Paulo Leminski: El prisma de Descartes

Paulo Leminski, poeta, ensayista y letrista brasileño, fue representante de un singular enciclopedismo tropical y desde muy joven recibió el apodo de “Rimbaud curitibano”. Admirador y estudioso de la cultura japonesa, se dedicó a la práctica del Judo y a la escritura de haikus, así como a la traducción de Matsuo Basho y Yukio Mishima. También estuvo muy cerca del movimiento de poesía concreta y fue uno de los propiciadores del tropicalismo. Compuso temas musicales con Caetano Veloso, y tradujo, entre otros, a Alfred Jarry, James Joyce, Samuel Beckett,  y John Lennon. Su obra cumbre, Catatau, es una de las máximas expresiones de la lengua portuguesa. En esta nota, Normand Argarate traza un perfil del autor. Pero como en Barbaria sabemos del carácter inagotable de Leminski, tenemos preparadas dos nuevas entradas para mañana: una con extractos de Catatau y otra con una entrevista a Reynaldo Jiménez, su traductor al castellano.


Cuando sus poemas se escriben en los muros callejeros, de algún modo el autor ha entrado al círculo dorado que rodea al mundo. Ha logrado entrar en el corazón de la memoria popular qué, con carbón, aerosol o cualquier material, traza irreverente el “fetiche del afiche” y fija en la urgencia, en lo provisorio, un rastro de eternidad.

Es el caso de Paulo Leminski, el maestro judoca de la mejor poesía brasileira. Los muros de su Curitiba natal lo atestiguan.

El polaco que bebía como un cosaco, el perro loco, el que de joven quiso ser Homero, el bandido que sabía Latín. Según su biografía presenta diversas facetas, como compositor de música popular, propagandista de ideas, ensayista que fue un paso más allá del concretismo. En Internet se lo puede ver recostado contra una derrumbada biblioteca de manuscritos antiguos, declarando la naturaleza de “inutensilio” de la poesía, brotando del centro de la vida con emociones sublimes, silenciosas. Recostado sobre un improvisado colchón de libros y papeles explica, como si estuviera soplando una flor, una manera filosófica de vivir.

Leminski es la rara avis de una tropicalía oriental. Se lo puede ver con mostachos nietzscheanos filosofando a martillazos sobre la visualidad del arte, escribiendo poemas que estallan o canciones populares. También como el antropólogo del sincretismo profundo de una selva que todo lo traga, el danzarín de Oggun, el último chamán de los antropófagos, el filho de Santa María, el que dibujó sobre la saudade en el vaivén del mar infinito, el que nacía de la tierra en estrella, sonriendo. Leminski, el autor de las vidas de Cruz e Souza, Trotski, Jesús y Basho, del que siguió los pasos como un samurái que escribía haikus como consignas revolucionarias.

Recuerdo cuando escuché su nombre por primera vez, un día luminoso en Plaza de Mayo en que ardíamos de poesía al sol. Y la posterior lectura de Catatau, una maravilla americana con la extensión de un paisaje en trance. Catatau me tuvo en éxtasis durante siete meses, de la misma forma que en la adolescencia la lectura de El juguete rabioso o En busca del tiempo perdido, me permitió, en largas noches de inviernos, sostenidas con miles de tazas de té, encontrarme con sentidos nuevos, mezcla de sensación física y revelación de un mundo.

Catatau no es un libro extenso, apenas supera las doscientas cincuenta páginas. Sin embargo, su ingenioso mecanismo produce una lentificacíon de la lectura hasta lo indecible, hasta la pronunciación de sílaba por sílaba, en un texto cuya proliferación es desbordante. Una proliferación casi vegetal del lenguaje, donde el sentido es devorado por su propio tropo, en el juego tropical de un Descartes alucinado. No puedo imaginarme el esfuerzo que tuvo que realizar su traductor, Reynaldo Jiménez, para conservar esos núcleos de sentidos que se conectan unos con otros, en una gramática rizomática y mutante, y hacer destellar todas las figuras retóricas que se esconden en cada palabra y que se mueven desde el portugués hasta el castellano en un anarcoirispsicodelico. Un trabajo increíble, por cierto. Capaz de enloquecer a un cristiano en el destello multicolor de un prisma que solo un Descartes nacido del ditirambo amazónico, delirado y fumado, pudo concebir.

 

 

  • Escritor y periodista. Publicó textos de poesías y cronicas. Coordinó suplementos culturales y se desempeñó en la función pública.

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