Un cuentito lumpen

Yo era un boludo grande, eso era evidente. No trabajaba y era mantenido por un sueldo del Estado, por un cuerpo gastado por el Estado, invertido por el Estado, utilizado y exprimido en pos de la patria con verga que canta a su bandera, un cuerpo que mi madre ya no aguantaba y no encontraba mucho sentido a la vida; al igual que yo. Quemar todas las bibliotecas del continente. Matar a mi padre, el imbécil macho que piensa, incendiar la coraza amarga de inútil protector. Verdad que la vida transcurría, y desencantando la posibilidad transformadora del odio, pasaba mis días dando vueltas, y sobre todo haciendo nada, ya que la nada transcurría pero eso no se notaba.

Después de un tiempo de pequeños excesos, suficientes para llegar a algún grado de paroxismo, llevaba poco más de un año en eso que algunos llaman estabilidad. Ésta, es verdad, brinda algunos beneficios, pero es interrumpida por la vida familiar, esa que también brinda algunos buenos momentos pero que generalmente termina brindando con nosotros mismos, como si fuésemos ordinarios vasos de esos vendidos al por mayor, y que los pequeñoburgueses esquivan, ya que prefieren primos a hermanos. En fin, no soy más que uno de esos vasos ordinarios: transparente y frágil, pero que al romperse puede lastimar.

No es cierto que aún dadas estas condiciones no quisiera escapar; pero en donde mayor dificultad encontraba era en alimentar el deseo, tanto que mi cuerpo parecía un motor necesitado de una buena rectificación —y eso que estaba nuevo— aunque con un cansancio particular de ilusiones rotas, repleto de insectos mudos que aullaban por la noche. Sin metáforas, por favor, no me confundan con un poeta, sino con un obsceno tardo-adolescente, con calenturas más o menos dignas, episodios románticos que no sanaban de amnesia, y es por eso la delicada compilación de fragmentos que tengo archivados y confundidos, que esquivo y sin embargo siempre están en frente.

Madre muerta, padre muerto, hermanos muertos, hijos muertos. Y no me vengan con grandes catástrofes ni danza contemporánea. Lloren sus abortos y novios pasados, lloren el verano en el que gustan viajar para desdoblarse en temporada de vacaciones. Pero ya dije, el odio gasta, no transforma, y la mayoría de las veces se termina siendo un moralista en un siglo que nos confunde hasta enceguecernos, y posibilita el canibalismo, práctica en otros tiempos revolucionaria y hoy condenada al mero problema de seguridad o inseguridad o más policías.

 

 

No siendo este uno de mis mejores momentos, ni tampoco, por lejos, de los peores, me dispongo a seguir enumerando cosas sin sentido, ya que el desencanto de todo y lo inexistente de lo nuevo no se detienen. Sigo dispuesto a continuar con esta imperante repetición de cosas inútiles y bastardeadas, así como yo, insecto incestuoso, se dispone a quemar su mundo subterráneo. Es que para ver por debajo es imperioso tener alguna fuente de luz, y la única admitida aquí es la del fuego.

Un insecto no piensa. Una llama no huye. Sólo avanzan. Como las plagas. Como la peste. Mi mamá me ata a la cama y mi hermana me muerde los pies. No es santo el estigma que sangra. No es santo el diablo, ni dios, ni los santos. Sólo es santo el golpe hermano, en el campo de lo triturado y repetido y aburrido y cansado de lo dicho mil millones de malditas veces; y no comprendido y vuelto a decir: que el sentido no existe. Sólo cuando los cuerpos se funden en el deseo hay sentido, y no se piensa. Pero hasta de esto nos privamos o privatizamos. Sangre privatizada. Carne privatizada. Deseo tu cuerpo privatizado, con pelos o sin pelos, con pija, concha y ano, lo quiero, con mis fuerzas que se agotan, que se pierden. No importan los que ya existieron, los que ya escribieron, pensaron, pintaron, atornillaron, esculpieron o escupieron, o crearon o suicidaron o pelearon o bebieron o caminaron, cortaron, enmudecieron. Los gendarmes del orden gritan por sus derechos que contemplan los magistrados, los mismos que anestesian sus narices para dilatar el culo en noches opulentas de cocaína delívery. El semen fue derrochado, desde el principio fue derrochado, y conspiraciones muy atentas supieron aprovecharlo. El semen derrochado no es otra cosa que el jugo atómico que endulza nuestras mañanas. Después de todo esta vida no es tan mala. Estúpido eufemismo. No se puede valorar las cosas bajo los parámetros malo-bueno. Me opongo a esto, y, sin más, quisiera narrar algo que los entretenga entre mordiscos:

Una mujer despierta. ¿Quién es? La madre, que amanece preocupada por el futuro de sus hijos y el suyo. Se queda dormida, sueña. Se da cuenta de lo absurdo de quedarse encerrada. Preocupaciones. Una voz en off le habla durante el día clausurándole toda noción de hacer. Sólo encerrarse, volverse loca, ladrar gente, anticiparse, decir estupideces, gesticular inútilmente; siendo asquerosa ante sus pares, como una cerda hundiéndose en el barro, como una rata que se mete por su garganta y la bendice entregándole el diploma de su lactancia acreditada. Piensa en quemarse las alas con el fuego que la abraza, mientras sospecha que algo sucede: ciertos neurotransmisores comandan una sedición ultra confidencial que tendrá injerencia sobre su piel de un modo insospechado. Si se porta bien, la madre sale a dar una vuelta. Como toda persona bien pensante saldrá adelante, prosperando, dejando frutos frescos en este maravilloso mundo de artificios varios, lleno de bellas y deliciosas oportunidades, esforzando su creatividad para dar una salida ingeniosa a toda la mierda, con crecimiento, salubridad, redes sociales y de cloacas, con afectos concebidos a la plenitud, al ejercicio de la razón, la profesión de madre con el pecho erguido, bien derechito, taquitos juntos, el brazo estirado a los gritos de ¡Avancen, mis camaradas, nada podrá detenerlos! Festejando la enorme dicha de recorrer empresas, hospicios, sedes institucionales, paisajes largos y aburridos, hombres truncos, infieles, frígidos, con el fenómeno caza-bobos a la perfección, orientando el pensamiento hacia delante, estirando la pata para mear en alguna parte. La oportunidad de empezar de nuevo. ¿Y qué hace esta mujer durante el día? Ahora que es una jubilada full time, sólo le queda entretenerse mirándose el ombligo, mientras la vida pasa por su ventana de persianas americanas que abre a las diez de la mañana, cuando va al baño y enciende la hornalla, donde pone la pava y prepara el mate que luego lleva a la cama.

Sorbe durante horas esos tragos ácidos que no logran convencerla de levantarse. Y en ese desayuno se desayuna a ella misma, dando mil rodeos, recordando los años en que llevaba adelante la casa y sus tres hijos, trabajando de Jefa de Mesa de Entradas del Poder Judicial, poder que terminó publicándole una solicitada sobre su propio cuerpo. Un sentimiento megalómano la atravesaba y la convencía, como la convence ahora de quedarse en cama, o de arrastrarse de vez en cuando, para encender una hornalla y calentar agua, o simplemente ir al baño. Antes, cuando sentía que podía colgar de su espalda la historia del país, y se creía la reencarnación de Eva Duarte, era distinto, ella podía con todo, y así era, como en esa gran fransiscada de asís que hizo cuando regaló el mobiliario de su casa, insistiendo en que era ella la auténtica abanderada de los humildes.

Esto terminó pronto, sus días en el juzgado y su militancia en el sindicato la agotaron, la enterraron casi viva, y sobre su cuerpo descargaron rencores los hombres que antes le habían jurado amor y ahora la traicionaban, mirándola con desprecio, esquivándola cuando la cruzaban en algún pasillo, esos pasillos que los días de la crisis de 2001 la vieron arrastrarse como un perro, como mendiga insurrecta, ladrando palabras obscenas a sus podridos compañeros que no hacían otra cosa más que avergonzarse de ella y reclamar por aumento salarial. Y ella se les cagaba de risa con su cuerpo retorciéndose, gritándoles las verdades que no se atrevían a pensar ni a escuchar. Su cuerpo desnutrido los espantaba, era el espanto encarnado, lo que nadie quería ver. El país se derrumbaba y ella insistía en que la escucharan, y como no lo hacían encendía el megáfono que llevaba sujeto al cinturón que sostenía su jean, porque si no se le caía, ese pantalón que meses antes marcaba sus curvas y ahora se  desprendía de su pellejo sin su voluntad, y gritaba.

Gritar verdades en los pasillos de tribunales nunca fue bien visto, ni por los jueces, ni por los ordenanzas; ni por el gobernador que la miraba, o eso creía ella, desde la ventana de su despacho en Casa de Gobierno, atravesando con sus deformes ojos vigilantes el predio del Parque Cívico. Terminó sola, la madre, dando interminables caminatas por su barrio, hasta que algún vecino logró persuadirla de entrar a la casa, donde estaban los demonios, decía.

Quedó sola la madre en la casa vacía de muebles, y dispuso, para exorcizar a los demonios, consagrar un ritual que la libraría del infierno. Ofreció la sangre de su menstruación y, desnuda, envuelta sólo por una toalla blanca que ahora era roja, invocó a los Granaderos de San Martín. Que vinieran a salvarla, pedía.

Ahora es una jubilada por incapacidad. Su pasado raquítico se esconde detrás de la obesidad y la anemia que no la abandona ni un segundo. Su cuerpo ya no puede seducir a ningún hombre, y no aparece el príncipe azul que venga a rescatarla.

 

Los dibujos son de Sebastián Maturano. 

  • Escritor, editor y dibujante. Publicó en poesía Nocturnos (2015), en narrativa Diario de la fobia (2020), y en historieta El descanso del plantígrado (2014). Dirige el sello Borde Perdido Editora en la ciudad de Córdoba.

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