Mi paradiso

Todos tuvimos un cine en nuestro barrio. Por entonces todavía había varios cines en cada barrio, pero había uno que era especialmente propio.

Ilustración original: Humberto Lopardo

El mío era uno que tenía ínfulas de palacio, pero de palacio un poco decadente, como de una aristocracia venida a menos. En realidad no podía imaginarlo en su plenitud, no podía pensar que alguna vez hubiera sido esplendoroso. Su encanto venía precisamente de su decadencia, de su humedad, de cierto olor que lo identificaba y que no evocaba jardines de rosas.

Era un olor medio rancio, mezcla de pis con amoníaco, que a ciertas horas se mezclaba con otro, inconfundiblemente a sopa, que claramente salía de la cabina de proyección.

De todos modos, no íbamos allí a oler, íbamos a ver. Y cuánto había para ver. 

Por empezar, ese infaltable telón-tanda donde convivían armoniosamente la rotisería, la farmacia, la funeraria, el zapatero, la panadería, la peluquería y todos los cuentapropistas del barrio que querían alcanzar, sobre esa tela, sus 5 minutos de fama. Honestamente no era muy lindo, pero era útil para amenizar la espera… ¿dónde dice “El gran raviol”… dónde dice “La sana sana”? ¿dónde dice “Su pregunta no molesta”? 

El programa arrancaba a eso de las 2 de la tarde, a pleno sol, y terminaba a eso de las 7, con las primeras luces de la noche. 

En el medio, el mundo entero se desplegaba ante nuestros ojos, sobre una pantalla un poco amarillenta en la que nunca veíamos menos de 3 películas… 4, a veces, si nos quedábamos a la primera de la función nocturna.

El sonido era a pedido. Si había cierta cantidad de espectadores se escuchaba más o menos bien. Pero si los autoconvocados éramos pocos, había que pegar un chiflido para que el operador se despertara y le diera un poco de gas.

Posiblemente mi cine se parecía mucho a cualquier otro cine de barrio de los que había por entonces… Sin embargo el mío tenía algo especial.

No ocurría siempre, pero cada tanto… misteriosamente… algo de la película que estaba viendo traspasaba la pantalla y se ubicaba en la butaca de al lado… o a lo sumo a dos o tres butacas de distancia. No me daba cuenta cómo ocurría, pero ocurría.

Uno de mis primeros hallazgos fue un sombrero. Poca gente seguía usando sombrero, pensé que un espectador medio chapado a la antigua se lo había olvidado. Pero cuando me acerqué a él y lo tuve en mis manos, me di cuenta que era el mismísimo sombrero asesino de Oddjob, el asistente coreano de Goldfinger.

Miré a mi alrededor, todos estaban concentrados en la película… Discreto, lo escondí en mi campera y lo llevé a casa. 

Extrañamente ni mi papá, ni mi mamá ni mi curiosa hermana se dieron cuenta que traía algo debajo de mi abrigo… así que enfilé para mi habitación, me subí a un banco y lo guardé en el estante más alto de mi ropero. 

Algunos días más tarde, de nuevo en el cine, algo brillaba a unos metros de mi butaca. Esta vez “la cosa” no estaba tan cerca, por lo que tenía que ir butaca por butaca, aprovechando los momentos de más tensión de la película, los momentos en los que los espectadores menos miraban para los costados… 

Supongo que, visto de lejos y en la oscuridad de la sala, parecía una rana que iba saltando de charco en charco… pero la búsqueda valía la pena: lo que brillaba era nada menos que el casco de Peter Fonda, buscando su destino.

Esta vez no iba a ser tan fácil salir de la sala y menos entrar a mi casa sin ser interrogado.  El casco era más que evidente debajo de mi brazo… pero no. De nuevo, nada. De nuevo, al estante del ropero.

Me moría por contarle a alguien lo que me estaba pasando, pero no quería cortar la racha.

De a poco me fui haciendo una colección: la cámara de fotos de Blow Up, unos libros quemados de Farenheit 451, el hueso de 2001, el cuchillo de Norman Bates, la bikini de Barbarella, el carrito de Rosemary… todo iba a parar al ropero (el estante ya no alcanzaba). Nada tenía explicación.

Hasta que un día, fatalmente, desembarcaron los pastores y el cine se transformó en un insufrible “pare de sufrir”. 

Yo ya no era un niño, ni siquiera un adolescente, pero seguía siendo bastante inmaduro. Por lo que un día me decidí y entré en el templo. Quería saber si todavía quedaba algo de aquella magia… alguna clave que me ayudara a descifrar el misterio que me había acompañado durante tantos años. Pero no había nada. Nada de nada. Todo estaba tan vacío como mi ropero.  

La ilustración original es de Humberto Lopardo, Director de Arte en algunas de las agencias más importantes del mercado. En 2003 su trabajo lo llevó a México, de donde regresó definitivamente en 2014. En 2015 realizó su primera muestra individual: Alphabeast.

 

  • Siempre trabajó en publicidad, aunque –cuando pudo- escribió contenidos para televisión y teatro. Fue Director Creativo de las agencias Ogilvy, Grey, DDB y de su propia empresa, y Director Creativo Regional de Leo Burnett. En 2021 estrenará el musical Mr Gardel y el monólogo Piazzolla: una bioparole.

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