La proveeduría de Don Alfredo

 

La proveeduría de don Alfredo era referencia en el barrio de Palermo, le compraban los judíos de villa Crespo, los armenios de Malabia, los turcos de Canning y los pibes del barrio le mangueaban alguna Crush medio cascada.

La hernia de disco que le aquejaba esos últimos años lo obligó a sumar a la sobrina de su mujer, una veinteañera llamada Irma.

Irma poseía un carácter fuerte para su edad y tenía a los repartidores cortitos para que dejaran las cajas de refrescos bien ordenadas, también tenía buen ojo para las cuentas y poco entusiasmo para la limpieza del local. A Alfredo no le importaba eso, mientras que no se cascaran los envases y el pasillo central estuviera abierto para llegar a fondo, él estaba contento.

Una cosa sí le preocupaba: el culo de Irma, Alfredo no podía dejar de mirarlo, se movía con una rítmica única, casi que lo saludaba cuando Irma se iba. Sabía que estaba mal mirarlo, que si su jermu se enteraba se iba a armar una… Pero sus ojos caían indefectiblemente en ese culo joven y duro. 

A las siete de la tarde, cuando cerraba el local, juntos bajaban la persiana de metal y cerraban cuentas en el fondo. Aquella tardecita de primavera anticipaba el verano con sus treinta grados y una humedad que hacía transpirar las paredes. El fondo del local, más fresco, era un refugio para el bochorno. Sobre la mesada, Irma terminaba de anotar en la columna de entradas, la última entrega de Pepsi Cola y Alfredo contaba el canuto de billetes que escondía detrás de un azulejo flojo en la pared. 

En una torpeza, Irma dejó caer el anotador y se agachó rápidamente para recuperarlo, frente a Alfredo se desplegó el culo preto de Irma que asomaba como sol naciente por debajo de la falda de tela floreada. Un calor intenso subió desde su mano izquierda continuando por su brazo hasta hacerle cosquillas en la oreja. Alfredo pensó que tantos meses de calentura se estaban condensando en ese momento ante el espectáculo de revistas a corta distancia pero no, no era eso. Acto seguido se paralizó su cara y siguiendo el rictus el resto de su cuerpo. Alfredo de desplomó sobre el culo de Irma, pero sin intención de propasarse, había perdido el control de su cuerpo.

Irma se sobresaltó pero no pudo evitar el peso muerto de su jefe que terminó arriba del suyo, con la cara de Alfredo incrustada en su parte posterior. Para cuando se pudo incorporar, su tío político ya no respiraba.

Durante algunos días, se habló en el barrio del deceso de Alfredo, con tristeza porque era muy querido. Irma nunca contó la intimidad de su muerte y al tiempo, su tía vendió la proveeduría que se convirtió en un taller mecánico.

Una vez escuché en el bar Los Andes, que un viejo borracho decía que Alfredo murió en su ley, aunque no pude entender a qué se refería.

 

 

* Foto de Sara Facio s/f

Autor

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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