Hundido

En una entrevista que encontré ayer en La Nación, Daniel Guebel, con motivo de la publicación de una de sus novelas, Derrumbe, dice cositas más que interesantes: Yo he sido burgués toda mi vida, le he temido a las drogas, tengo reflujo esofágico, de modo que tampoco puedo dedicarme al alcohol. Quisiera tener una vida más o menos razonable y a veces escribir como un reventado. Creo que en un punto los mejores escritores argentinos son reventados. Tal vez sea un mito de los sesenta. Los mejores, Osvaldo Lamborghini, Jorge Di Paola, Héctor Libertella, todos han terminado de mala manera. El lenguaje es un virus que lleva a la destrucción. El escritor que quiere curarse de algo debería no seguir escribiendo, estar más allá de las palabras. 

Si esto es así (y creo que, al menos en parte, es así) estoy jodido, pues yo no sabría qué es eso de estar más allá de las palabras. Por ende, como un depredador hambriento, yo no me sé cuidar. Recién próximo o detrás o a continuación de escribir uno vuelve a funcionar. Obstinación.

Poco después, Guebel agrega: me di cuenta de que aun trabajando con la materia cruda y viva de lo real, no había posibilidad de que no existiera el desvío como motor del relato. Es decir, lo que se cuenta en las primeras páginas de mi novela es prácticamente literal. Pero siempre hay algo que lleva por el lado de la asociación y de la transformación. Entonces, me senté a escribir el libro y me di cuenta de que lo real absoluto no podía ser ceñido sino por la vía de transformaciones.

Escribir una novela como se escribe un Diario, ¿no? Claro que no hablo de esos que comienzan cada página con un “Querido Diario”, dejando entrever, pudor va pudor viene, el apetito de algo más para esta vida que lo que nos ha tocado en suerte, sino de aquellos otros que son vomitados cuando uno menos lo espera, y nos sacan de escena, y acaban con nosotros. Nada de “una palabra bastará para salvarme”. Nada de generosidad para con el funámbulo. Terquedad.

Un día Cortazar le escribió a un joven poeta solitario catalán una carta, donde le agradecía porque su escritura se detenía “allí donde debe empezar el silencio”. Para Julio era esencial salirse de la página.

Pero, un momentito, esperen, no se vayan todavía que Guebel sigue diciendo cosas a lo Bolaño (tal vez Guebel también pertenece a esa indómita caterva que, como decía aquel mismo poeta solitario catalán, Joaquim Marco i Revilla, del ausente y siempre presente Roberto, “hacía de la crítica una forma autobiográfica”). Entonces, no es en vano que lo escuchen un ratito más: Si hay algo que detesto en la literatura argentina es cierta posición de algunos autores que colocan proyecciones elegantes de su yo en el protagonista de sus novelas. Por eso detesto a Oliveira, de Rayuela. Detesto al autor que utiliza un álter ego para posar de inteligente, de culto, de sabiondo a la violeta. El autor supremo es aquel que borra su marca y deja que el puro ello aparezca. Y el que no puede, no tiene que hacer la payasada de fingir ser mejor que él mismo. En todo caso, tiene que hacer otras payasadas. Habría que preguntarle a Vonnegut cuáles. Yo hice las mías.

Pero, ¿cuál sería el problema de escribir payaseando? Esta pregunta mía suena a autoengaño; aunque, siempre hay un aunque, payasear no es exactamente lo mismo que ser un payaso, y si hay algo que deja su inevitable marca es Ello. La literatura puede llegar a ser algo así como una especie de lager íntimo. ¿Acaso se puede payasear en un campo de concentración-exterminio? Kértesz diría que sí, que la risa, que la felicidad al lado de las chimeneas es posible. Calamidad.

Ya sé bien que en su novela, usted, Guebel, escribe algo supremo: “Yo era el guardián de lo que me habitaba pero no me pertenecía. Responsable. Responsable de cuidarme.” ¡Extimidad!

Y sí, este Guebel sigue hablando y no me deja salida, o me acorrala sin saberlo. Mientras lo leo no me queda otra que… mejor me río: Hay un juego entre la voluntad sacrificial del narrador, que cree que sacrificó su vida por el arte, sin haber conseguido nada, quejándose. Creo que escribí Derrumbe para quejarme tanto, pero tanto, de modo de no poder quejarme nunca más en el resto de mi vida: quejarme de lo mal que me va, de lo mal que me quisieron, de lo poco que quise, de cómo a los demás escritores, que son peores que yo, les va mucho mejor que a mí. Toda esa basura infecta que constituye el alma de un escritor argentino, y diría incluso mi propia alma, para sacármela de encima. Y, por el otro lado del dibujo, la pasión también absoluta de eliminar toda idea sobre el estúpido valor del arte, en pos del amor por los demás, y por lo más cercano que uno tiene, que son los hijos.

¡Sí, Guebel! ¡Usted, Guebel, me hace piquete de ojos! El escritor “fracasado” está pidiendo que este escritor “fracasado” lo lea (sólo por una miserable lástima hacia los escritores “fracasados”, claro está). Pero no hay apuro: siempre hay tiempo para fracasar mejor. Contumacia.

Menos mal que, usted Guebel, ahí nomás, también se pone risueño: Me acuerdo de otro amigo que, después de leer el libro, me dijo: ¡Ah, miserable, querés levantar mujeres dando lástima! -¿Y es cierto? -No sé. Pero el otro día, mientras lavaba platos, pensé que, en el fondo, Derrumbe está escrito para responder al pedido que una mujer me hizo hace veinte años. Yo había escrito El amor de Inglaterra. Eran las épocas del bar La Paz y se lo mostré a una eventual contertulia. Dos días más tarde, me la encuentro en el bar y me dice: “Está muy bien, pero no me importa”. Le pregunto: “¿Qué quiere decir que no te importa?”. Y me dice: “Quisiera que escribieras algo que me hiciera llorar”. Yo pensé: ¿Por qué voy a hacer llorar a esta chitrula? Y, de todos modos, una vez que pensé eso, me quedó una deuda tremenda con el género femenino. La idea de conmover a una mujer, ¿no? El libro no necesita justificación. Pero la pregunta sigue siendo: ¿por qué tiendo a creer que es importante conmover a una mujer con el relato de un tipo que se ha comportado como un idiota y se arrepiente?

Sí, ¿por qué?, amigo Guebel, ¿por qué no buscar otra manera de conmover-seducir a una mujer (la propia, la de otros, la que no tiene ni jamás admitirá tener un dueño)? Le comento: a mí, la primera que me lee es mi mujer, y mientras le leo en voz alta lo que escribo, en general… ¡el conmovido soy yo!

Por último, parece que es él, a esta altura del partido, mi entrañable Guebel, es él el que me ha leído: No creo que el libro haya sido escrito para justificarme. Lo escribí porque si no lo escribía creía que me moría. Es un libro escrito para que mi hija sepa qué pensaba su padre, de acá a quince años, en caso de que no esté vivo.

Nuevamente sí, Guebel, uno siempre escribe para después de muerto.

Más cuentos en Barbaria:

  • Dibujante, amante del café y de la tarta de frutilla. Comparte su obra en Instagram: @needlesandpins82 y Facebook: @needles82.

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

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