La historia es simple

Sí, muy simple, tanto, que no debiera pasar nada. Por lo menos es la intención. Pero claro, es necesario contar, para esto, con la complicidad, al menos, de un lector, dispuesto a recibir un relato donde nada suceda, solamente varios signos de puntuación, un sinnúmero de consonantes, vocales a discreción y tiempo, para la lectura y para la sobrelectura, término que acabo de acuñar, para el momento posterior al acto de leer, que se me ocurrió definir, al estilo de una sobremesa literaria, donde, quien decida acompañarme desde el lugar de la lectura, debiera experimentar lo que yo traté de generar: la nada misma. 

Porque no pretendo colocarme desde la demostración, ni desde el ejemplo, ni desde la enseñanza, ya que es domingo y decidí no hacer nada con una de las herramientas que más me gusta utilizar, la escritura. Y lo veo muy lógico, y no te digo «¿No sé vos?» Porque no deseo producirte tu reflexión, absolutamente nada, para que ambos podamos acceder a la tan difícil situación de no hacer y poder disfrutar con eso. 

Sé que varios pasarán por esta agrupación aleatoria de letras y, pese a no pedírselos, sacarán conclusiones «¿cómo que nada? está generando expectativa» o «dale, si me está haciendo pensar: ¿qué pretenderá?» y quiero pensar que, al minuto de comprobar la defraudación, partirán raudamente, dejando al verdadero/a cómplice de mi «pasividad no generadora«, sólo conmigo. Quiero creer que sucederá así y no que comenzarán a parasitar seres frente al texto esperando demostrar el preciso momento en que algo suceda. Claro, pero lo que a esas personas les suceda en sus mentes, el administrador de este vacío, es decir yo, no se ha de hacer responsable, de la misma manera que habiendo escaleras, el consorcio no lo hace con quién usa el ascensor, nunca habiendo nadie que haya comprobado la responsabilidad asumida ante un accidente en la escalera. 

Aquí no hay nada que pensar ni nada que hacer, bienvenidos todos aquellos que puedan vaciar sus mentes y lograr convertirse en nodos de un gran circuito donde el fluido transmitido es inocuo, insípido e inodoro, pretendiendo que esta última palabra se dispare hacia el lugar de la ausencia del olor y no del recipiente enlozado que habita en el baño, recalando finalmente en la mierda, lugar de donde será imposible sacarlo. Aunque si lo lograra , llevándolo a la acepción de la palabra buscada, la presencia de la palabra «olor» lo remitirá a su ausencia, y con ella al Covid que pareciera el único sentido de los últimos varios días que en este preciso momento ahuyentó a mi espíritu libertario y, con él, a mi único lector que en este momento huye de una programación que no puede apartarse de la realidad, porque es constitutiva de la necesidad de ser. 

Fracasé, pero como fracasan los conscientes de sus propias contradicciones, los que sabiéndose impuros insisten en sentir y comprender a la pureza. Los que no se conforman con que les digan que si se bañan en el mismo río, ese río nunca es el mismo. Porque me acabo de levantar en el mismo domingo, que hace una semana dejé. Y es el mismo, aunque traté de no pensarlo, o, por lo menos, de escribirme distinto. 

  • A quien le pregunta, le responde que es publicitario, creativo publicitario, lo que hizo y hace en su existencia y que, según él, lo único que sabe hacer y lo atestiguan los casi cien premios nacionales e internacionales, que sus trabajos han cosechado. Pero también es docente universitario, escribe cuentos, pinta, dibuja y se contradice permanentemente, que es la única manera posible, que adoptó, para entender mejor su vida.

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