Maldita Pandora

“Nunca se está tan mal que no se pueda estar peor”, decía su padre, pero estaba equivocado. A esta conclusión acababa de llegar Ángel Batista, tres días después del naufragio. No había forma de estar peor. Porque la muerte, acaso, suponía una situación más franca. Más cierta e igual de irremediable. Sin el agregado perverso de la bendita esperanza humana y sólo humana. Una esperanza imposible de acallar sin importar cuán doloroso sea el presente o cuán pequeño el futuro. La esperanza humana, que pareciera valerse de una fuerza supra humana para resistirlo todo, era tal vez lo que más le dolía a Ángel Batista aquella miserable tarde de viento helado. No, no se podía estar peor.

Unos cuantos milagros no implorados se habían sucedido unos tras otros, en una suerte de verborragia Divina. Porque aquellos pocos metros cuadrados en medio de un mar imposible, no eran siquiera una isla, eran nada más que un error. Un mar, que ola tras ola, repetía furioso su ultimátum demencial, su intimación enajenada y feroz a retirarse. La vida misma se había rendido en aquel promontorio rocoso en donde ya no crecía nada y Ángel Batista no sería la excepción. Se sabía desde siempre menos obstinado que el pasto y más de una vez le había causado admiración verlo crecer de entre las baldosas.

Pero aquel lugar, era sólo el último de los milagros indeseables. Haber sobrevivido a la desintegración literal de la avioneta, era del todo improbable. Pero había más. Porque Ángel Batista odiaba volar. Y ese, de todos los milagros, fue el que más lo enojó. Esa muerte no podía ser la suya. Era la muerte de otro y tan absurda como la de un esquimal mordido por una yarará. Los cerrajeros mueren de viejos. Y aun si la desgracia le toca a su puerta, un infarto prematuro es más que suficiente. Sobre todo, si se vive en un pueblo de siestas religiosas y misas soporíferas. A Ángel Batista le alcanzaba su vida y le había dejado a los demás, sin que mediara sacrificio, los sueños heroicos de reflotar galeones españoles con tesoros escondidos en arcones oxidados y cerraduras intrincadas que necesitan de cerrajeros expertos para ser burladas. No, viejo, no se puede estar peor.

Comenzaba el cuarto día y con suerte, moriría pronto. Empapado y con semejante frío ninguna otra cosa podría salir mal. Pero todavía estaba el asunto ese de la esperanza como el pasto. Aterido como estaba, la muy obstinada había encontrado el modo de robarle una muerte en paz y en cambio lo mantenía alerta. Hacía cuatro días que no dejaba de mirar el mar. Ni un mísero resto del avión, nada. Pero Ángel Batista miraba. A pesar de él, miraba. Como si no fuera él quien mirara sino todos los hombres desde el primer hombre a través de sus ojos. Una fuerza poderosa lo obligaba a esperar. Pero, de entre tantos milagros, un pozo de aire caliente, los había desviado dramáticamente del rumbo. Algo parecido a eso dijo el piloto antes de convertirse en pasado. No, nada podía estar peor, ni había ser más miserable sobre la tierra.

Pero entonces, algo brillante flotó en el horizonte. Aunque lo más probable es que fuera un engaño de sus ojos rojos que ardían como dos yagas. Pero ahí estaba la cosa que brillaba. Bailando alegremente como si no entendiera el mal humor de ese mar. Volteó la cabeza para mirar el horizonte de enfrente. Pero en este no bailaba nada, ni nadie. No era un engaño de sus ojos. Algo flotaba ahora, a unos veinte metros. Pero era, sin embargo, un engaño de su alma. Porque sea lo que fuere aquello que brillaba, no podría ni en cien años servirle de nada. Ya se sabe que las radios no flotan, así, alegremente, y que los celulares se ahogan en mucho menos que un vaso de agua. Pero entre todos los malditos hombres desde el primer hombre, lo pusieron de pie. La cosa brillante no iba a acercarse más. Él mismo debería nadar los diez metros que faltaban. Y ahí fueron todos. Millones y millones de hombres se tiraron con él al agua y empujaron su cuerpo a lo largo de los diez interminables metros hasta que por fin llegó. Claro que nada podría salvarlo de esa muerte ajena. Sin embargo, de todas las cosas que podría haber encontrado, esta, era la única capaz de arrebatarle el podio de los infelices. Algo parecido a una sonrisa piadosa se le dibujó en el rostro cuando descubrió que esa cosa que brillaba era una botella. Claro que no leyó el mensaje que llevaba adentro, pero dos segundos después, mientras moría, supo que su padre tenía razón y que alguien, al menos uno, había sido más desgraciado que él.

  • Autora de TV durante más de 20 años. Dos libros editados "Como el caramelo" y "Da Capo". Actualmente escribe su segunda novela en una casa rodante enclavada en medio del campo (en el partido de Luján). Este cuento forma parte de una serie llamada "Mientras tanto", su primera incursión en el género.

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

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