[Memorias] El punto en el mapa

Fragmento de Rastros – el mapa de un oficio, libro donde Cristina Castrillo -autora, directora e investigadora teatral radicada en Suiza- repasa su trayectoria y su metodología.

La niña

Necesito muy poco. Busco solamente una geografía donde
depositar la raíz de mis pasos.
de Canto de piedra

No estoy segura de que la niña supiera leer y escribir, no todavía.

El piso del living de la casa estaba tapizado de cartas geográficas, de mapas, de sabios atlas abiertos, tan enormes que asustaban. No era posible siquiera imaginar que ella se diera cuenta de que, sobre el piso de ese salón, estaba desparramado el mundo, el diseño, la caligrafía de la tierra.
Tierra era el patio donde las gallinas picoteaban el maíz, tierra era el contenido habitual de sus bolsillos y las manchas de siempre en su vestidito, tierra era lo que se veía más allá de la puerta de entrada. Tierra no era para nada esa maraña, ese enredo de formas azuladas y verdosas que cubrían el espacio usado normalmente para las grandes ocasiones, para las visitas no tan familiares, cuando era imprescindible lucirse; un lugar en el que, a pesar de ser muy codiciado, estaba prohibido jugar.

Estoy segura de que la niña no sabía leer ni escribir, no todavía. De lo contrario habría podido grabar y recordar los nombres que más tarde, medio siglo después, habrían sido significativos, determinantes, cotidianos.
Es probable que sintiera de reojo, sin darle demasiado peso, la mirada de su padre, atento y distraído al mismo tiempo, que quizá de dónde había recogido la enorme cantidad de planisferios y mapas, consumidos más por los desvanes en desuso que por su real utilización. En aquella ciudad, que ciudad aún no era, debe haber sido toda una hazaña encontrar ejemplares para poder mostrarle.

Es probable que el primer impulso haya surgido cuando la niña empezó a hurgar dentro de una serie de carpetas misteriosas guardadas por el padre cuidadosamente aparte; un muestrario para el nuevo trabajo que las necesidades, la estrechez y el temor del futuro lo habían obligado a aceptar: la venta de libros a domicilio. Una inútil caterva de títulos que iba del cuidado del jardín al misterio de los planetas, del cómo vivir felices con un cáncer en su fase terminal a un manual internacional de bricolaje que te permitía construir a poco precio cualquier cosa, incluida una pirámide.
Títulos de novelas famosas resumidas en pocas páginas, ya que la nueva burguesía terrateniente, encaramada en lo alto de la escala social, y con poco tiempo para perder en tonterías símiles, no quería renunciar a ostentar una cierta cultura. Historias estrafalarias o sabios ensayos que no le importaban a nadie. Enciclopedismo para coleccionar y exhibir en los estantes vacíos donde dormían también las cerámicas, recuerdos de viajes nunca realizados. Pero sobre todo reinaban ellos, los planisferios, los mapas.
Después del hallazgo, y como por encanto, la niña se desinteresa de todo lo que hasta ese momento había sido el fulcro de sus atenciones: las bolitas, las botellitas vacías para rellenar, la pistola de agua, la pluma del gallo fatigosamente conquistada y que, erecta sobre su cabeza, se convertía en el símbolo más puro de la revuelta, incluida la gomera de madera pulida que infaltablemente habitaba el bolsillo posterior derecho. Pero no abandona el lápiz.

Acurrucarse en el piso y desplegar todas las cartas geográficas tiene la intensidad de un ritual y, como en todos los rituales, la lectura de cada gesto, de cada sensación y cada lógica se realiza por un impulso que turba por su misterio y colma por la proximidad a un deseo desconocido y nunca expresado.

La niña se sienta y despliega delante de sí el universo.

– ¿Ves? Todo esto es el mundo: sus mares, sus montañas y florestas, sus ríos, sus caminos…

El padre no desconoce ciertas extrañezas de la niña. Obligado más de una vez a dominar su propia excentricidad que, de dejarla libre, hubiera hecho de él otro hombre, pero ciertamente no otro padre, no pretendió que la niña ordenara todo de inmediato.  No lo hizo. Habrá salido en cambio a escondidas, pedaleando sobre la tierra árida en verano y pantanosa en invierno. Habrá ido quizá dónde en busca de un fragmento más para la cotidiana geografía que mostrarle.

La niña sabe que la mirada atenta y distraída del padre sigue de reojo el movimiento de su mano, que traza líneas decididas sobre los mapas, trayectos y círculos con su lápiz, la única propiedad a la cual no ha renunciado.
No son los nombres los que la atraen (estoy segura de que no sabía aún leer ni escribir), sino las formas, los colores, las dimensiones. Sólo tantísimo tiempo después se dará cuenta de haber tenido en el puño la inmensidad.
Dibuja un itinerario que parece siempre de ida, nunca de vuelta.

– Y yo, ¿dónde estoy?

El padre toma la mano de la niña y, ayudándola a apretar con fuerza, marcan un grueso punto sobre la cola de un país tan largo que pareciera casi querer escapar de su contorno.

 


Rastros – el mapa de un oficio
Cristina Castrillo
Ediciones Contra el viento y Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito 2017
Traducción de Cristina Castrillo y Roberto Videla (edición original en italiano)

  • Fue una de las creadoras, en los años setenta, de Libre Teatro Libre, grupo que trascendió nuestro país y se consolidó como uno de los más importantes de América latina. En los años ochenta fundó en Suiza Teatro de las Raíces. Ha creado una treintena de espectáculos y ha hecho representaciones y talleres en 37 países de todo el mundo. Ha publicado varios libros, entre ellos Actor-Autor, Los senderos del agua, Trilogía de la Ausencia y Voces peregrinas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Vuelve al inicio