Un cuento suicida

Carlos Lupito era un honesto y auténtico suicida. Pero, aún morirse adrede, implica un verdadero aprendizaje si acaso quieren evitarse mutilaciones indeseadas o peor aún, una sobrevida vegetal de esas que ignoran inclusive el fracaso. Ya sus recuerdos más tempranos daban cuenta de repetidos y torpes intentos de acabar con su vida. Y ciertamente había aprendido mucho desde las épocas tiernas en que tomó su propia orina convencido de que no podía existir en el mundo nada más inmundo y venenoso que aquello. Él mismo se disculpó más tarde y hasta vio con ternura aquel intento en un niño de 5 años. Lo cierto es que desde entonces, desde siempre, tuvo la certeza absoluta de que no le gustaba la vida y defendió sus ideas con tanta pasión, que si acaso hubiera sido otra la empresa, sin dudas, hordas de gente se hubieran alineado detrás de su convicción. Pero en todos estos años, unos 35 hasta la fecha, los únicos que creyeron reflejarse en sus ideas, fueron seres despreciados, en primer lugar, por él. Personas que a su criterio carecían de convicción y hablaban del suicidio como corolario de un entero fracaso. Pero nada estaba más lejos de su visión. Para Carlos Lupito, el suicidio era un modo inequívoco de victoria. Sus ideas no eran provocadas por una emoción desafortunada sino que eran el fruto del más puro razonamiento lógico. Él sostuvo con una tremenda honestidad intelectual, que ese “negocio” llamado vida no le interesaba. Le parecía arbitrario y demasiado azaroso para su gusto. Carecía de lógica y a todas luces no encerraba un ápice de justicia. En este juego no existía modo alguno de ser un buen jugador. Todo dependía de una infinita cadena de casualidades a la que los hombres se empecinaban en bautizar con los epítetos más variados, aunque por cierto el más mundialmente aceptado era sin dudas dios. Así, con minúsculas. Un dios, según él, al que los hombres miraban con la más despiadada indiferencia y lejos de preocuparse por su esquizofrenia galopante, seguían pidiéndole favores. Porque ciertamente, de existir, era el ser más enfermo del que se haya tenido noticia. Sin dudas, alguien que mata a miles con una ola gigante y más tarde se empeña en salvar a un asesino múltiple de las llamas que él mismo provocó, es por lo bajo, un loco.

Pero Carlos Lupito no quería convencer a nadie del mismo modo en que odiaba que trataran de convencerlo. Su objetivo estaba claro y en una de tantas lo lograría. Acaso, la vez que más cerca estuvo fue aquella en que se cortó las venas. Tantos años de experiencia y de profundo deseo le habían hecho extremar los detalles de aquel día. Era Domingo, día de franco. Almorzó con sus padres como el buen hijo que siempre fue y luego terminó de embalar las últimas cosas que le habían quedado afuera, de modo de minimizar al máximo las tareas pendientes de sus deudos. Tan sólo unas toallas junto a la bañera, para envolver su cuerpo, un equipo de música que hacía resonar a Rachmaninoff, una hojita de afeitar o de matar, según se la use y nada más. Ni carta hizo falta ya que se había pasado la vida explicando lo mismo y, por si fuera poco, la herencia estaba bien ordenada en cada caja con tremendo marcador grueso que advertía el destino dispuesto. Llenó la bañera con agua caliente para mitigar el dolor de las venas y se dispuso, vestido claro, a esperar la adormecedora muerte que prometían todos los manuales de medicina consultados. Pero parecía ser que en verdad no existía el crimen perfecto, ni siquiera el propio. Y es que tantos años de proselitismo suicida habían advertido al pueblo entero y cuando su antigua maestra de primaria tocó a la puerta para venderle la rifa anual de los niños abandonados o autistas o desvalidos, (jamás recordaba qué clase de desgracia era) algo le resultó extraño. No era lógico en alguien lógico como Carlos Lupito, dejar la música puesta e irse de la casa. Dos minutos después, los solícitos vecinos habían desbaratado la puerta y Carlos Lupito terminó de cabeza en el Hospital.

Paciente como un buda, lejos de frustrarse, analizó los hechos para sacar de ellos un aprendizaje y mientras lo transfundían entendió que sería muy difícil matarse en un pueblo. Había demasiados samaritanos dispuestos a llevarle la contra. Ya había demostrado, la vez anterior a esta, que tampoco podía confiar en sí mismo, ya que cuando trató de matarse abriendo el gas, y cuando todo parecía marchar a la perfección, una vez dormido, su estómago aprovechó para traicionarlo y lo despertó de golpe con un tremendo vómito que, sumado a la tontera propia de la intoxicación, lo obligó a salir a gatas buscando aire en la calle. Conclusión, hacían falta dos cosas: estar consciente y un lugar anónimo. Con la primera no había problema, y para la segunda, nada mejor que la mismísima Capital Federal a la cual, no lo unía nada en absoluto y eso sí era un problema. Pero alguna vez las benditas casualidades tenían que estar de su lado y así fue como le llegó una carta de Andrés, un viejo compañero de colegio que en un ataque de nostalgia le escribió una emotiva esquela. Pero lo que realmente emocionó a Carlos Lupito, no fue que su compañero de banco le hubiera escrito, sino que hubiera tenido el buen tino de vivir en un piso 16. Eso sí lo sintió como un verdadero gesto de fraternidad. Así que arregló inmediatamente el reencuentro y veinte días después del último fracaso, ya estaba listo para cumplir su sueño, por decirlo de algún modo.

Tocó el portero eléctrico y una voz que delataba la atroz charla que con suerte quedaría pendiente, lo saludó efusivo y le dio paso al edificio con una chicharra. Carlos Lupito entró al ascensor y subió 4 pisos más de los aconsejados. Encontró aún una escalera y al final de ella las verdaderas puertas del cielo o la terraza, que era lo más cerca que estaría jamás de la humana quimera. Se trepó a la pared de un metro de altura y se paró en ella. Miró hacia abajo y entonces estrenó una sonrisa enorme y limpia. No sólo estaba por lograrlo, sino que, además, podría disfrutar de una visión jamás imaginada durante la caída. Era una muerte tan bella que le hubiera resultado pretencioso planearla de ese modo. Sin embargo, se vio tentado de encontrar en ese hecho cierta justicia, ya que nadie más que él, se merecía una buena muerte, tanto había sudado su frente por ese pan. Pero supo, como siempre, que eso también era casual y sin más se tiró.

Y entonces ocurrió lo imposible. Carlos Lupito flotó. Por mucho que lo intentó no hubo modo de caerse. Furioso ya de flotar como un idiota, comenzó a dar saltos con todas sus fuerzas para vencer la maldita cosa que lo sostenía en el aire. Pero nada. Podía caminar, ir y venir de la cornisa al vacío, pero no lograba descender ni un sólo centímetro. Era tanta la bronca que volvió a la terraza y trató de arrojarse desde la pared de enfrente. Pero no había caso. Sospechó incluso que su condición de pueblerino lo estaba traicionando y aquello fuera algún nuevo y sofisticado sistema antisuicidio, típica tilinguería porteña, pero a poco que lo pensó, entendió que nadie gastaría semejante cantidad de dinero por el prójimo y mucho menos por prójimos suicidas. Sin embargo, lo que más le molestó no fue tener que permanecer de este lado del cielo, sino la franca posibilidad de que existiera algo muy similar al destino. Destino que, por lo visto, frente a semejante obstinación, se vio obligado a usar recursos así de extraordinarios.
Porque Carlos Lupito estaba destinado a vivir. Así como otros están destinados a morir y otros… tal vez a escribir.

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  • Autora de TV durante más de 20 años. Dos libros editados "Como el caramelo" y "Da Capo". Actualmente escribe su segunda novela en una casa rodante enclavada en medio del campo (en el partido de Luján). Este cuento forma parte de una serie llamada "Mientras tanto", su primera incursión en el género.

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