Puerta espacial

En el sur norteamericano vivía este granjero. Compró el lugar cuando sus fuerzas seguían en pleno apogeo; lo que había aprendido en sus años de trabajo, podría empeñarlos en habitar la granja y sus alrededores, para vivir tranquilo y olvidar dolores, con sus cigarros, sus cacharros de losa, sus mañanas.

Las ventanas y las puertas de la casa conservaban ese sentido del pasado, y si bien estaban un poco derruidas, el granjero no quiso remendarlas. Que la puerta de su habitación no cerrara completamente, no era problema. De ahí que seguía utilizando el pedazo gris de piedra para trabarla, para que no se moviera, heredado de su dueño anterior, aunque jamás había visto una dureza tan liviana de ese color.

Decidió iniciar alguna caza por la zona, con otros granjeros, y le sucedió. Los hogares son verdaderamente propios cuando su habitante puede perderse en sus laberintos, no de otro modo. Uno de los cazadores, a quien el granjero invitó una única vez un vaso de leche bien cargado y tibio, fue el impostor.

Jamás vio sacos tan pulcros, camisas tan pegadas al cuerpo, con las musculosas debajo. Los hombres dijeron ser de la NASA, de dependencias de esa agencia. Le pusieron tantos papeles encima, que no supo qué hacer. Firmó todo, pero bien enojado, como si eso pudiera depender de algo. Luego de las varias visitas, el granjero logró ver sentado en uno de los automóviles, pulcro, al cazador al que había convidado leche tibia.

En unas bolsas de un material jamás visto por el hombre, cargaron la piedra que sostenía la puerta de la habitación; los que lo hicieron estaban vestidos como astronautas, pero con un traje mucho más fino y no de color plata, sino amarillento.

Lo dejaron sin poder cerrar, trabar esa puerta; obviamente que podría usar alguna jarra, una de las sillas desvencijadas, o cualquier otra cosa, pero se modificaría el aspecto de lo que el granjero había conseguido, aceptado, el conjunto, aquello a lo que se había acostumbrado. Que la piedra (se lo aclararon con circunloquios dos veces) debiera ser estudiada, porque no pertenecía a ninguna especie lítica conocida hasta la fecha, era lo de menos para él. Que fuera un pedazo de roca extraterrestre, tampoco le importaba. Ni siquiera los miles de dólares que le darían por permitirle llevársela.

El granjero había vivido para olvidar su vida terrenal, pero algo de otro mundo lo había hecho volver mucho más a este.

El cuento pertenece al libro Galería de Auxilios, (no) editorial. 2019. 

 

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  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

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