Summertime (Engañapichanga 5)

 

para Ponta Negra

… and the livin’ is easy…

George Gershwin

… sí, las felicidades a veces están encerradas en pavadas o en cosas más serias, como ayer, cuando con mi amor escuchamos las versiones de Tiempo de verano de Janis Joplin, Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Annie Lennox y una banda, Sublime, en una versión electrónica.

Está tan silencioso el barrio que da miedo, todos, los estudiantes y los otros, los más parecidos a mí, desaparecieron ya hace días, antes de navidad, estarán en sus provincias, en las sierras, en el mar, agobiados o felices de familia, planificando heladeritas portátiles, bolsas de hielo compradas en las estaciones de servicio, fernet, coca, repelentes, bloqueadores solares, asados improvisados en lugares potencialmente peligrosos de incendios por la sequedad, los pajonales, el viento. Todo este silencio alrededor me llevó a escribir, a encontrar el hilo, pero es raro estar tan vivo, tan rodeado de calor, como suspendido en algo colorido, anaranjado, en medio de la soledad, algo no anda bien, ahora sí sudo, pero por circunstancias naturales esta vez, o sea el calor, el estar muy quieto escribiendo sin hacer lo necesario: ir a cerrar las persianas para que el departamento permanezca fresco, a oscuras…

Esta burbuja me aislaría todavía más me parece, ¿le parece? Sigo entonces, la cuestión es a la noche, se pone grave, me despierto sobresaltado, adivino apenas dónde estoy, me revuelvo y me quedo muy quieto esperando que vuelva el sueño, pero no. La noche no porta consejos, es una enredadera de males que voy enrrollando y desenrrollando.

En Ponta Negra, una playa muy aislada de la zona de Paraty, después de Laranjeiras, de Sono, de Antigo y Antiguinhos –que son para turistas–, una playa pequeña que tiene una población solamente de pescadores nativos del lugar, criollos, caiçaras y sus familias, a la tarde extienden la red, despedazada o rota por la jornada, cubriendo toda la arena, los más de cien metros de playa, y los hijos niños y niñas, oscuros, rubios, negritos, de pelos desteñidos por el sol, se acuestan sobre ella y la van reparando, como atrapados en una telaraña, mientras se gritan y ríen y otros, son tantos, antes de ir a reemplazarlos en la tarea se zambullen desde una roca en la piscina de agua dulce que forma un arroyo que baja del morro en medio de la playa. Eso es la felicidad, creo, y no mis noches.

Al irnos al atardecer, cuando vino a buscarnos la lancha que nos había traído a la mañana desde Trindade, sin chalecos salvavidas, sin celular el que manejaba, sin remos, sin nada, de repente el motor murió sin vueltas, o sea que no hubo nada que lo volviera a la vida, y nos quedamos varados en medio del mar, lejos de las costas felices de Laranjeiras, las de los turistas ricos. El mar estaba muy calmo, atardecía rápido y no sabíamos qué hacer, la perspectiva era la de pasar ahí toda la noche, en medio de la oscuridad, mecidos suavemente por ese mar ahora tranquilo pero tan poderoso. Nos vinieron a rescatar poco después, cuando el sol ya había caído, desde un barco pesquero que había intuido nuestra situación de riesgo. Pero minutos antes de ver la luz que avanzaba hacia nosotros en lo negro pensé: Si me quedo un minuto más aquí, aunque rodeado de amigos queridos, saltaré por la borda y nadaré hacia tierra, moriré ahogado por el esfuerzo y el miedo, ah… si no tuviera que morir, si la vida pudiera continuar la eternidad se abriría ante mí, cada instante sería calculado

Al despertarme en medio de la noche lo que siento es el sudor que me cuela, el desconcierto, el no saber dónde estoy, el querer hacerme un té de tilo, un vaso de leche caliente, una infusión con hojas de lechuga si tuviera, dicen que ayuda y es eficaz, el tomarme una pastillita, quiero decir media para no exagerar, sentir la boca seca, las ganas de mear y la inestabilidad de los pasos hasta el baño, el frío afuera mezclado al hervir por dentro, los ojos secos, qué cosa tan rara los ojos secos.

Mis noches no son las de los niños con la red en la playa, riéndose, trabajando y jugando, se parecen más a esta pesadilla de una espera interminable, aunque dure segundos, en medio de la nada, con mi cabeza como un pez aprisionado y boqueando, enredándose en intrigas, conspiraciones y augurios de muerte, con un anzuelo clavado en el cogote.

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

5 comentarios

  • Este fragmento es de enorme riqueza. Sólido y fluido. Elegante en lo sugerido pero a punto de explotar. Expectativa por el siguiente…

    Responder
  • Lo de Toul, lo conozco desde que era chiquito así !!!!.- Enorme calidad, que oficio compañero, ab razos.-

    Responder
  • La noche…nos hermana en el terror y la angustia. Digo a unos cuantos como vos y como yo. Perfecto relato, conocido en muchos sentidos. Gracias

    Responder

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Vuelve al inicio