aire a… Ideas y procesos a través del cuerpo, y en 2019 nos sorprendieron con Souvenir. Fotografía y recuerdo. En este caso rompieron con la idea de muestra convencional en un museo. ¿Cómo fue esa muestra virtual que partió de una maqueta?

En el taller tenemos una maqueta que reproduce algunas de las salas del museo Dionisi (cedida por la misma institución), a partir de esa posibilidad decidimos exhibir en esa escala una parte de la producción y el resto del material colgarlo en la web. Esto nos permitía imaginar el espacio real, sus dimensiones, reducir los costos de producción al máximo y plantear un juego entre lo real y la ficción a partir del eje en común que trabajamos durante los nueve meses que duró el taller: la fotografía y el recuerdo.

A su vez, este año creaste otro taller: El archivo, la huella y el olvido. Poéticas de la Memoria. Me interesa conocer cómo trabajaste esos conceptos.

El taller consiste en revisar distintas prácticas que exploran la representación de la memoria a través de los intereses y necesidades que guían mi producción. Entonces aparece el archivo como un espacio que contiene y atesora la memoria, desde el álbum familiar, la web, los archivos institucionales, el vínculo con el pasado. Lo que se presume quieto, por no decir muerto, es posible de ser resignificado trayéndolo a un presente, correrlo de ese espacio, ubicarlo en otro contexto y  generar un sentido nuevo a partir de ese gesto. El archivo se constituye como un espacio dinámico de experimentación.

La huella tiene que ver con la fotografía, con la idea del registro, analizamos esas estrategias sociales y estéticas que sostienen esos rastros. Todos, de una manera ordenada o no, generamos archivos, producimos huellas, marcas, todos somos productores de memoria.

Y el olvido como una necesidad. No podemos recordarlo todo, sino nos pasaría lo que le pasa a Funes, el personaje de Borges, enloqueceríamos. Entonces también es eso, encontrarse con esa necesidad y sus múltiples representaciones.

El título Poéticas de la Memoria me sorprendió y me hizo pensar, porque desde el discurso psicoanalítico se dice que hay un efecto poético en un análisis, aparece otra lengua, otro modo de hablar, el analista realiza una operación poética. ¿Cómo pensás este concepto de Poéticas de la Memoria? ¿Cómo te surgió?

Lo que me interesa son los gestos que materializan una representación poética en torno a la memoria. Hay prácticas cotidianas, como pueden ser la de los pescadores en una isla de Japón, que impregnan con tinta sus pescados y luego los envuelven en papel fijando allí el rastro de su presa. Lo hacen con una intención comercial,  pero como cita Foncuberta hay una poética atrás de ese gesto de representación.

Vayamos a tu obra Apareciendo, que comenzó en 2014 con una instalación a los ochos años de la desaparición de Julio López. A su vez, años después, en el marco de la Octava Bienal de Fotografía Documental de Tucumán, participaste de la muestra colectiva Expandir la fotografía con una intervención a partir del estudiante Lucho Falú. Me impactó por su movimiento y por el uso de otra técnica, la “goma bicromatada”. 

Sí, sí, apareció Lucho. El proyecto surgió a partir de la invitación de Julio Pantoja (director de la Bienal de Fotografía Documental) y de Guadalupe Arriegue, curadores de la muestra colectiva Siluetas y lazos. En ese marco, durante la inauguración llevé adelante una acción que consistió en “hacer aparecer”, a través de una acción de revelado, una fotografía donde aparecía Lucho Falú, estudiante de Historia de la Universidad Nacional de Tucumán, detenido desaparecido durante la última dictadura. Mientras tanto, el gran compositor Juan Falú tocaba la canción que le compuso a su hermano, «Vida la de Lucho», en el año 2018.

Apareciendo a Lucho (con Juan Falú)

En cada acto que realizás hay algo de lo viviente que aparece frente a lo traumático de la desaparición, de la injusticia, de la violencia. Como si cada acto que vas creando performativamente nos pudiera devolver esa presencia. Cuando aparece Lucho me encontré con una escena pictórica porque creo que nos devolvés la posibilidad de darle un nombre, una fecha, una identidad al trabajar su historia, al poner esos datos a la luz y al revelarlos. ¡Sentimos que tu operación toca lo que nosotros no podemos tocar!

Esa es la poética, eso es lo que perseguimos aunque la mayoría de las veces no lo logre, quizás a veces sucede.

El 27 de agosto 2017 realizaste otra intervención a raíz de la desaparición de Santiago Maldonado, en un momento en el que todos nos preguntábamos en los muros físicos y virtuales “¿Dónde está Santiago?” Mediante una proyección en un muro situado al frente de su ventana del departamento de barrio Cofico, hiciste “aparecer” el rostro de Santiago Maldonado. Con esta acción nos devolviste la posibilidad de denunciar lo que estaba negado, oculto. Me gustaría saber lo que desees contarnos de esa acción.

Bueno, había que hacerlo. Fue una manera de visibilizar lo que estaba sucediendo a partir de un acontecimiento poético. Hay muchas maneras de hacer denuncias, yo soy un artista, un fotógrafo que encontró esa manera de hacer lo que me creía correcto.

En esa ocasión el muralista Elian Chali, ante las repercusiones de tu proyección, escribió en Facebook: “El dolor de que Gabi tenga material para continuar esta serie. La importancia de que Gabi continúe esta serie. El valor que tiene Gabi para continuar esta serie. La felicidad de que Gabi continúe esta serie. Para que nos empuje a seguir preguntando: Dónde está Santiago y todxs lxs desaparecidxs en democracia? Estado responsable!”.

¡Oh, qué alegría que Elian haya dicho eso! Es un artista que admiro mucho. Ojalá me lo cruce y se lo pueda agradecer. La de Santiago fue una acción que tenía que realizar.

En tu muro de Facebook solés escribir la leyenda: “Las palabras se las lleva el viento, y ¿las fotos se las lleva Facebook?” Un chiste que denuncia lo volátil de las redes, lo efímero de la vigencia de la imagen, a diferencia del recuerdo y el acto poético donde la imagen deja de ser un consumo.

Eso me decía mi viejo cuando yo no cumplía con lo prometido: “A las palabras se las lleva el viento”. No sé si es un chiste, es una ocurrencia, a las palabras se las lleva el viento y los derechos de las fotos se los cedemos a Facebook. Está buena esa lectura tuya, me gusta. La ironía me surge porque puede suceder que ignoremos que cuando publicamos le cedemos alguno de nuestros derechos sobre las fotografías a Facebook.

Registro de la intervención Apareciendo a Miguel Angel Soler y Rafaella Filipazzi, en el marco de Ojo Salvaje, festival de fotografía en la ciudad de Asunción del Paraguay. Setiembre de 2016. 

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