Hernán Vanoli: La literatura ante los desafíos de las plataformas

Algunos libros nacen con espíritu polémico, más aún si rápidamente los lectores y los críticos recogen el guante y continúan por medios directos o indirectos un intercambio pacífico o agitado con esas ideas. Algo de eso viene pasando con El amor por la literatura en tiempos de algoritmos, del narrador, ensayista y editor Hernán Vanoli, que apareció en los meses previos a la pandemia y, con la cuarentena y el confinamiento, ha cobrado mayor vigencia. El libro desarrolla 11 hipótesis sobre los cambios en la producción, circulación y recepción de la literatura en una época vertiginosa y subsumida a la aceleración de las lógicas de procesamiento algorítmico de los datos. Y es una ocasión inmejorable, como señala el subtítulo, para “discutir con escritores, editores, lectores y gestores”.

Vanoli tuvo dos pequeñas editoriales alternativas, Tamarisco y Momofuku, como escritor publicó en sellos grandes y medianos  (Random House y Siglo XXI), experiencias que le han permitido, como él mismo asegura, “conocer las diferentes formas de trabajo” y “romper con varios de los mitos” que circulan en la escena independiente sobre las “grandes editoriales”. “Cuando uno está más cerca, cuando mira el mundo del libro desde adentro, ve que las cosas son mucho más complejas y al mismo tiempo más venales de lo que parece desde afuera ─señala Vanoli─. Otro factor que me facilitó meterme con este tema es que uso mucho Twitter e Instagram, mucho más me dedico a mirar y a tratar de entender qué hacen los demás, y todos hacemos cosas bastante locas en Internet si uno las mira con perspectiva”. 

Los textos demuestran algo que, al menos hasta hace no mucho tiempo no solía ser habitual, como pensar la literatura en un entramado mayor, que implica poseer conocimientos de los aspectos blandos y sólidos de los dispositivos tecnológicos y de lo que con ellos se puede hacer. 

Sí, me interesa pensar a la literatura como un conjunto de prácticas adentro de una cultura, la cultura literaria. Por eso mi comparación con los comportamientos de una secta religiosa, de una fe que por supuesto yo profeso, porque creo en los poderes sanadores de la cultura. A esa mirada si querés más “antropológica” me propuse sumarle una mirada un poco más “tecnológica”, como vos decís, porque la literatura es a fin de cuentas un rito que pasa en nuestras camas o el lugar donde elijamos ponernos a leer (yo leo mucho en la cama) pero que también tiene unos cuantos templos en Internet. Entonces el libro se pregunta qué pasa en el punto en que una creencia, una fe en la literatura como manera de conectarnos con la belleza, la complejidad, las ideas y la sinceridad, se vincula con un celular o un muro de Facebook

Una de las principales hipótesis es la relación entre las redes sociales como plataformas de extracción de datos y la precarización del escritor como trabajador (característico de la empresa posmoderna), condenado en gran parte a convertirse en influencer, alguien que solo dispondría del recurso de construir valor a través de su figura pública y menos por sus textos. ¿Qué pasa con lo que históricamente se ha denominado “la calidad de los textos”, más allá de las disputas, la falta de consensos y las tensiones que siempre hubo sobre este aspecto? 

La calidad de los textos existe, por supuesto, el problema es ponernos de acuerdo en los parámetros de calidad. Yo creo que la modernidad nos dejó monumentos literarios (pensemos en Proust, en Musil, en Faulkner) que siempre nos esperan con las puertas abiertas y son catedrales para pasar un buen tiempo. Pero si comparamos las chozas que se construyen en la actualidad con esas catedrales para extraer los parámetros de valor nos estaríamos equivocando, porque hoy hacer una catedral no se si tendría tanto sentido. Hoy a mi me interesa más un texto o un libro que sea interesante a uno que sea monumental. Lo interesante tiene que con una tensión simultánea con la contemporaneidad y con la historia, y además tiene que ver con la sinceridad y la capacidad de afectarme. 

En este contexto de primacía de Internet y las redes sociales, ¿qué herramientas posean aún los autores, las editoriales y la crítica (así como la industria cultural en general) para fundar la circulación de las obras sobre otros valores? ¿Esto sería posible y deseable y sólo para los emprendimientos más pequeños?  

Los autores muestran sus valores en la estética de sus obras, que creo que expresan a los autores, la separación entre obra y autor hoy es algo realmente muy tonto. Es obvio que hay una relación fuertísima y si la Internet en sus inicios se presentó como una herramienta para hacer real la utopía de la separación de obra y autor, de texto y contexto, esa etapa está absolutamente terminada y hoy Internet es un oligopolio financiero que encadena personas con deuda financiera. Eso en primer lugar. Este contexto coloca a la crítica de textos en un lugar bastante desgraciado, pero eso no quita que la buena crítica hable más del crítico que del texto, y como los críticos son personas formadas a mí me interesa leer crítica, es hablar con la atribulada mente de esa persona que eligió un oficio fuera de tiempo, que en realidad siempre estuvo fuera de tiempo. Con respecto a las editoriales, hay editoriales que son industrias que venden libros por casualidad, que podrían vender queso Brie o taladros, y hay otras que son proyectos culturales de mentalidad antieconómica y que vivían, al menos antes de la pandemia, en un estado de festival permanente. El problema es que estas dos tipologías, que son extremas, conviven en muchas de las editoriales que publican literatura, sean una colección de una empresa multinacional o sean cuatro amigos que eligieron publicar tres libros en lugar de irse de vacaciones a Praia da Rosa. 

¿Qué margen queda, en este contexto, para una literatura que problematice no solo a la sociedad sino también al lenguaje? ¿Es posible pensar eso al menos desde zonas de la producción menos pautadas, como la poesía o formas en prosa más flexibles? 

Creo que la literatura tiene algo hermoso y es esto que justamente vos decís, que trabaja con su medio específico que es el lenguaje, y a veces nos genera esa famosa sensación de ostranenie de la que hablaba el formalismo ruso, y que es como darse un saque de alguna droga, que altera la percepción. La poesía es lo mismo, es como un saque de algo más potente muchas veces, más concentrado, mis amigos drogadictos dirían que es “un nevado”. Ahora bien, creo que el alcance de esa “subversión” con respecto al lenguaje es muy limitada, y la historia demostró que los valores son más importantes que el lenguaje, pese a lo que creían las vanguardias. Por supuesto que la innovación en los lenguajes es la que habilita luego las innovaciones tecnológicas, e incluso en los valores, pero eso creo que ocurrió en algún momento de la historia, y ahora, con la automatización y la digitalización de los procesos de producción de saber y de subjetividad, ya no pasa más. El romanticismo está sobrevalorado como época histórica, y gran parte de la cultura literaria es tan deudora del romanticismo que duele.

¿Cuál debería ser la función del Estado para atenuar el impacto de las plataformas en este ecosistema con autores y editores, y gran cantidad de mediadores públicos y privados? 

El Estado debería dialogar con las plataformas, porque de hecho las plataformas ya están en condiciones de expropiar al Estado. Esto podría llevarse a cabo a través de la exigencia de que le paguen mucho mejor a la gente por el contenido que les regala día a día y que acumulan como datos que luego venden a terceros. Facebook no factura en Argentina, sino en Irlanda. Si vos ponés publicidad en Facebook, Facebook no tributa en Argentina sino que cobra en Irlanda, donde no paga impuestos. Hablamos de una de las empresas más ricas del mundo, que en realidad es un cáncer social. Entonces no sé qué podría hacer el Estado, en principio visibilizarlas como factor de poder, dialogar con ellas, organizar a la población para hacerles demandas, no lo sé, pero sí sé que no hace absolutamente nada con respecto las plataformas, en ningún ámbito, porque es más débil que estas plataformas, y les tiene miedo. A eso tenemos que dejarlo bien en claro. Después, en lo que respecta a las políticas culturales, es una discusión donde yo siempre intento pensar en infraestructura común para los productores -hablo de imprentas públicas y de sistemas de distribución públicos, entre otras cosas- antes que en subsidios, porque no creo en el derrame económico, o creo que si milagrosamente ocurre más que un derrame es una salpicadura. 

 


El amor por la literatura en tiempos de algoritmos. 11 hipótesis para discutir con escritores, editores, lectores y gestores

Hernán Vanoli

Siglo Veintiuno Editores

152 páginas

2019


Una versión más breve de esta entrevista fue publicada en la revista “Número Cero” del diario La Voz del Interior el 2 de agosto de 2020. 

  • Licenciado en Letras Modernas y periodista cultural. También incursionó en la docencia y la escritura de guiones documentales. Publicó el libro de cuentos El fin de la intimidad, y tiene otro más inédito, además de uno de perfiles en preparación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Vuelve al inicio