Una gran familia

Mamá me lo había explicado. Me costaba entenderlo bien, pero lo que me quedaba, era que al final, todos, las personas que estamos acá, venimos de Adán y Eva, que ellos son nuestros padres y, como dijo mi papá, también nuestra familia, aunque ya no vivan entre nosotros. Entonces supe que el papá de Mariana, el sodero Hugo, la maestra Kuki y hasta Cacho, el arrugado y enojado señor del negocio de pastas de la esquina de casa, eran todos parientes nuestros.

Era difícil igualmente entender lo de la familia tan grande, más cuando aparecían en algunas reuniones o cumpleaños esos primos lejanos, viajados, o los novios de las primas más grandes, o las mujeres que estaban con los tíos arrinconados en las sillas charlando entre ellos y comiendo poquito, como si no nos quisieran, mientras nosotros nos divertíamos a lo loco en el patio o en la vereda de la casa a la que fuéramos.

Pero bueno, esos nombres eran difíciles de olvidar, Adán yEva; no sé cómo harían si vivieran con tantos tantos hijos, y de todas las edades: grandes, chicos, bebés, abuelos, la verdad es que no sé. Pero ellos no están ahora. Y esos nombres eran raros, por eso me los acordaba, tan raros que en la escuela no encontraba a ningún chico que se llamara así, como nuestro papá mayor: ni compañeros, ni padres, ninguno de la escuela. Pero en el club tampoco. Pregunté y pregunté, pero nada; me importaba mucho el tema porque todos los días, mientras tomaba la leche, o en algún recreo, o cuando me acostaba a la noche, pensaba en eso que me había contado mamá, y que papá también escuchaba diciendo algunas veces algo, pero sé que la que sabía bien la verdad, que salía en un libro gordo y de hojas finitas, era mamá.

Una vez en el club le pregunté a los profes y me mintieron, o querían esconderme algo, pensaba yo, ya que me respondieron que familia hay una sola, y lo feo fue que me lo dijeron mirándose entre ellos. A los chicos de la pileta no les preguntaba nada porque ellos capaz que ni sabían esto que sabía yo. Aparte una vez que intenté decirle algo a uno, se me rió en la cara y me andaba haciendo burla con algunos otros que aprovechaban a molestar porque yo siempre les ganaba nadando.

Otro día, casi cuando terminaba la colonia de vacaciones, se me dio por preguntarle a mamá qué vendría a ser nuestro -o mío- el hombre ese con el que había hablado las últimas veces cuando me iba a buscar, y que se iba siempre con Jazmín, esa nena de la otra escuela. Mamá me había dicho que en misa por ejemplo se aprendía a dar la paz, a darse besos con otras personas que eran nuestros hermanos, y que eso yo lo entendería mejor cuando creciera un poquito. La verdad es que a misa no me gustaba mucho ir, y a veces faltaba, haciéndome el dormido, cuando papá entraba a mi pieza cada domingo para despertarme: yo me daba vuelta escondiendo la cabeza abajo de la almohada y esperaba que se fueran -mamá obligaba a papá a que me sacara la almohada para ver si realmente dormía- para pasarme un ratito a la cama grande; ahí podía ver tele, dibujitos o alguna parte de las carreras.

Lo que me había contado mamá me ayudaba mucho cada vez que se armaba lío en la escuela, entre nosotros, o en el club, o hasta algunas veces en la calle cuando jugábamos a la pelota o andábamos en bici, porque cada vez que me tenía que meter no era a pegar sino para tratar de separar y decir lo de Adán y Eva. Desde una vez que fue grande la pelea con los de la otra cuadra, pero que pude frenarla para que no se pusiera peor, la mamá de Mariana, que estaba en la ventana viendo todo, me empezó a decir angelito, y supe que les contaba a los vecinos cómo yo había ido cambiando.

Si los domingos papá y mamá iban a misa, los sábados generalmente a la noche comprábamos pizza y veíamos películas-ellos veían, ya que yo me iba a la pieza a jugar-. No conozco los lugares donde papá compraba las pizzas, porque a veces pedíamos por teléfono, pero me daba cuenta que a ellos les gustaba salir a dar una vueltita en el auto los sábados y les gustaba ir probando las pizzas de cada lugar. A veces hasta ligaba helado. A mí me gustaba mucho la que tenía salchichas -que probé la primera vez en casa de Mariana- o la del azúcar quemada, que por lo visto a mis papás les gustaba poco pero que yo veía que comían en los cumpleaños a los que íbamos y donde había ese tipo de pizzas; seguro que era para no quedar mal con los familiares que hacían el cumple.

Es cierto que algunas vueltas de los sábados eran cortas, otras más largas, y en las últimas a papá se le había dado por poner música. Y bastante fuerte, por lo que no se podía hablar, como antes; había que gritar en el auto para hablar. Por eso yo también decidí llevarme el muñeco de Rambo o el álbum del mundial -al final ya los dejaba en el asiento del auto-. Se bajaba siempre papá a comprar la pizza, y yo escuchaba los gritos de mamá y silencios de papá cuando venía y traía alguna que a ella no le gustaba pero a él sí, o peleaban por otras cosas. Hasta una vez me acuerdo que se bajó ella, fue hasta la pizzería y se trajo media de no se qué, y otra vez se tuvo que ir en taxi hasta casa porque papá arrancó el auto y la dejó ahí. Eso me daba miedo, pensando qué diría la gente que los veían y nos veía haciendo eso, nuestros hermanos, parte de nuestra familia, como me habían explicado ellos, y eso que yo todavía no iba a Catequesis, como ya lo había hecho -y había abandonado- el hijo de Hugo, el sodero, creo que por portarse mal o por decirle cosas a las chicas.

Hacía mucho frío un sábado. Y la pizza tardó más que nunca. Era de esas estiradas y bien finitas. Papá se había bajado como siempre últimamente, golpeando fuerte la puerta, y se veía desde mi ventanilla que había mucha gente comprando. Yo me quedé mirando los vidrios empañados de la pizzería que le habían recomendado a mamá cuando me vino de pronto un vientito frío de atrás. Mamá había bajado su vidrio y llegué a ver el pantalón de alguien que se acercó a su ventanilla. Tuve miedo, pero enseguida noté que esa persona se desprendía la campera y apoyaba los brazos sobre el techo del auto, que seguramente estaba con escarcha. Asomó la cabeza y hablaba con mamá. Era un familiar que yo nunca había visto, pero que me cruzaría capaz en algún cumpleaños, campamento, o en casa. Mamá le acarició la cara despacio, él se cerró otra vez la campera y no me saludó cuando se fue, caminando. Yo lo miré y seguí por el vidrio de atrás, que limpié con la manga de la campera corderito, cuando papá recién salía de la pizzería con una caja alargada.

Le doy gracias a mamá por haberme explicado lo de la gran familia, aunque sabía que nunca iba a poder conocer a Adán ni a Eva, los padres padres. A lo sumo leer cuando fuera más grande ese libro gordo que quedaba en la mesa de luz de alguno de los dos cada vez que me pasaba a su cama los domingos que no iba a misa con ellos. Ya le iba a preguntar a mamá y a papá si en esta familia grande había muchos chicos que como yo sabían que podíamos tener varios papás, mamás, y muchos muchos hermanitos, así no envidiaba más los que tenía Mariana que, aunque no comieran pizzas tan ricas los sábados como nosotros -decía papá seriamente- podían estar juntos, jugar y pelearse hasta que les diera hambre.

Cuento extraído del libro El brillo gemelo. Borde perdido editorial. 2016.

  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

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