Infanta antología ciega del crimen en Córdoba

 

(John Berger ha escrito que el alma probablemente es ciega: él lo ve así.)

(Después de muerto… ¿tendré que aprender a leer de nuevo?)

 

1.

¿Cuál es la fotografía que una familia jamás se sacará?

Entre el 30 de abril y el 11 de octubre de 1976 fueron fusilados veintiocho detenidos; no, perdón, me equivoco, fueron veintinueve, y en la penitenciaría de la ciudad de Córdoba, mi ciudad. Según un viejo guardia eran casi todos “moncholos”. No hay ninguna foto de eso.

Un día de 1928, un jueves de mediados de mayo, en la piecita del fondo de una casa chorizo, que resaltaba con sus paredes demasiado blancas por entre las enormes plantas de ajenjo que crecían en el tercer patio, invadido (o contaminado) por un olor amargo, daba a luz su segundo hijo, Dalinda Rodriguez, joven esposa de Casiano Vidal. Desde aquella tardecita otoñal Dalinda, a quien Casiano nombraba cariñosamente “ñata”, se volvió afecta al mate de leche todas las mañanas, bien temprano, con unas quebradas hojitas de ajenjo, por supuesto, para hacer la vida menos dulce, decía, y se sonreía mientras acomodaba las hojitas con su superficie más clara hacia abajo. Hay una sola foto de ese patio cordobés, y de la delgada mujer con su segundo niño en brazos, el que a los treinta y cinco años se quedará ciego. No se puede asegurar que lo esté amamantando. La imagen es de un soberbio tono negro y blanco, casi sin grises.

Es muy posible, por poco una certeza, de que tampoco existe una fotografía del torso acribillado en diagonal, arrojado encima del cemento del sótano de la ESMA, de un Rodolfo Walsh tan quieto, tan quieto, tan quieto… unos pocos minutos antes del “asadito”.

Contrapunto. Crónica. Desamparo.

Sólo sé que los ojos de su rostro reproducido en la portada de Revolución, aquel libro que repasa los primeros cincuenta años de su vida, y los del niño que hace las veces de paje del pequeño zar, mantienen el mismo brillo en ambas fotografías. Hablo de Piotr Alexéievich Kropotkin, o de sus ojos.

 

2.

En el cementerio de Pampayasta se perdió un cadáver. No se perdió un muerto, pues la lápida con su nombre está en el lugar de siempre; y es sabido que los muertos, con el paso del tiempo, sólo son nombres.

El cadáver en cuestión fue buscado por el criadero de cerdos de los Padován, bajo los duraznales del poeta Malatesta, en el depósito de luces de la Municipalidad, por la orilla izquierda del río (sobre ese prado que algunos llaman campo de la ribera), en la sala de partos del Dispensario Policial, en la fosa del taller de Juan Manuel “el Restaurador”, debajo de la mesa de póquer del Club Unión (pues las cábalas son inconmensurables, en este mundo y en los otros), en el atelier del holandés Alonso, y en la mesita de luz de la jovencita más bonita y tonta del pueblo (cuyo nombre me reservo hasta que muera).

Después de tanta búsqueda infructuosa, nadie se acordaba del día en que el cadáver perdido murió (el único detalle que en la lápida no se puede leer con claridad); y es sabido que los muertos no tienen edad.

Los más memoriosos creen recordar que en vida el cadáver extraviado o descarriado era un criminal. Otros dicen que era un héroe. Y también están los que dicen que era un luchador de Catch muy enamorado, aunque nunca correspondido, de una mujer que se llama Oihana.

Lo cierto es que nadie, menos aún las fuerzas de seguridad, las menos indicadas para resolver estos entuertos, cuentan con el más mínimo indicio de lo que puede haber ocurrido. Y los verdaderos temores son, como nubarrones que fabrican rostros indecisos en el horizonte vacante de la pampa, que la cosa se repita.

No faltó quien lanzara la consigna Nunca Jamás.

3.

Es linda la sed cuando se tiene cerca un surtidor de agua helada, y el hilo de la vida parece que jamás se va a cortar, como una casa, o el camino a una casa, que se lleva con uno. Cosas así decía, y también que acontecían bocas invalidas, y que así como había muertes que no esperaban también había muertos que nos esperaban.

Una tarde vi en su rostro algo, apenas una señal, ni siquiera una sospecha. Poco después comenzó a ocurrir: su cara aparecía, siempre se me aparecía (o brotaba como un chorro negro) en lo que escribía. No una tarde, sino una noche lo imaginé, o lo temí; pero no, no ha dejado de suceder y a veces veo cosas cuando escribo. Eso, lo de aquella tarde en su rostro, como un aullido, terminó transformándose en una linterna plural eternamente enfocada sobre mis escritos. Cuando escribo siento que lo que veo, eso, ese algo en su rostro, coopera o colabora o asiste o incluso auxilia, o tan sólo mira fijo la deriva de mis letras, distrayéndolas. La tarde, esa tarde que presté atención a su frente y sus labios por última vez me acordé de una referencia que siempre parecía colmarla de alegría. Sin saber muy bien por qué se reía cuando la pronunciaba, no dejaba de repetirla una y otra vez: para hacer hielo hay que presionar, más o menos, el aire.

Aquella postrema tarde pensé que debía dejar de cortejarla.

(No todo lo que se ve se ve, ni todo lo que se calla se calla. A veces al acercarnos una caracola al oído no podemos dejar de cerrar los ojos y espiar: todos hemos experimentado alguna vez ese deseo de que el silencio sea más fuerte que las palabras. Entonces decimos que se escucha el mar, cuando todos sabemos que no hay mar; pero espiamos y creemos amar. No pido esa mirada merodeando en su rostro cuando escribo, ese deseo mudo que me exige aventurarme más allá de mí mismo, pero allí está, como una Ítaca personal en donde abatirme.)

La nota periodística informa de un hecho trivial y curioso al mismo tiempo: una pareja de amantes ha muerto. Lo primero que se pensó fue en un crimen pasional, pero los datos de la autopsia de ella determinaron que el deceso fue natural, no presentando signos de violencia alguna, echando por tierra la hipótesis de que fuera estrangulada por él, antes de que el pobre hombre decidiera suicidarse. Fuentes tribunalicias consideran que ante la muerte imprevista de su amante, la que fuera encontrada desnuda en el automóvil Renault Break 18 de su propiedad, el hombre tomó la decisión de quitarse la vida por temor al escarnio público. Víctor Francés Sanz apareció colgando de una cuerda a metros del automóvil. Previamente se había disparado un balazo en el corazón, se supone que con la pistola calibre 22 que, según la investigación pudo comprobar sin mayores esfuerzos, había adquirido días antes, tirada a sus pies. Marta Téllez y Francés Sanz tenían sus respectivos matrimonios e hijos y se estima que eran amantes desde enero de 1994, según documentación hallada. Los dos, como así también sus parejas, se conocían de largo tiempo atrás por haber habitado un mismo campo en Santa María de Punilla. Hay versiones de que habían compartido a comienzos de los años ochenta el exilio en Madrid, en una vieja pensión, ya demolida, de la calle Conde de la Cimera.

Dejo el periódico, vuelvo a pensar en su rostro, en ese algo en su cara, fogonazo que no es instantáneo, que tiene su lentitud, como un ardor que va creciendo poco a poco, como una cárcel… o una zozobra inmunda.

 

4.

Mi padre está enfermo. Tal vez se está muriendo (tiene algo en el hígado, me dijeron… y pensé en Prometeo). Nunca alcanza, jamás es suficiente el tributo al dolor.

Estoy parado al lado de su cama. El torso de su manos está acribillado de manchitas café como las que tenía “ñata”. Le hablo de los preparativos para su cumpleaños número ochenta. Después de un silencio o un suspiro, fino como un hilo, papá me dice: “Quiero que me cremen, y que tiren mis cenizas en el Coniferal. De chico corríamos por ahí, y de allí se puede ver toda la ciudad. Sin grises.”

Después cierra sus ojos, sus ojos ciegos desde que tenía treinta y cinco años de edad.

¿Cuál es la fotografía que una familia jamás ha de guardar?

Autores

  • Dibujante, amante del café y de la tarta de frutilla. Comparte su obra en Instagram: @needlesandpins82 y Facebook: @needles82.

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

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