Tramas urbanas (3)

Javier Ferreyra recorre la ciudad de Córdoba en calidad de reportero gráfico. Como un efecto indirecto de ese trabajo, fue sacando fotos de gente muy distinta. Esos disparos captan la curiosidad de un vestimenta, de un accesorio o de un porte. A cada una de esas fotos, a su vez, le ha añadido un texto que pone en relación la imagen con algún episodio, costumbre o hábito del pasado.  


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Mientras caminaba por Nueva York una fría mañana de 1971 el neurólogo y escritor Oliver Sacks detectó en pocos minutos al menos tres casos de touretismo, un desorden de los gestos que era común a principios de siglo y que había desaparecido de los anales médicos hacía años. La hipótesis de Sacks era que los tics definían que la gente había perdido el control de sus gestos y las diversas manifestaciones del cuerpo y del rostro se habían convertido en norma. “Una época que ha perdido sus gestos está a la vez obsesionada por ellos” dice Giorgio Agamben. El cine mudo expandía y exageraba los gestos en pos de una mayor expresividad, para decir con el rostro aquello que no se podía decir con palabras. De Buster Keaton a Louise Brooks, de Rodolfo Valentino a ThedaBara, la gestualidad trazaba un mundo mágico de comunicación que evolucionaba sin la necesidad de la palabra. El significado de los gestos se fue borrando de a poco hasta desaparecer. Aún persisten solapadamente en el teatro o evidentes en el mimo, evocando esos tiempos perdidos en los que la manifestación del cuerpo podía ser leída como el desempeño de un papel en el que se asume el control de la materialidad de lo humano. Conmovedora teoría del gesto. (Iglesia Barrio Altamira, agosto 2019)

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Puede parecer insólito pero el reggae y el hip hop tienen el mismo origen: los suburbios desclasados y míseros de Jamaica en medio de los conflictos por la independencia de la Corona Británica. Los muchachos negros se reunían alrededor de tachos de gasolina y golpeaban toda lata que anduviera dando vueltas y hacían emerger los ritmos portados en los huesos y en la sangre carcomida por el odio de los ancestros traídos a la fuerza desde el Congo y Costa de Marfil. Las bandas eran grupitos de amigos tratando de sobresalir, compitiendo entre ellos por una audiencia tan mísera como ellos. Mientras que el hip hop se instaló en los suburbios de Chicago y Nueva York, el reggae transitó del apocalipsis de Trenchtown a la violencia urbana del Bronx y a la aristocrática Inglaterra, aun cuando los músicos cantaban por la liberación de su isla. La diferencia se empezó a marcar por medio de la aceptación del rastafarismo, una religión inventada que seguía el halo del emperador de Etiopía Haile Selassie. Los sonidos desintegrados y las bases rítmicas empujaban los cuerpos y las masas de los seguidores de esta nueva música. Mientras todo alrededor se desintegraba y el Bronx y todo el South Side ardían, el reggae envolvía al mundo en su ritmo cautivador. Pero la verdad, no duró mucho ni quedó mucho del reggae, al contrario de lo que pasó con el hip hop, que aún sigue evolucionando. Bueno, en realidad, si quedaron cosas del reggae. Levemente impregnadas de otros elementos, pero con algo de su espíritu visual. (Caseros al 300, julio 2018)


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Tramas urbanas (1)

Tramas urbanas (2)

  • Licenciado en Letras Modernas de la UNC, fotógrafo del diario La Voz del Interior, docente en varias instituciones y de diversas materias.

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