[Reseña] La letra es un dibujo

“No abandonaré más este diario. Debo aferrarme a él, ya que no puedo aferrarme a otra cosa. Me gustaría explicar el sentimiento de felicidad que de vez en cuando siento en mí, como ahora. Es realmente algo efervescente, algo que me colma completamente con livianos y agradables estremecimientos, y me persuade de ciertas aptitudes, de cuya inexistencia puedo en cualquier momento, en este mismo momento, convencerme con absoluta certeza” leemos en una entrada del diario de Franz Kafka del 16 de diciembre de 1910. Hay una larga tradición -con devaneos propios de la publicación- de diarios de autorxs, que son un género en sí mismo. Pensemos en el de Anaïs Nin, en el de Gombrowicz, el de Bioy Casares, el de Gide; textos que conducen el asalto lector hacia una intimidad que -por momentos- puede o sabe camuflarse demasiado bien, pero que no logra hacerlo con la excitada indiscreción que la posición de enunciación del retratadx en el diario proporciona al lector.

Diario de la fobia es el tramposo ejercicio de un narrador que dice escaparle a la primera persona, pero no por desconocimiento, sino por un acto kamikaze en la posición de enunciación que busca trasvasar el Yo que cuenta. Hay un acto de justicia -poética y procedimental- en la confección del texto. El Diario está dividido (mejor dicho, emplazado) en tres partes: Diario de la fobia, Excurso y La hora sin sol, respectivamente, último título este que contiene la sección más jugosa y exigente del volumen, en mi opinión.

Las fechas y entradas van de julio a noviembre de 2019; en el periplo nos encontramos con recuerdos de vivencias presentificadas, políticas, sociales, ociosas, culturales, intercalado de cartas, textos ficcionales (algunos no publicados o frustrados, donde percibo un eco de Laiseca, Lamborghini, Wilcock), pases de factura, anecdotarios volubles, ensoñaciones pétreas, anatomía de una enfermedad incordiosa y molesta, recorridos de un flaneur neurótico, discusión sobre el modo y el hacer de la Escritura, su cotidianeidad reflexionada.

Sobre esto último quiero detenerme. Sobre la intensidad con que el hacedor del Diario se introduce en una lucha encarnizada entre él y la Escritura, en la posibilidad de dejar asentado el pensamiento una vez que éste ha sucedido. Maturano ensaya una batalla donde hay hemorragia de sentido, buscando no su disolución, sino la hondura dela capacidad exploratoria. “El Diario de la fobia es un estado, un momento, un pasaje que duele”.

Nos topamos con una productiva y triple traición entre el acto de escribir, sus posibilidades, y los medios con los que ese acto se produce, en lúcidos encuentros y desengaños: “Nuestras herramientas de escritura trabajan también sobre nuestros pensamientos”, leemos en una entrada de julio. Quien aparece en el Diario es un estado fóbico que busca -cual detective-, sorprender la epifanía de la Escritura: “Vengo con la siguiente idea: este texto sin forma que va apareciendo de a tramos -que arrancó como poema, pasó por diario y ahora es esta cosa en desarrollo- (…) este cartoneo de la propia existencia”, sigue en julio. Toda una postura: cartonear de la existencia escrituraria y de su correlato ilustrado (de ilustración) lo que sirva para armar eso que se va configurando, el diario de la fobia en una hora sin sol, la exacta hora sin sol.

El relato interrumpido (Levrero y Chejfec emergen como díscolos guías) cobra forma en la vitalidad y voluntad de plasmación: “Vida y texto en un mismo movimiento. (…) Y esta escritura es afectivamente material y efectivamente matérica, porque está atravesada por mi carne. En eso no hay opción”. El diario es el sentir de alguien atrapado en la Escritura, obnubilado por su abismo: “No sé cómo hacer para narrar los sucesos en orden. Se me desordena el relato en la ansiedad misma de contarlo, y en el puro de que debo seguir trabajando, pero la escritura me atrapa”, vemos en una entrada del 2 de agosto.

El enemigo es el sentido, no la posibilidad de la grafía, la indecidibilidad entre ver la letra como dibujo estetizante o como información; he ahí la neurosis ansiosa del yo que escribe, y que se anima también a la tercera persona en el tramo final del volumen. En el decurso del texto, hallamos también algunos relatos encapsulados que buscan su lugar casi fuera de él. Me quedo con dos: uno está entre las páginas 304-306, donde el narrador fabula, a partir de la elucubración económica que ofrece el abrir y cerrar puertas de auto, un envión imposible hacia la destrucción. Otro, anterior, al inicio del libro, (con el Diario se puede saltear, volver y retornar sin problemas) en las páginas 20-21, donde apreciamos una mezcla psico(tica)délica de la carne y el plomo acumulados con que nos envuelve el sistema capitalista: “La realidad es el encierro de que es esto o la muerte”. “Esa saturación es una malla elástica que tiene una particularidad: al estirarse, sus puntos no se abren, se condensan”.

Maturano sigue escribiendo un postdiario en el diario, antes de la segunda sección, el Excurso. Una travesura macedoniana: “Están al tanto ya del fin del Diario. Pero el Excurso sigue, no sabe hacer otra cosa” leemos en la página 339. No salirse del fragmento inagotable. En La hora sin sol nos empapamos de esa escritura de estados. La unión de escritura etérea y materialidad vital, aparece de forma sublime en una de las cartas que le ha enviado un amigo al propio autor, llamado Atilio, y que el narrador transcribe con extrema devoción: “Voy a ver si agrego un poemita a esta carta, pero no tiene que pasar los dos gramos, que cambia el precio”, escribe Atilio, en una entrada de fines de agosto; la escritura engorda y vicia de ese modo la materialidad del objetivo final, que es el envío.

En la última sección accedemos al poema largo que sigue macerando la idea de la Escritura y el dibujo. Trayendo -que aquí es lo mismo que decir no olvidando- el cadáver de un caballo muerto que ha dejado atónito y sensiblemente reflexivo al narrador al inicio del Diario, escribe Maturano: “Él se regodea y piensa/en versos-esquirlas/contrapuestos a los versos-vestigios/granadas de mano que se encabalgan/o galopan/en formas dadas por la guerra”. El extenso poema tiene sus pendientes, por caso en donde aparece el tono místico, ese estilo laisequiano, donde naves espaciales, ciencia, ciencia ficción e historia se cruzan, casi una versión lavada de aquellos opúsculos de Vön Daniken sobre la existencia de astronautas provenientes del más allá. Efluvios de una población lumpen surgen en el poema,(que tiene sus interludios para fragmentarlo y diferirlo) donde “El texto es un trabajo, en el sentido más noble que se le pueda atribuir a la palabra (…) un trabajo sin alienación, un trabajo interno y matérico al mismo tiempo”. La realidad del Diario de la fobia funciona como la realidad: algo que no existe, pero que sin embargo es perceptible.

 

 


Diario de la fobia
Sebastián Maturano
Editorial Borde Perdido 2020

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  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

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