Se desvanecen los barcos

Hoy me borré del trabajo, fui a ver los barcos.

Me gusta ver los barcos esos días de bajas nubes plomizas, cuando el cielo se torna un reflejo encapillado del mar y soplan hilos de agua que tiñen de oscuro mi terno, tejiendo un manto bazo de papel de seda que cubre el horizonte.

En ese escenario espeso de tiza, los barcos son como pequeños borrones coloridos, inamovibles en el expresionismo de la tela turbia, donde gaviotas y charranes  revolotean  en vuelos erráticos como húmedas cerdas de un pincel que pinta de invierno todo el tejido marino, excepto las franjas blancas tomadas por este misterioso e interminable ímpetu de tramarse y destramarse. Me gusta sentir las azaleas de espuma que se abren mansamente entre mis dedos y me queman de vida la carne, para enseguida desparecer en la arena viscosa que ensucia de sal las vainas del pantalón y devora mis pies en la hondura gris donde penetran las olas.

Me gusta dejar que el áspero sudoeste me recorra el cuerpo, azotando la piel por entre los ojales e insuflando las alas de un hombre-pájaro negro, millones de granos y yo, gotas y una corbata, que remolinan por el aire.

Parto con ellos en dirección al infinito,  perdiéndome en el teatro de niebla y lluvia, en el momento en que bajan las cortinas y los barcos izan sus velas, disparando en mí la reconfortante certeza de que el vacío de la playa es mayor que el mío.

 

Siempre preferí la soledad. Vivía en búsqueda de este estado de desaparecimiento, cuando es posible oír alto la propia voz callada. En la infancia, fui un niño introspectivo. Me gustaba coleccionar cosas sin valor y andar sin rumbo por los parques. No tenía amigos y en los cumpleaños me quedaba sentado al lado de los adultos, observando a los otros chicos jugar.

Una vez, me dieron un perro, pero el murió de tristeza antes de completar un año. Ni siquiera tuvo un nombre, sólo un retrato que dibujé del día que desenterró un gorrión. Me olvidaba de las horas entre los lápices de cera o viendo los dibujos animados. Mis tías decían que yo sería un infeliz o un genio.

Cuando entré en la primaria, descubrí la literatura. Leía de forma indistinta y compulsiva. En la biblioteca, en el horario del recreo, en el ómnibus de ida y en el ómnibus de vuelta. En mi cuarto, llegaba a leer dos libros a la vez. Los profesores comenzaron a usarme como referencia y mi introspección fue tornándose una señal de inteligencia y admiración.

La verdad era que, en la página siguiente, yo ya no me acordaba de lo que había leído en el capítulo anterior. Los libros eran una necesidad, pues son claves para la soledad. A veces, me acostaba en la cama con un libro posado sobre el pecho y me perdía en los recuadros y en los enredos hasta agotarme de sueño.

Era agradable retomar la historia al día siguiente y percibir que parte del enredo fue tramado en el sueño. Durmiendo, yo era un mejor escritor.

Intenté la facultad de matemáticas, pero los libros no me sirvieron para los números. Los años fueron adoleciendo a mis padres hasta tornarlos dos insectos demasiadamente pequeños para la mecánica de la casa.

Tuve que trabajar para comprar remedios y reparar los muebles. Mi primer empleo fue en la fábrica de pantalones. Tenía la función de verificar la precisión de los botones y de las cremalleras. Me gustaba, pues pasaba todo el día solo, forzando las costuras y la senda de los cierres.

A la hora del  almuerzo, me sentaba en una mesa en un rincón con un periódico abierto sobre la misma para alejar cualquier intención de diálogo. La única que insistía era Irene.

Todos los días, quería hablar sobre los hechos publicados, que yo le respondía con hum-huns. De tanto importunarme, acabamos iniciando una relación en que nos veíamos poco, hablábamos en el refectorio y ella me ayudaba en las tareas domésticas pesadas de fin de semana. A mi madre le gustaba Irene. Decía que ella me entendía y me amaba como ella amaba a mi padre, y que bailarían con nosotros el vals nupcial, en el baile de casamiento.

Fatalmente ella estaba engañada. Algunos meses después, mi madre sufrió un infarto fulminante. Al día siguiente, mi padre se despertó temprano, se afeitó, tomó el autobús hasta el edificio comercial más alto, subió el ascensor y se tiró del noveno piso. Hicimos las bodas junto a la misa del séptimo día para salvar las pocas economías que teníamos, amenazadas por la hipoteca de la casa que pendía hacía seis meses.

Con lo de la fábrica, sería imposible sustentarnos dignamente.

Fue cuando un tío de segundo grado, que trabajaba en una secretaría del estado, me ofreció un cargo en el sector de protocolo. Era una trabajo que no requería mucho razonamiento, el salario y los beneficios eran satisfactorios y el horario flexible, aunque el traje y la corbata eran indispensables. Dividía el despacho con dos funcionarios estatutarios, relevándonos en el oficio de numerar los procesos, sellar, comunicar y depositar en uno de los muchos archivos. El despacho era pequeño, de paredes de color pastel y sin ventana,  alfombrada y abarrotada de antiguos muebles de patrimonio. Había tres mesas, una máquina de escribir y un ventilador en mal funcionamiento.  La verdad es que, con el tiempo, me empezó a gustar pasar el día en ese aislamiento remunerado, en el cual casi no tenía que interactuar con las personas y podía perderme en la lectura por horas sin interrupción. Con esas garantías, me vi impelido por voluntades que se armonizaban a los deseos de Irene. Saldé las deudas y recuperé la casa, compramos muebles nuevos, incineré los trastos de mis padres y tuvimos dos hijas. Me torné un hombre de familia, embarcado en una rueda de deberes y nuevos sentimientos, en que la soledad era el acuerdo que incidía sobre lo cotidiano cuando el reloj, en el hall de entrada, marcaba el inicio del expediente de la repartición pública.

Unos dos años después, ese refugio, sin embargo, adquirió una atmósfera claustrofóbica que asfixió al mundo que inventé para mí. La Casa Civil oficializó un comunicado, informando que todos los órganos tendrían que cortar las dispensas. Hubo exoneraciones y todos los contratos fueron suspendidos.

Luego, los funcionarios de mi sector fueron asignados a otras secciones y quedé solo. Está claro que, al principio, me asaltó una euforia sin igual. Me quedaría completamente aislado, inmune a cualquier contacto o explicaciones. Libre para leer, soñar, posar mi espalda sobre el respaldo de la silla y oír solamente mi voz callada. Sin embargo, detenidamente percibí (y era como sofocarse de a poco) que ese estado que tanto buscaba, la soledad, sólo suscita recompensa cuando es conquistado y no impuesto.

La paralización desencadenó la negligencia que ya flotaba sobre las reparticiones,  estableciendo la mediocridad y el desánimo que acomete todo ser envenenado por la burocracia. No había más órdenes de pedidos, fotocopias o llamadas. El expediente se resumía a sentarse delante del reloj y esperar que los punteros empujasen  la masa pegajosa que  era el tiempo. Fui siendo olvidado en aquel despacho sofocante y sin ventana. Apagándome hecho un retrato consumido por los años, una silueta borrada sin reflejo.

La voluntad de aislarme, ese ímpetu de estar apenas conmigo, se deterioró dentro de mí, dejando un vacío que me tornaba invisible no del modo que siempre pretendí. A veces, acontecía que un entregador iba al sector a llevar una correspondencia y se quedaba parado en la puerta, mirando como si no hubiese nadie, hasta irse. Cuantas veces yo pedía para esperar el ascensor y las puertas se cerraban indiferentemente. O cuando alguien precisaba archivar un proceso, lo dejaba con un recado escrito a mano, avisando que había estado allí y la sala estaba vacía.

En casa, el aislamiento ha desencadenado un proceso más doloroso. Junto a la madurez del cuerpo, mis hijas desarrollaban la cruel habilidad de no verme. Se cruzaban  delante de mí como si vistiese la textura del papel de pared o la insignificancia de un jarrón ornamental.

Ya comenzaban las refecciones sin mi presencia, ignorando mis comentarios e incluso los pedidos de pasar la sal. Cuando, por acaso, estaba asistiendo la televisión, naturalmente tomaban el control remoto y cambiaban de canal. Hace dos noches, me encontré a la menor mirando hacia una foto mía con ella y la hermana aún pequeña con una extraña atención, como si yo fuese suspendido en su prematura memoria.

Incluso Irene, que me encontró en el escondite dentro de mí, ahora me olvidaba en sencillas obligaciones y pormenores que suplían el sentimiento de ausencia. Fui desapareciendo. Disipándome como una alfombra pisada, un fantasma en la electrostática de la televisión. No dormía, y ni la lectura me reconfortaba. Comencé a vagar por la calle, en búsqueda de una mirada, un rostro en medio a la multitud, una expresión manchada por ojos nublados capaces de ver lo invisible…

 

Él ve la forma, un borrón, una mancha que aflora en la sedosidad de la neblina y lo asalta un entusiasmo incomprensible, tal  es el vórtice que urde granos de arena y contracorrientes en la germinación de bulbos de loto, flámulas y pétalos que se abren apenas para despedazarse en el

rompimiento,  fragmentos de espumas, espejos-fantasmas que reflejan el  despegar de las alas del pájaro negro, el preludio del vuelo entre los velos bailarines de lluvia fina sobre miles de huellas que se confunden y recorren caminos que nunca existieron, rumbo al roquedo, el aglomerado de piedras y depresiones, cubierto de limo, crustáceos y rocas, donde explotan olas y aciertan astillas perladas en sus espaldas, avanzando contra las cucarachas de mar entrando por desvanes y bordes que dañan las manos confusas, entre el par de zapatos y resbaladas, en escalada hasta la cima, el abismo donde el aire es menos salino, y ella está sentada, brazos envolviendo sus rodillas, el rostro delgado y la  vaina del cabello castaño, dividido al medio.

Es una bella visión.
Es una bella caída.
No deja de ser un punto de vista.
Tal vez uno menos glorioso.
La vida en ciertos aspectos, tiende a no ser gloriosa.
Mi padre solía decir algo parecido.
Su padre es un hombre sabio.
Es, tal vez.
¿Puedo sentarme?


Sabe, subir aquí me da la medida de mi insignificancia.
Para mí, es la posibilidad de desaparecer.
Créalo, no es tan simple.
No es lo bastante difícil.

¿Está viendo los barcos? ¿Los pequeños borrones coloridos detrás del mal tiempo, surgiendo y desapareciendo? Imagine todos los elementos que son necesarios para que eso acontezca. La niebla, la lluvia, el viento, las olas. Todo tiene que convergir perfectamente para crear esa ilusión óptica.

No creo que sea tan simple así.
Yo no consigo impresionarme con ilusiones.
Debe existir una buena razón para eso.
Mi padre es mago, un ilusionista, como él prefiere ser llamado. Su número más famoso es el de la desaparición.
Y has crecido sabiendo que era una ilusión.
Sí. Él era grande en su época.
¿Y dónde está ahora?

Ahora él está inmóvil en la cama de un hospital, fluctuando entre momentos de lucidez, mientras espera por un trasplante que nunca aconteció. ¿Irónico, no? Mi padre se ganó la vida con trucos de desaparición y ahora no hay nada que se pueda hacer para evitar que desaparezca para siempre.

Lo siento mucho por eso.
Creo que esa es la ilusión que aún me impresiona. Pensar que existe algún sentido en la vida.
Sé que no es reconfortante, pero imagine, en todos esos años, cuantas personas su padre tocó con sus números, cuántas vidas consiguió cambiar.
No es nada reconfortante.
Al menos, él te tiene.

A mi hermano Pedro y a mí. Nunca lo abandonaríamos. Mi madre desapareció cuando éramos chicos. Mi padre siempre estuvo muy presente. A pesar de la vida itinerante, de crecer siguiendo la rutina de los circos de ciudad en ciudad, en ningún momento él permitió que imaginásemos que podríamos quedarnos solos. Fuimos enseñados a creer en la comunión y educados a construir un futuro propio. Él nunca nos dejó que siguiésemos su ruta.

Es curioso como vinimos aquí por razones parecidas,  mas con propósitos diferentes.
¿Qué has venido a hacer aquí, un día lluvioso, con traje y corbata?
No lo sé con certeza. Encontrar algo.
¿No deberías estar trabajando?
Debería pero nadie se importa. Ya hace algún tiempo que nadie percibe que estoy allá. Hace tiempo que nadie me nota de ninguna forma.
¿Eres casado?
Sí, la alianza. Tengo dos hijas.
¿Eso es bueno?
No sé.
Debe de existir una buena razón para eso.
Me pasé la vida escondiéndome, intentando desaparecer. Cuando finalmente conseguí, descubrí que no podía volver atrás.
En el número de la desaparición había un fondo falso. Mi padre era sujetado por cadenas cerradas con  candados y erguido dentro de una caja. La llave quedaba en su mano. Cuando la cuerda se rompía, él pasaba por el buraco y caía sobre un colchón. Ese es el secreto.

¿Quiere oír un secreto? Por la noche, cuando sé que todos están durmiendo, voy hasta el cuarto de mis hijas. Agarro una silla y me siento en el borde de las camas. Me quedo horas apenas mirándolas, a veces hasta irradiar el día. Yo no sabía el porqué. La verdad, yo fingía que no sabía el porqué. En el fondo, yo esperaba que una de ellas se despertase  y, en la transición entre el sueño y el despertar, todavía libre de cualquier pensamiento, pudiese verme nuevamente. Saber que yo estaba allí, que aún existía. Pero ahora sé que no puedo revertir lo que me torné. Soy un fantasma en el portarretrato, un muerto-vivo.

De alguna forma es eso que mi padre se tornó.
Es eso que al final nos tornamos.
Y no hay nada que podamos hacer.
Todavía podemos ver los barcos.

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

  • Sérgio Tavares es escritor y crítico literario brasileño. Su primero libro, Cavala, fue ganador del Premio Sesc de Literatura, categoría cuentos. Queda da própria altura, su segundo libro, fue finalista del Premio Brasília de Literatura. También fue ganador del Prêmio Fiesp de Literatura. Tiene cuentos traducidos en inglés, español, italiano, japonés y tamil. Escribe reseñas para los principales periódicos y revistas de Brasil.

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