Rascar

La editorial Postales Japonesas acaba de publicar Espeluznante. Quince cuentos de terror de Córdoba, que reúne historias de Daniel Teobaldi, Candelaria Jaimez, Carolina Panero, Iván Wielikosielek, Cezary Novek, María del Carmen Marengo, Nicolás Jozami, Sofía Puertas, Pablo Cortez, Virginia Ventura, Guillermo Badwen, Ana Sofía Rey, Leonor Ñañez, Cezary Novek y Gustavo Borga.

A modo de adelanto presentamos uno de ellos, “Rascar”, de Nicolás Jozami. 

 

“Que un gusarapo le ofrece en la pequeñez de su cuerpo partes incomparablemente más pequeñas, piernas con punteras, venas en esas piernas, sangre en esas venas, humores en esta sangre, gotas en estos humores, vapores en estas gotas; que, dividiendo aun estas últimas cosas, agota el hombre sus fuerzas en tales concepciones, y que el último objeto a que puede llegarse sea el de nuestro razonamiento…Tal vez piense que ha llegado a lo extremadamente pequeño en la naturaleza…Yo quiero hacerle ver ahí dentro un nuevo abismo.”.

Blas Pascal. Pensamientos. Artículo XVII

 

La desesperación nunca fue uno de mis atributos. Aunque sé que hay formas y formas de desesperarse. Si estoy en el sótano de la escuela, lastimado, con una pincita de depilar, un tenedor, un pedazo de madera, ya me comprenderán. Explicarse es una manera de ser aceptado. Voy a intentarlo. En el tiempo que me quede.

No era de sentarme a hacer las tareas con los chicos, creo que para eso está la madre, pero esa vez cedí, frente a su ausencia, y debo reconocer que no me vino mal. Apelé a mi escasa pedagogía señalando que lo hecho en los cuadernos estaba bien, y que si no, tenían a la seño para consultarle al otro día. Cuando volvió mi mujer, los chicos ya estaban jugando afuera, con los deberes listos.

-En la escuela me dijeron que hay que revisarles bien la cabeza; desde hace un par de días han visto rascarse a los chicos. Piojos.

Me quedé tranquilo, como lo hacen aquellos padres que se saben exentos de cualquier noticia impropia sobre sus hijos.

-Estuve hasta hace un rato con los cuatro haciendo los deberes, y ninguno se rascó. Todavía no les tocó.

Ella nombró esos productos para lavar la cabeza y me los encargó, sobre todo los que prevenían la llegada de los intrusos.

La cuestión es que, no en mi afán de padre poco hacendoso, que realiza a las perdidas las tareas junto a sus hijos, sino en el de protector de la salud, decidí que -con las tareas bien hechas de tres, uno solo se había equivocado en algo, por borronearlo-, me sentaría a revisarles la cabeza. A los míos los llamaban “los cuatrillizos Varela”, aunque no eran tan parecidos entre sí, pero se volvía fácil la mención, para simpleza de maestras y directivos.

El viernes, después de la nota a los padres por el inconveniente de los piojos en la comunidad escolar, los mandamos a todos lavados con el producto. En su grado, ya que en cada uno de los otros el problema era de una intensidad variable e irregular, los cuatro míos eran los que al parecer no andaban con bichos. Aunque ahora esté rasgándome la piel con el tenedor, en el sótano de la escuela, porque no quiero que lleguen a mí.

El sábado por la mañana, luego del helado de la noche anterior mirando partidos de básquet, como le gustaban a los cuatro, decidí ver cómo venían. Empecé por el primero que se despertó. Lo senté, y mientras se desperezaba y pasaba la lengua por las comisuras, observé una maratón de bichitos. Una cofradía que se encerraba en un sector de la cabeza, pero que desde allí partía y regresaba tras reconocer lugares, en el matorral de pelo virgen. Por un momento agradecí la bendición de haber tenido cuatrillizos varones, porque la cascada de pelo de las nenas habría sido un tobogán interminable para estos incordiosos visitantes. Hice lo mismo con el segundo, con el tercero, y encontré la misma situación: no se rascaban (quizás estos piojos eran distintos, como supe después, o sabían cómo caminar sin molestar).  Al cuarto lo fui a ver a la cama, dormido; le movía el pelo de la nuca, las sienes, y sí, lo desperté. No había bichitos en la funda de la almohada, que me daban ganas de partirla con un sablazo para ver qué escondía, sino que la colonia estaba entera en la cabeza.

Lo demás, lo obvio. La senté a mi mujer, le pedí que ella revisara a los cuatro. Encontró lo mismo que yo, y dijo que iba a ir a hablar el lunes a la escuela. Pero se adelantó: -no vaya a ser cosa que los nuestros sean los que contagian a los demás, y nos digan que no vayan más hasta exterminarlos-. Tenía razón. En las cuatro cabezas había piojos y liendres, de un color entre violeta y anaranjado (los miré con una lupa de gran aumento), como para abastecer a los dos turnos escolares. Raro, porque -al menos yo- no había visto nunca que estos bichitos se movieran de ese modo, ubicando una guardia central, tomando personas a las que no molestaran, para de allí ir atacando y haciendo planes de operaciones en otras cabezas.

Ese fin de semana, les lavamos cinco veces la cabeza con los productos. Se redujeron a la mitad los piojos. Y ahora sí, les pedíamos -al revés de la convención- que ellos se acordaran de rascarse la cabeza, aunque no les picara, en momentos tales como cuando se lavaban los dientes, cuando rezaban, cuando metían un triple en el aro del playón.

El lunes a primera hora, estaba mi mujer a la espera de la reunión. Habló por separado; con los directivos por un lado, con las seños por el otro, con ordenanzas, por otro. Y por último con algunos papás de los chicos. No entendió, como yo tampoco entendí cuando me lo dijo, pero al parecer, había tráfico de información, noticias cruzadas, cosas que unos sabían y que otros no, pero cada uno de los grupos decía manejar un diagnóstico completo de la situación.

-La verdad es que nos sale muy cara la cuota de la escuela para que anden haciendo esas cosas- largó. Me dijo que necesitaban echarle la culpa a alguien sobre lo sucedido, y evidentemente el foco infeccioso eran los cuatro chiquilines nuestros como otros dos cuyos padres no habían ni aparecido por la escuela. Pero mi señora se daba cuenta: los directivos querían sacarse el problema; las seños, resolverlo sin tener nada que ver; los ordenanzas, que se les pagara más por el trabajo de desinfección, porque hasta las mascotas que rodeaban la escuela estaban con bichos rascándose a más no poder, y los padres de los niños afectados buscaban el chivo expiatorio.

–Hasta exageraron; dijeron que caían algunas palomas o encontraban los gorriones muertos en el patio, llenos de liendres y piojos. Dónde se vio que esos bichos se metieran en las plumas.

Hubo dos llamados por teléfono ese mismo lunes, otro el martes por la mañana, y no sólo decidimos no pagar la cuota del mes entrante, sino sacar a los chicos: no mandarlos hasta que se curaran era no enviarlos más a esa escuela. Cuando hablé con el especialista, me dijo al teléfono, al otro día de revisarlos, que tuviéramos cuidado, porque esos piojos eran no sólo resistentes, sino impermeables, hechos para durar. Cuando me insinuó la posibilidad, la oferta que le habían hecho, le dije que si iba a la televisión a hablar por esa boludez, lo iba a ir a buscar. -Hay gente de veterinaria de la Universidad que ha cercado la manzana de la escuela, porque esto va desparramándose como loco-, gritó antes de colgar.

Mi señora compró más productos; nos lavamos los seis la cabeza con eso. Mandamos a pedir otros por catálogo que decían que eran mejores todavía: una soda cáustica para el cuero cabelludo. Los chicos seguían sin rascarse; estaban contentos aunque extrañados de no ir a la escuela; pretendíamos ser cautos y esperaríamos un tiempo para anotarlos en otro lugar. Jugueteaban, corrían, salían a la calle, pero no se rascaban la cabeza. Una mañana, a la semana, mi señora me mostró en la cama el mechón entero de pelo suyo, carcomido, crujiente de animalitos. Dijo que se lo había despegado prácticamente de la cabeza, como cuando sacamos una costra de un pegamento que queda en la madera o plástico. Se le notaba el hueco blanquecino. Me asusté, pero más me enojé. No sé a qué otra escuela podrían ir los chicos; mi señora no los iba a llevar siendo ella la prueba contundente del efecto que causaban las colonias que moraban en sus cabecitas. Con ella iríamos al dermatólogo, que nos derivaría a su hematólogo.

Sigo acá abajo en el sótano, mientras trato de ordenar los recuerdos, como se ordenan las filas de estos bichitos diminutos cuando quieren asolar algo; son armónicos; no tienen necesidad de grandeza. Cuando me abandonen las fuerzas, tras sostener estos palos para ahuyentarlos, estaré en sus manos, mejor dicho, estarán en mi cabeza, reteniéndome.Conseguimos un peluquero, viejo, con las tijeras casi herrumbradas (me alegré cuando vi que estaban así), anteojos culo de botella, espejos grandísimos. Tan viejo era, que tenía sobre una de las mesadas la edición de botellas de gaseosa que habían salido en no sé qué años, las de Crush, y revistas Flash y Antena, como nuevas, depositadas en canastos sobre los rincones del local. Pero, decía, tan viejo, que cuando les cortaba el pelo a los chicos, no se daba cuenta que el pelo muerto se movía en el suelo de baldosas con pintitas: saltaban los mechones, producto de la vida de los animalitos que abandonaban el calor del hogar. Las tijeras que usaba parecían salir más herrumbradas de las cabezas, más negras, pero no: el oscuro faltante era ocupado por la ristra de liendres que se pegaban al metal. Lo que sí dijo el peluquero, una vez que le pagué, con los cuatro con las cabezas como huevos frescos, es que sentía un olor fétido que les salía de la cabellera y que ahora impregnaba el local. En un santiamén, cuando los nenes aceptaron gaseosa que les iba a traer el viejo de la heladera Siam colocada atrás de una cortina de la peluquería, junté como una tromba todo el cabello vivo, lo puse en el tacho de basura y, sin que me viera, tiré un par de vasos de Crush para apaciguar el movimiento. -¡Qué olor feo!- dijo el anciano. -Nunca lo había sentido- agregó al despedirnos, tirando un spray color rosa, que al parecer, por cómo apretaba el dosificador, no lo había usado jamás.

De todos modos los cuatro se rascaban en el auto, y tuve que frenar un par de veces para revisarlos. De los pequeños poros invisibles, lampiños, provenía la picazón que les dejaba roja la cabeza. Al llegar a casa, la madre los roció con vinagre mezclado con trozos de ajo, y les puso de turbante una toalla empapada con kerosene y lavandina. Luego los mandó a la habitación. A dormir.

Llegaron noticias de que en la escuela de los chicos no sólo no habían podido combatir los piojos, sino que se había ampliado el radio: la panadería más conocida, las dos librerías con fotocopiadora, y hasta la agencia de automóviles, cuyas secretarias cambiaban cada dos o tres días, ya que no daba buena impresión estar afuera entregando folletería sin no dejar de rascarse la cabeza.

Fue cuando pasamos del dermatólogo al médico de cabecera de mi mujer, quien le hizo estudios de sangre, y le recordó lo de la hemofilia: estaba bien, pero como agente transmisora, había aparecido una pequeña variable en el factor sanguíneo. “Es algo no tan común, pero sucede en pacientes como usted”, le dijo, y ella se dio cuenta. Los cuatrillizos habían salido con la sangre de ella, con esa pequeña alteración, de allí que los piojos y liendres decidieran asolarlos de ese modo particular. Ninguno de nosotros dos creía en espiritistas, chamanes y mucho menos en esos locos apocalípticos de la televisión en madrugada, pero el médico cerró en su previsión que los piojos galvanizados, las liendres insaciables, habían encontrado los cuatro cuerpecitos, las cuatro cabecitas para morar, nutrirse, “conocer” -dijo el tipo-, más que nutrirse, y con ello luego seguir a otros cuerpos. “Es como cuando se va a otro planeta y el cuerpo necesita desplegar o hacer funcionar distinto los órganos, para aclimatarse y adaptarse, como cuando uno se apuna hasta que el oído se acomoda, y eso se observa y explica en los millones de años que tardó el ser vivo acuático en crear patas por ejemplo para poder moverse en tierra, o el reptil sacar alas para conquistar el aire; la cuestión es que aquí la cosa es mucho más veloz”, culminó.

No llegaron a durar dos días con los turbantes los chicos, que estaban con el pelo un tanto crecido y sarpullidos de liendres ruidosas (hacían ese ruido feo de los murciélagos; quizás copiaban sonidos). Llamó la vicedirectora de la escuela diciendo que, apenas terminara todo, nos harían juicio por haber sido nuestros hijos quienes infectaron la institución, la cuadra, la manzana, hasta se atrevió a decir el barrio.

Los cuatrillizos desmejoraron; llegaron a tomar los últimos yogures en casa y era indigno ver cómo los cereales que se metían a la boca iban infestados de piojos largos como palitos; parecían agrandarse y achicarse a placer; eso también era indigno de ver. Vivían en la cabeza, torso, pubis, debajo de las uñas, donde caminaban como en fila, tal como describí, chocándose para no caer al abismo del dedo. Usé nuevamente la lupa de alta graduación, antes de quedarnos sin los nenes, y les vi las huellas dactilares: parecían laberintos donde las liendres más pequeñitas jugaban y resbalaban. Un espectáculo infernal.

Quedaron tirados en el patio, separados, muertos, pero de un modo raro, como con toda la vitalidad, sanos, recorridos por los bichos en cada momento. Mi señora tuvo el tino de reunirlos y meterlos en un tacho grande para que al menos sus restos estuvieran juntos. Parecía a propósito que a mí no me atacaran (por las dudas yo acá en el sótano me rasco, lastimo con el tenedor, si siento algo extraño); como si el cruce de flujos sanguíneos, de fluidos para constituir a la progenie, tuviera anticuerpos en mí contra los animalitos estos, que ya estaban en tres de cada cinco casas a la redonda de la ciudad. Mi señora logró despedirse de mí con un beso incoloro, de roce, porque desde las encías, lengua y labios le partían la cara los piojos de color violeta y anaranjado.

Eso era, entonces: una epidemia venida de otro lado. En la televisión, (cuando me encerré en el sótano de la escuela, llevé el televisor que tenía más cerca), al chaman que consultamos, porque finalmente consultamos uno, se había sumado todo tipo de líder religioso, espiritual, científico. Una vidente aclaraba que no se había probado cómo había sido la extinción verdadera de los dinosaurios, y acá teníamos la prueba. Las revistas Conozca más conjeturaban tantas cosas, pero nunca esto. Agregó que los bichitos galácticos habían dejado mensajes tallados en piedras en diversos lugares del planeta, y que ella podía descifrarlos; eran el mismo; decían: “tu sangre late en mi idioma”. Esos insectos buscaban a quienes tuvieran esa aleación sanguínea como la de mis hijos, para poder instalarse, y de allí evolucionar rápidamente y continuar su proceso.

Quedaré acá en el sótano de la escuela, sin fuerzas ni para llorar, porque debo guardarla para espantarlos por si quieren venir, o soplarlos, al menos para ver cómo el chorro de liendres hace piruetas en el aire; eso, al menos, me recordará los últimos días de mis hijos. En otra vida, sé que haré más seguido la tarea con ellos.

 

  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

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