Tramas urbanas (1)

Desde hace años Javier Ferreyra recorre la ciudad de Córdoba en calidad de reportero gráfico. Como un efecto indirecto de ese trabajo, en los últimos años fue sacando fotos de gente que camina por las calles de los diversos barrios. Esos disparos captan la curiosidad de un vestimenta, de un accesorio o de un porte. A cada una de esas fotos, a su vez, le ha añadido un texto –a veces más reflexivo, otras más descriptivo o narrativo– que pone en relación la imagen con algún episodio, costumbre o hábito del pasado (una distancia que puede ser tanto de décadas como de siglos). «Todos mis intereses –de la moda al arte, de la semiótica a la gastronomía– confluyen en una unidad reflexiva de la que esta serie de fotos y textos dan cuenta. Registradas a lo largo de los últimos 4 años en la ciudad de Córdoba, sin una finalidad específica ni una idea concreta, fueron formando un espacio de íntima reflexión y desprolija escritura», dice Ferreyra.

1 – 

En la pequeña ciudad holandesa de Delft un pintor muy minucioso gustaba de pintar con parsimonia delicadas escenas íntimas. Para lograr un efecto muy preciso, dedicó mucho tiempo a estudiar las obras del gran Leonardo, y trató de copiar los efectos del sfumatto pero con mayor precisión y sutileza, remarcando las líneas y los bordes y exaltando los efectos de la luz. Para ello utilizaba enormes cantidades de los dos colores más caros y exclusivos de la época: el ultramarino y el bermellón, pigmentos que utilizaba superponiéndolos a las capas de pintura, y con esto lograba esos efectos tan particulares. Johannes Vermeer se dedicaba a pintar, pero para sobrevivir se dedicaba a comprar y vender cuadros de otros. A su temprana muerte no había vendido nunca un cuadro propio, dejándole a su mujer y sus 11 hijos una deuda apreciable. Doscientos años después un oscuro crítico de arte francés detectó sus obras, escribió un pequeño ensayo alabador y tras muchos años de estudios se lograron constatar 34 pinturas de su autoría. Los años de incertidumbre sobre esas obras habían acabado y nadie que se precie de valorar lo visual puede desentenderse de las obras de Vermeer van Delft. Como dócil apreciador de lo visual, los pequeños segundos que duró esta fortuita escena al estilo de Vermeer, exalta todo lo que puedo considerar al ver. (Caseros y Obispo Trejo, julio 2018)

 

2 – 

En la Primera Guerra Mundial, los pilotos de aviación se opusieron a los ingenieros que pretendían cubrir las cabinas con gruesas capas de vidrio. La protección que brindaría la cubierta de vidrio de las cabinas no permitía sentir el aire, la lluvia y el fragor del fuego, por lo que preferían la exposición del cuerpo a las balas enemigas que la ausencia de sensaciones abrasadoras por el aire y el viento. Así como los marineros de la antigua Grecia no querían aprender a nadar, porque eso sería oponerse a los designios de los dioses en caso de naufragio, los pilotos se oponían a acorazar sus cabinas para así ofrecerse al fuego enemigo. Sólo aceptaron la protección de los ojos, cubiertos con gruesos lentes para mirar mejor la trayectoria de los disparos. Una parte importante de los pilotos de la I Guerra Mundial además de proteger sus ojos, adornaban las comisuras de la boca con delicados bigotes cuya curvatura arremolinada era un tributo barroco a las delicadezas de la época. Si a la vestimenta de protección de los pilotos agregamos los pesados sobretodos y las botas, debemos constatar que a la primera impresión de ver a un distinguido pintor de la bohemia parisina de los años 20, se nos impone la noción de un refinado as de la aviación en la primera gran contienda bélica. (Rondeau al 300, agosto 2018)

 

  • Licenciado en Letras Modernas de la UNC, fotógrafo del diario La Voz del Interior, docente en varias instituciones y de diversas materias.

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