La invocación

Todo lo ocurrido en este relato es ficción, o tal vez no.  

Sus protagonistas nunca existieron, o tal vez sí.

 

Corría el año 1974. El hipismo, que había llegado a su clímax e inmediata decadencia después de Woodstock, se había convertido en un mal trip influído por el ácido de mala calidad. El rock, que durante los 60s había estado en una constante búsqueda y desarrollo, ahora caía en las exageraciones de género o degeneraciones múltiples. Aunque el punk todavía no había celebrado su lanzamiento londinense ya se olía en el ambiente. 

Mientras tanto Latinoamérica se debatía entre dictaduras y dictablandas y copiaba con delay los longplays anglosajones que tanto tardaban en llegar. A falta de buenas traducciones se llenaban los huecos de la falta de entendimiento con cultura local, lo cual le daba su colores pero también sus inconsistencias. El rock se había podrido y los que se habían criado con la sensación de que todo iba a mejorar sesentista empezaban a vislumbrar la curva de los setentas.

Raul y Paulo habían previsto esto desde el momento que se habían juntado a componer por primera vez. En el departamento con vista a la playa de Ipanema en Rio de Janeiro, se intoxicaban con todo lo que podían para llegar a la inspiración, el cenicero a reventar de colillas de porros, Raul siempre llevaba cartoncitos de ácido en la billetera que por el calor y la transpiración solían perder efecto y conferir a su cédula de identidad efectos lisérgicos.

Paulo en un viaje a Manaos había descubierto que lo indios de la zona se pegaban tremendos viajes con un líquido hecho a base de una liana llamado ayahuasca y había desarrollado un pequeña cadena de distribución para que nunca faltara una botellita en su despensa. Después cualquier droga que circulara era bienvenida. 

El rock brasilero era algo de universidades, elitista pero la tele que siempre intentaba parecerse a la yanqui le estaba empezando a dar su lugar. Si bien Os Mutantes se habían disuelto hacía rato y Rita ahora saltaba por ahí según le pegara su ritalina, Secos & Molhados podían verse un sábado a la tarde con la figura ultradelgada y andrógina de Ney Matogrosso. 

Sergio remarcaba eso, era como un ser mitológico, un hombre peludo pero con voz y movimientos de señorita. Los viajes lisérgicos en un primer momento naives empezaban a cargarse de un contenido metafísico. Eso había llevado a ambos a investigar a los autores de la materia en el departamento de Raul se apilaban libros a medio leer sobre Paracelso, Jung, Crownley, Krishnamurti, Guenon, Gurdief. Cuando estaba solo, se prendía un porro y empezaba a subrayar compulsivamente los textos, hasta que ya por el tercer porro, dejaba de entender lo que leía y se quedaba dormido.

Brasil es un país que convive con entera normalidad con los mitos y creencias, la religión candomblé y sus ramificaciones, hacen que el mar se llene de barquitos el día de Iemanjá, que los años nuevos todos se vistan de blanco, o que una persona de cualquier nivel social consulte una mai o un pai. 

Paulo y Raul eran ambiciosos querían triunfar en el rock, tenían la convicción de que para hacerlo había que mezclarlo con el MPB y mezclar letras de amor pegajosas con apelaciones a dioses y mundo míticos. El dúo compositivo pasaba tanto tiempo juntos metidos en ese departamento que dentro del pequeño ambiente musical de jóvenes rockeros se decían que eran pareja. Nadie sabrá bien si lo eran o no, pero no cabe duda de que estaban dispuestos a todo para lograr fama y éxito. Y no les iba nada mal.

Paulo se había enterado que en una semana llegaría un actor y director mexicano a presentar a un público muy selecto su nueva película. Iba a ser en la casa de una ricachona que se hacía la hippie en el barrio de Leblon. Para Paulo, que era amigo de una amiga suya, no fue difícil conseguir que los invitaran y participar de la velada.

La película se proyectó en una habitación enorme, toda pintada de blanco, incluso el piso, a la que se accedía por una puerta también blanca. El proyector de 16mm estaba posado sobre una mesita igualmente blanca. Antes de empezar la película y sobre la luz proyectada sin film se presentó Alejandro. Se presentó como Alexandro, cosa que le hizo gracia a Raul y Paulo. Estaba vestido con una túnica blanca y ahí se enteraron que no era mexicano sino chileno, aunque residente en el país de norteamérica. 

Alejandro hablaba solo de John Lennon, de lo amigo que era de él, de cómo había logrado que financiara la película y que además iba a ser el protagonista, pero que como tenía que mostrar el culo Lennon se echó para atrás. Un rockstar no puede mostrar el culo, le dijo. El tiempo no le daría la razón, pero todavía tenía que pasar mucha agua bajo el puente del rock para que eso ocurriera.

Con Raul contaron las doce veces que nombró a Lennon. Después de eso, presentó la película y la pareja compositiva la vio fascinada.

Era eso lo que estaban buscando, ahí estaba lo que veían en sus viajes, esos eran los seres que estaban contactando. Era como ver sus sueños reflejados en la pantalla.

Una vez terminada la proyección pasaron a la terraza del edificio donde se había organizado un cóctel que incluía una mesa donde guardada en delicadas cajitas había todo tipo de drogas.

Pronto la dueña de casa le trajo una guitarra a Raul y le pidió que cantara algo. Se cruzaron miradas con Paulo, necesitaban llamar la atención de Alejandro que no paraba de hablar con un grupito selecto de seguidoras. Raul tocó Metamorfosis ambulante por consejo de Paulo. Ambos sabían que era un buen anzuelo para el director.

Cuando terminó la canción, con marcado acento chileno por la emoción, Alejandro dijo: “¡Es eso! ¡Usted claramente entiende de lo que estoy hablando!”

Alejandro perdió el interés en sus seguidoras y caipirinha en mano se reunió con los rockeros. La charla fue una batalla de egos, citaban autores gnósticos, masones, herméticos, rituales indígenas de distintas partes del mundo, competían a ver si el viaje de ayahuasca era más místico que el de peyote. Alejandro decía que Carlos Castañeda era un tipo bastante desabrido aunque lo consideraba su amigo. Parecía que el chileno les estaba ganando la partida, pero Paulo tenía un as en la manga. Le dijo que había encontrado un ritual secreto y efectivo para invocar al innombrable. 

Alejandro se rió a carcajadas, pero Raul y Paulo lo miraron serios y comprendió que no lo estaban engañando. ¡Qué tentación!, dijo inteligentemente. No pusieron fecha ni lugar pero a partir de ese momento se supieron partícipes del pacto. Hablaron toda la noche sobre la mala prensa que tenía el diablo: que era un dios Pan modificado, que era la pachamama, que representaba a la tierra, que era Iemanyá, que para los indios americanos no existía tal cosa, la inquisición y muchas cosas más, utilizando todo el discurso para justificarse en sus próximos actos y darse valor, que por momentos les flaqueaba.

Cuando el horizonte marino empezó a blanquear, todos los participantes de la fiesta huyeron como vampiros temerosos del sol. Raul y Paulo se llevaron la dirección del hotel de Alejandro y se encomendaron en buscar la noche más propicia para la invocación.

 

Por una semana Paulo no pisó el departamento de Raul, lo cual fue un alivio. Había mucha tensión en el ambiente, y esa pausa le permitió al músico dedicar ese tiempo a componer las melodías nuevas que necesitaba para lanzar el nuevo disco. 

Paulo pasó los días encerrado en su casa, consultando libros, haciendo llamadas a un pai y una mai que había conocido tiempo atrás que decían haber invocado al señor oscuro. Se acercaba el 30 de abril, la noche de Walpurgis, o noche de las brujas, y Paulo se convenció de que era el momento ideal para el ritual de veneración al macho cabrío. Después de seis días de encierro, Paulo salió con el pelo y barba desalineadas, que no se notaba demasiado debido a su look tan hippie, y fue hasta el hotel céntrico donde se alojaba Alejandro. 

El chileno, según el conserje del hotel, hacía días que tampoco salía de su habitación, y otro pasajero se había quejado de escuchar gritos durante la noche.

Paulo tomó el ascensor y subió a la habitación en el sexto piso y golpeó la puerta. Nadie contestó y volvió a hacerlo varias veces con insistencia y con golpes in crescendo. Finalmente se escuchó la voz apagada del director y unas risitas. Se escucharon pasos que se acercaban a la puerta, que se abrió dejando ver a Alejandro envuelto en una sábana blanca al estilo platónico.

-¡Pero pase mi querido, no sabía que era usted! 

Paulo ingresó a la habitación y pudo ver a dos jóvenes desnudas fumando en la cama que generaban dudas sobre su mayoría de edad. 

– Como verá me he estado preparando para el ritual, potenciando toda mi energía sexual.

Paulo le prestó poca atención al espectáculo por lo ensimismado que estaba con la cuestión.

-Debe ser el 30 de abril, mi amigo.

Alejandro meditó un momento la fecha.

-¡Claro! El día de la brujas ¡El aquelarre! Un día excelente para la invocación.

Una de las chicas preguntó de qué hablaban.

Alejandro le dijo que sólo le interesaría la cuestión si fuera virgen, cosa que evidentemente no era.

-Será en la casa de Raul, ahí haremos el ritual. Le escribo la dirección.

-Ahí estaré, mi querido. 

-Lo esperamos.

 

La mañana del 30 de abril, Raul y Paulo madrugaron y fueron a la feria Saara a comprar los materiales necesarios para la invocación, velas, muchas velas rojas y negras. Patas de pollo, cuernos de chivo, mucha maconha, robaron flores mustias del cementerio, perfume de almizcle, el miembro de un toro, imágenes de santos que luego colocarían cabeza abajo. Era un día de calor intenso pero al llegar la tarde ya habían conseguido todo. 

Raul había encargado en el restaurant de abajo unas buenas porciones de feijoada que por los porotos negros, consideraba muy apropiada como cena previa al ritual.

Cuando el sol se puso a las siete de la tarde, se pusieron a armar el altar en el living de la casa, tenían toda la parafernalia comprada y no faltó la estrella de cinco puntas dibujada en el suelo con sal. A eso de las nueve tenían todo armado. Los cuernos de chivo en la parte superior del altar, el círculo de velas rojas y negras alrededor de la estrella de sal. Flores de muertos, hasta dibujaron con sangre de vaca alguna cruz invertida en la pared de la habitación. Raul estuvo muy activo con la decoración, mientras Paulo revisaba libros de invocaciones, los marcaba con trozos de papel de diario y los ubicaba cerca para tenerlos a mano para el momento final. Arriba de todo dejó al pequeño librito de cuero marrón, gastado con el tiempo, con las palabras para el ritual secreto de invocación. 

Se hicieron las 10 de la noche y ni noticias de Alejandro. Los dos compañeros le entraron hambrientos a la feijoada y tomaron una cantidad abundante de cerveza para bajar el plato y el calor espeso que hacía en esa noche otoñal. Cuando dieron las once, empezaron a impacientarse, dudando de si el chileno iba a llegar al aquelarre que tan finamente habían preparado, pero unos timbrazos insistentes los sobresaltaron.

Raul abrió la puerta para descubrir a Alejandro vestido de pies a cabeza de negro. Se había conseguido un traje con pequeñas rayas grises, camisa negra, corbata negra y sombrero también negro, que más que un feligrés del satanismo parecía un gangster de una película de los cincuentas.

-Disculpen la demora, pero era importante que vistiera acorde con la ocasión.

Los dos hippies tomaron conciencia que habían dedicado todo el día a la confección del altar pero nunca habían pensado en su vestuario. Los dos tenían jeans gastados, sandalias de cuero, camisolas y sólo Raul se había puesto un chaleco negro con brillantina. Sus pelos y barbas estaba completamente desgreñados, generando un gran constraste con el hombre de negro peinado a la gomina.

Lo invitaron a pasar. Raul destapó una cachaça añejada que guardaba para una ocasión especial. Sirvió en pequeños vasitos y tomaron el primer trago, dejando caer unas gotas de su contenido al suelo en homenaje a la pachamama.

Alejandro paseó por el altar y lo miró con aprobación para luego sentarse en uno de los sillones desvencijados del living. Paulo empezó a mostrarle la selección bibliográfica de cantos, invocaciones y palabras mágicas en al menos cinco idiomas. Alejandro aprobaba todo con mucha dedicación, mientras Raul armaba un porro de dimensiones siderales, un cohete que en algunos países hubiera sido considerado un arma de destrucción masiva.

Para las once y media, ya se habían bajado la botella de caña seleccionada y habían pasado a la barata de todos los días. El cohete había despegado y Paulo servía ayahuasca en los vasitos, en pequeñas cantidades para evitar los vómitos posteriores. Dosis homeopáticas insistía.

Para las doce campanadas, que no sonaron, porque no había ninguna iglesia cerca, los tres invocadores estaban en sus puestos. Raul terminaba de encender las más de treinta velas, Paulo rociaba todo con un spray de almizcle y Alejandro, con su acento más chileno, abría el libro de cuero marrón gastado y empezaba a recitar los cantos. A cada hoja que leía, la arrancaba del librito y la quemaba ante el estupor de Paulo que había pagado fortunas por esas páginas. Raul, que había terminado de prender las velas, como premio estaba prendiendo otro porro con la última. 

El aire con tanta cosa quemada se volvió sulfuroso, costaba respirar, y el calor era asfixiante. Alejandro seguía vestido impecable, ahora de rodillas, casi en trance. Paulo que había estudiado cada verso y lo seguía en voz alta como quien que canta una canción que no conoce el ritmo y siempre llega un poco tarde. Raul que entre tanto humo le lloraban los ojos y le costaba ver, tomó la guitarra y empezó a tocar mi grave de la sexta cuerda rítmicamente. Alejandro lo detuvo -Señor, si va a hacer música, que sea coherente al momento. Toque el diabolo in musica, por favor. Fa – Si. Fa – Si.

Raul se exasperó un instante pero al tocar el intervalo propuesto por el chileno se dio cuenta de lo terrorífico que sonaba y empezó a jugar con las dos notas en distintas octavas de la guitarra.

Alejandro aprobó con la cabeza y siguió con la lectura.

Un actor, un escritor y un músico, si el diablo existía eran el trío perfecto para que lo invocara. Y parece que la situación fue de su agrado porque de pronto las cosas empezaron a vibrar, la botellas y vasos se golpeteaban entre sí, algunos libros se cayeron de los estantes, los cuernos del altar se descolgaron de la pared, y las velas empezaron a arder con más intensidad. Ese temblor momentáneo inspiró al grupo a continuar más fervientemente con el ritual. Alejandro levantó la voz ganando más intensidad en sus rezos, Paulo lo seguía como poseído y Raul, bueno, Raul solo tocaba Fa y Si sin parar en la guitarra.

Ese humo tóxico que llenaba al living empezó a invadir a los departamentos del mismo piso. De lejos se empezaron a escuchar sirenas que llamaron la atención de Raul, cuando miró por la ventana vidriada que daba al balcón, una columna de humo negro se elevaba proveniente de la rua Joana Angélica. 

Alejandro se detuvo un instante, entrecerró los ojos, su cara se llenó de extrañas facciones. Puso los ojos en blanco y empezó a balbucear palabras… 

-Me está hablando… Dice que uno vivirá en la riqueza… Otro morirá en la pobreza… El tercero… El tercero…

Un golpe violento sacudió la puerta. Del susto, Raul tiró buena cantidad de velas con el mástil de la guitarra, que empezaron a encender hojas y parte de la parafernalia que había tirada en todo el piso. El humo se hizo negro. Y la puerta recibió otro golpe violento que sacó a Alejandro del trance, Paulo asombrado miraba la situación y mascullaba palabras incomprensibles.

El tercer golpe en la puerta la partió al medio dejando ver el filo de un hacha.

Paulo se cayó y abrió los ojos como dos platos.

La puerta se vino abajo y una figura roja quedó recortada en el marco.

-¿Qué hacen ustedes ahí? ¿Están locos?

Gritó la figura del bombero que había sido alertado por los vecinos sobre el aparente incendio.

Ahí fue cuando los tres posesos cayeron en la cuenta de que el altar ardía quemando buena parte de la pared del living.

Los bomberos no tardaron tanto en apagar el incendio como de despejar de humo al departamento. Muy cerca de ahí, sus compañeros tuvieron que ir a remover los escombros del atentado que había realizado el Comando de Liberación Nacional al Banco de Brasil.

 

Los tres satánicos nunca volvieron a cruzarse. Paulo se dedicó a la escritura y vive actualmente en una mansión en Suiza. Raul murió solo víctima del alcoholismo dos días antes de que saliera su disco póstumo, La cacerola del diablo, que fue un inmediato éxito en ventas. Y bueno, Alejandro siguió viviendo y contando muchas historias, muchas historias.

 

 

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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