Matador

El jean ajusta los muslos, marca bulto y deja a la vista las nalgas duras

  • sobre
  • debajo de

esa tela firme, ochentosa. Con una camisa de seda, celeste y con círculos dorados que brillan al sol, abierta sobre el pecho,

  • avanza
  • aparece

el hombre. Lentes oscuros sostienen el pelo hacia atrás y encuadran mejor esa piel bronceada.

  • Es Atilio. El nuevo novio de la tía Blanca.
  • Se llama Atilio. Es el nuevo novio de la tía Blanca.

Detalles rojos y cadenas se mueven, en sintonía con los antebrazos torneados. El hombre busca un cigarrillo, el encendedor, y se sienta en un sillón del patio, aprovechando la silueta de un árbol y la frescura que proporciona una sombra en un enero caluroso.

Yo lo veo contoneándose por delante de los que estamos sentados en el verde, haciendo la sobremesa y esperando para poder meternos a la pileta. Me da algo de rabia, de envidia verlo porque parece un tipo más seguro que cualquiera que haya conocido en el pueblo. Es pintón, el guacho, y

  • reconoce como
  • sabe que
  • es consciente de que

las miradas se enfocan en él, dejando en evidencia

  • la seducción
  • el efecto de seducción
  • la fascinación

que genera en los otros. Cuando me acerco a él se presenta y me convida un pucho. Se lo acepto, por buena educación y sobre todo porque Irene está mirándome ahora y yo quiero que ella me vea como un tipo fuerte, capaz de manejar cualquier situación.

Apenas bajamos del auto, en casa, mamá dice que ese Atilio es de baja calaña. Yo me quedo mirándola. ¿Qué será calaña?, pienso mientras la abuela no responde nada, aunque unas horas atrás le festejaba cada comentario y sonrisa al novio de la tía.

Algunos dicen que es medio vividor, pero a mí Atilio me convida vino y whisky cuando me ve y siempre está dispuesto a darme algún cigarrito por lo bajo.

  • Es lógico
  • Resulta lógico

invitarlo a mi cumpleaños. Festejo los 16 en la casa de campo, van chicos y también chicas. Cuando llega la tía con Irene y Atilio, ellas se ponen nerviosas y susurran cosas. Es evidente el efecto de la camisa al cuerpo que lleva Atilio, a rayas rojas y blancas, arremangada sobre los codos. Mis amigos se incomodan con él y, sobre todo, con la reacción de ellas, las tratan de perras en celo en una conversación entre hombres, alejados de la mesa principal.

La abuela lo saluda efusiva a Atilio y mamá lo mira raro, con indiferencia agresiva, parecido a como me recibe a mí cuando vuelvo

  • escabiado
  • escabio

de alguna fiesta. La misma mirada de rabia contenida, con el destino del silencio y la reprobación nunca llevada a sus últimas consecuencias, ni siquiera puesta en palabras.

El novio de la tía Blanca me regala un encendedor, uno de esos recargables, clásico e importado.

—Guarda con enviciarte con los vicios, pibe —me dice. Yo sé que todos deben estar envidiándome. Él sonríe, se mete un pucho a la boca después del jueguito de palabras y vuelve a la mesa donde están tía Blanca y los más grandes.

En el festejo del cumple mis amigos se burlan de mí por mi prima.

—Nada mejor que meter la laucha en la prima por primera vez, ¿qué no chango?

Se refieren a Irene. En realidad ella no es mi prima, pero tampoco viene a circunstancia porque si no fuera por eso me cargarían por otra cosa. Me agarraron de punto esa noche. Irene es una “arrimadita”, como dice mi mamá. Tía Blanca la adoptó cuando ella tenía once años. Es decir, conoce a su familia, sabe quiénes son y que viven en la villa a la entrada del pueblo, pero ha pasado bastante desde esa época en la que ella tenía que salir a pedir con sus hermanos. Todos conocen más o menos el suceso, sin embargo no es por lejos la primera historia así, ni va a ser la última, así que, al final, es como si Irene fuera mi prima. Más allá de la nulidad de límite sanguíneo. Ella me gusta, hasta mi mamá lo sabe.

Esa tarde, cuando levanto la vista entre los juegos y charlas de la ronda, la encuentro a ella mirándome. Creo que se pone nerviosa. Me rio y pienso que fue un festejo interesante.

En las semanas próximas me paso las tardes en lo de la tía Blanca. Voy por Irene. Pero también por Atilio. Él me enseña cosas de autos y de motos. Entre algunas cajas suyas mudadas al garaje de la tía encuentro una pila de revistas con mujeres desnudas. Atilio sonríe y me dice que puedo llevarme algunas prestadas si no se lo digo a nadie. Es un préstamo, aunque jamás me las pide de vuelta. No es lo mismo que verlas en video. La revista tiene una materialidad, una presencia, que nos deja de cara a mí y a todos los amigos a los que se las muestro. Estamos encantados. Hay unas mujeres muy extremas en esas revistas, unas torsiones y unas cosas muy locas, siempre bien maquilladas y bronceadas.

  • En las reuniones familiares Atilio está, invariablemente, invitado y presente.
  • Atilio se transforma en un invitado infaltable en las reuniones familiares.

Cuando se pone a hablar de películas, tía Blanca se levanta de la mesa. Se pone a hacer otra cosa, lava los platos o prepara el postre para servirlo. Mi mamá no le presta atención porque lo detesta desde el primer día que lo conocimos. Pero Irene y yo nos quedamos absortos, escuchándolo. Él mira al vacío, con las piernas abiertas, los codos apoyados en cada muslo, las manos se unen en el centro y nos narra alguna historia, la más apropiada para la ocasión. Es fantástico, como si entrara en trance y nos transmitiera ese estado con la voz y los ojos perdidos en el infinito de ese pueblo en el medio de la nada.

—Por supuesto que tiene tiempo para ver películas, leer libros, revistas y toda esa pila de donde saca sus historias de los domingos. Yo también tendría el tiempo del mundo si no trabajara y fuera una mantenida —dice mamá cuando ya estamos en casa. La abuela le contesta que bueno, hijita, mejor no hacerse tanta mala sangre.

Yo quisiera tener la seguridad de Atilio, usar esos pantalones ajustados y que no me importe si los viejos del barrio me miran mal, si total seguro estarían envidiando mis muslos. Quizás podría convencer a mamá para que me compre una camisa linda, no tan dorada como las de Atilio, pero sí algo que les guste a las chicas cuando salga a bailar.

Ese sábado estoy probándome unos jeans nuevos cuando llega Irene, llorando. Me abraza y lo acusa al novio de tía Blanca de no sé qué cosas, entre el llanto y ese barullo de saliva no puedo entender. Se me endurece el puño, al principio me imagino que él intentó pasarse con ella, todavía me acuerdo de la mirada de Atilio sobre el culo de Irene esa tarde en la que apareció por primera vez y nosotros estábamos tirados al lado de la pileta.

Cuando se calma, ella me explica qué pasó. Tía Blanca se levantó ese mediodía, sorprendida de no encontrar a Atilio a su lado. Últimamente él estaba más ausente, saliendo a la tarde y volviendo a la madrugada, pero ella creía que era una etapa. Todos los hombres maduros la tienen, decía para autoconvencerse.

Esa madrugada no volvió. Y cuando ella fue al cuarto que usaba como vestidor, donde metía los vestidos y el alhajerío, descubrió que sus cajas y baúles habían sido abiertos, violentadas las cerraduras y candados. Ahí guardaban hasta las cadenitas de la confirmación de Irene. Tía Blanca había empezado a gritar y a maldecir. Irene le había dicho que iba a conseguir ayuda. Se había dirigido directo a mi casa.

—Está bien, tranquila. ¿Están seguras de que fue él?

Yo, iluso,

  • todavía no quería desconfiar de Atilio.
  • no quería desconfiar tan rápido de Atilio.

Pero sin dudas era obra suya. Me arreglé entonces para ir al baile, a buscarlo. Había una sola fiesta esa noche en el pueblo, armada con banderines, sogas y una barra en el predio del campo de Ernesto Layola. Fui con mi grupo de amigos, hicimos una previa bien fuerte para tomar valor. Apenas entramos lo vi a Atilio, bailando con una petisa de pollera corta y rulos a la cintura. Irene insistió para venir con nosotros, aunque yo dije que no. No quería que viera tanta degradación junta. Encontrármelo de frente, manoseando esas nalgas con firmeza, me daba la razón.

Le pegué un empujón y le pregunté cuál era su problema. Él retrocedió unos pasos y sonrió. Se acomodó el pelo, lo llevaba hacia atrás.

Quiso abrazarme diciendo tranquilo, pibe, tranquilo. Sentí esa bocanada caliente sobre mí. Estaba mamado.

—Arreglamos las cosas acá o las arreglamos afuera. Vamos a ese campo que decís que tenés, a ver si además de choro sos mentiroso.

Él intentó esquivarnos para ir al baño, pero detrás de mí había una barrera de muchachos.

  • Ni mis amigos ni yo
  • No

íbamos a dejarlo escapar tan fácil.

No estaba nervioso Atilio, seguía sonriendo como si fuéramos niños haciéndole una mala pasada.

No tardó mucho en acceder a llevarnos a su campo. Ahí nos separamos del grupo, no todos tenían en qué ir. Atilio iba adelante, solo en su camioneta. Yo iba con un amigo en la moto, agarrado de su cintura. Otros dos más viajaban atrás, en una pistera.

Paramos en un camino de tierra, a quince kilómetros de la entrada al pueblo. Al fondo se veía una casilla pequeña, ese era su campo. Atilio se bajó del mastodonte y quedamos enfrentados. Ahí sentí la primera mano que se me vino encima, yo quise esquivarla y volvió por atrás, aplastándome con todas sus fuerzas ese cuerpo contra un árbol que apenas alumbraba la luz de la camioneta. Ahí me enfurecí, cuando sentí la sonrisa de Atilio tan cerca y su aliento en la garganta. Empecé a golpear con todas mis fuerza, codazos limpios y puñetazos para que me dejara en paz.

Una vez tirado

  • el cuerpo
  • él

en el piso, seguí golpeándolo, veía el polvo levantarse desde el suelo, pero ya no podía detenerme. El chico que venía conmigo nos separó. Me obligó a calmarme y a subir a la moto con él. Los otros dos ya se habían ido, o nunca habían llegado.

Al día siguiente me desperté con mi mamá felicitándome, preguntando si necesitaba agua o quería un mate cocido o café. Sabía que la noche anterior había estado buscando a Atilio para ponerlo en su lugar, y eso la enorgullecía.

—Ay hijito, descansá ahora. Yo sabía que vos eras un hombre hecho y derecho, está muy bien que las hayas protegido a la tía y a Irene.

Cuando aparecí en el almuerzo, intentando rescatar mi cabeza y el cuerpo de la resaca, pregunté si la tía Blanca e Irene no venían a comer. Mamá y la abuela se miraron y no dijeron nada. Más tarde escuché que mamá discutía por teléfono.

—Lo que tiene Blanca es que siempre fue una boluda a cuerda…Mi hermana es increíble, te lo digo yo. Se encama con el primer pelagatos que se le cruza y encima ahora llora porque se fue. Dios me libre de esta mujer que pide ayuda y después se queja cuando una hace lo que tiene que hacer.

Mamá hablaba con la abuela. Yo sabía que algo extraño sucedía, sin embargo no entendía del todo

  • qué era.
  • qué.

Lo asimilé cuando quise visitar a Irene y tía Blanca no me dejó entrar a su casa, era evidente que ahora me detestaba. Decía que por mi culpa Atilio había desaparecido.

Después de la pelea de esa noche nadie había vuelto a verlo. Su casilla había quedado abandonada. Unos fuerzas vinieron a joderme días después. Yo estaba cagado en las patas, pero mamá me acompañó todo el rato. No solo ella me cubría, Alonso, el que me había llevado en la moto, declaró a mi favor, mintiéndoles a los canas. Según esa versión, habíamos dejado a Atilio en su casa y habíamos vuelto al pueblo. No se encontró ningún rastro de él, pero tampoco un cadáver.

En algún momento dejaron de preguntar y buscar. A mí me interrogaron un par de veces más. No tenía nada nuevo para decir o agregar.

Los fuerzas se olvidaron de mí, aunque los del pueblo no. El último año del secundario fue duro, con profesores tratándome de lumpen y violento. Las chicas que se me acercaban buscaban a un tipo

  • bravo, rígido.
  • fuerte, rígido.

Irene no se me acercaba, mi tía se lo había prohibido. Mi mamá lloraba, entristecida por la manera en la que me trataban. Le dolía la pelea con su hermana, pero le jodía más

  • su estupidez. Blanca vestía de negro
  • la estupidez de Blanca, quien vestía de negro

todo el tiempo, enviudada por tercera vez en su vida.

A Irene la mandó a estudiar a otra provincia, a una ciudad grande. Yo no pude salir del pueblo, las notas no me alcanzaban para

  • una beca
  • ser becado

y esa fama de matador no me ayudaba. De esa noche recordaba poco y nada.

Años después, metido en un baile en un pueblo vecino, a más de cien kilómetros, me pareció verlo. Yo apretaba con una blancona pulposa, que casualmente me recordaba a Irene. Podría haber funcionado como su prima pobre, nunca rescatada de la mierda. Me acerqué a la barra para conseguir vino con gaseosa. Ahí estaba Atilio, tirado sobre la mesada improvisada. Estaba irreconocible, sucio y encorvado.

  • Quiso
  • Intentó

acercarse para decirme algo. En ese momento volvió esa noche a mi cuerpo, las sensaciones y el recuerdo. Atilio no me había golpeado en ese camino de tierra, ni siquiera lo había intentado. Me había acariciado los muslos, el pecho, buscando mi boca para besarme.

Eso fue lo que me encabronó tanto.

No me quedé ahí para escuchar lo que iba a decirme. Yo también había cambiado,

  • estaba
  • era

más grande y triste ahora. Lo esquivé, fingiendo no reconocerlo y enfilé para esa luciérnaga pulposa. Ella podría, quizás, sacarme el malsabor y la angustia de ese recuerdo que no dejaba de golpear mi estómago y mi cráneo.

 

Las ilustraciones son de Sebastián Maturano

  • Nació en Salta en 1992. Cursa la carrera de Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba. El cuento "Matador" forma parte de Evribadi uonts tu rulde worl/word, libro de próxima aparición en Borde Perdido Editora.

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