The Office: El empleo del tiempo

En marzo, algunos devotos notaron que la primera emisión de The Office (2005-2013) cumplía quince pilluelos años. Mientras el COVID-19 desembarcaba en el país y las iniciales medidas gubernamentales suspendían la circulación de trabajadores no esenciales, la serie producida por Greg Daniels nos recordaba que el laburo se lleva buena parte de nuestras mejores (peores) horas. Cuando no estamos trabajando, vemos cómo otros lo hacen.

Hubo otra oficina, anterior, en Inglaterra, en otra serie. Creada por Ricky Gervais y Stephen Merchant, con algunos de los elementos que su hermana norteamericana explotaría, se estrenó en 2001, sin demasiados aplausos. Es posible imaginar a Gervais, a fines de los noventa, escuchando OK Computer (1997). Se detiene en la décima canción –No Surprises– del disco de Radiohead y piensa en eso de un trabajo que va matándote lentamente. Decide reírse de la desgracia ajena (y propia), de los horarios fijos, de los compañeros que se marchitan en sus despachos. La filmada oficina de comienzos de siglo, entonces, como secuela de la oficina de Bartleby, el “pálido funcionario” de Herman Melville.

En la sucursal de Scranton, Pensilvania, pasaron muchas cosas, pero por sobre todo pasó Michael Scott: el jefe, el gerente regional, el cabecilla. Steve Carell tenía más de cuarenta años cuando le llegó la propuesta que lo convertiría en un héroe de la clase trabajadora. Previamente había interpretado papeles más o menos secretos, hasta que el personaje de Michael lo buscó para que lo encarnase. Quiso quedarse, pero se fue un par de temporadas antes de que la serie terminara, y dejó algo que pocos jefes dejan a sus compañeros cuando se van: recuerdos de un extraño aprendizaje.

Reducir a Dwight Schrute (Rainn Wilson) a una suerte de Smithers de Michael Scott sería un error, más allá de las rutas que conectan a Scranton con Springfield. Gerente y subgerente, jefe y secuaz; amigos o enemigos según las circunstancias, la relación clínica creció con cada capítulo. Fan de la cultura popular, Dwight cree en todo lo que consume, con la convicción de un granjero. Tacaño, competitivo y laburante, encuentra en la oficina lo que otros buscan en sus casas, o en el bar: una familia, con todos sus problemas. Sin una figura tutelar, Dwight se extravía en sus (muchas) obsesiones.

Los pasillos de la empresa como laberinto del amor, el juego de la botella diurno de las reuniones de equipo. La oficina se presta para encuentros y desencuentros de rutina.  Pero lo de la recepcionista Pam (Jenna Fischer) y el vendedor Jim (John Krasinski) va en serio. Ambos le aportan a la serie sensatez y sentimiento en medio del caos. Y más. Porque sobrevivir en cualquier el trabajo es duro, pero si alguien entiende nuestras bromas la mochila se hace más liviana.

No menos importante es Andy Bernard (Ed Helms), el corista, el universitario, el enemigo íntimo de Dwight Schrute. No estuvo en el comienzo, pero aguantó hasta el final, en 2013. Como otros personajes, Andy fue ascendiendo en la compañía Dunder Mifflin más allá de los libretos. En las últimas temporadas los productores no supieron qué hacer con él ni con los lugares vacíos que dejaban los que abandonaban el barco. Tampoco acertaron con los que se quedaron. Hoy podemos decir que la serie dio lo mejor en la mitad, aunque en aquel entonces nadie podía saber dónde estaba. Suele pasar eso. Nadie nos avisa que estamos viviendo buenos momentos, quizá irrepetibles, hasta que pasan, y los recordamos, es decir, los volvemos a ver, como a una buena serie.

Dirigida por aplicados artesanos (Paul Feig, Harold Ramis, J. J. Abrams), guionada por ocultos talentos (Mindy Kaling, B. J. Novak) y con un reparto habilidoso (Ellie Kemper, Craig Robinson), The Office no fue prejuiciosa con los prejuicios de su tiempo, tan cercano y a la vez tan distinto al de estos días. Filmada como si fuera un extenso documental, en algunos de sus mejores momentos la serie extrae de la biblioteca de buenas costumbres los manuales de marketing y coloca en su lugar el diario íntimo de Michael Scott, el líder de un grupo que exhibe lo que sucede si se lleva al extremo las enfermizas técnicas que esos mismos manuales inculcan.

En Springfield Confidencial, Mike Reiss, guionista esencial de Los Simpson, escribió: “Solo tengo una sola superstición: no importa el escenario, siempre hay un chiste perfecto. Quizá no sea un gran chiste, pero siempre es el chiste adecuado para el momento. Está en el universo, esperando que alguien lo descubra”. En no pocos capítulos los oficinistas tocaron el cielo raso de la empresa con las manos y descubrieron el chiste perfecto, para el momento (in)adecuado.

  • Licenciado en psicología, Ha dictado cursos y escribe para diferentes medios de comunicación sobre libros, series y cine.

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