Alvear (Engañapichanga 26)

para Perla

 

Pasé unos días en mi pueblo, fui a visitar a mi mamá, a Perla, no quería ir, la verdad, me daba miedo y pena sentirla mal, verla mal. Y todos estos últimos meses estuvo decaída, sin fuerzas, triste, amarga, hundiéndose. El viaje en ómnibus, como el que hice hace dos años –después escribí el libro Perla–, fue igualmente feo, pero de signo diverso: el aire acondicionado no funcionaba, aquella vez me helé, esta vez sudé a chorros toda la noche. Fui sacando fotos del paisaje, de la línea de álamos que aparece en el horizonte luego del desierto eterno. Perla me esperaba en la terminal, era la primera vez que salía de su casa en veinte días, desde que volvió de Mendoza. No quiere dejarse ver. La vi venir hacia mí, buscándome ansiosa con la mirada, me asustó la flacura, es que casi ha desaparecido. Al abrazarla, ¡ah, cabía en un espacio tan chico entre mis brazos!, sentí en su mejilla una lágrima helada. Pero después habló y la voz era joven, alegre, fuerte, y me tranquilicé. Es la que era.

Fueron días raros, como cada vez que voy, en que todo se reprodujo igual o parecido. Dormir la siesta a su lado, vagar por la casa, asistir a todo el orden que intenta dar a lo que dejará, los sobres de papel madera con los nombres de nosotros, los hijos, con las fotos que nos corresponden, los papeles, los recuerdos. Tiene muchos cuadernos con su letra bonita, redonda y apretada a la vez, llenos de poemas que lee de nuevo para mí, para ella. Qué bien lee, simple, sin énfasis, y todas las poesías, todas, hablan de la vida que pasa, de la muerte, de la madre. Se le quiebra la voz a cada momento, se recompone, carraspea y sigue, como me suele pasar cuando les leo algo que amo a mis amigos.

Está el día entero envuelta en carpetas varias, organizándolas, en realidad cambiándolas de lugar después de ver de qué tratan. Recortes de noticias políticas, palabras cruzadas, recetas de cocina, ediciones dominicales de páginas brillantes de los mapas del mundo que quiere regalar a la biblioteca o a alguna maestra de las tantas que conoce. También hay cuadernos de viaje, aquellos que hacía la clase media en los años sesenta, cuadernos sorprendentes por lo que no dicen: Llegamos a Hawaii… el avión salió con catorce minutos de retraso… el paisaje es de ensueño… el hotel en Papeete no es tan lindo como el de Honolulú… el mar de ensueño… salimos a las 15.25 hs. del aeropuerto. Todo así, no se transparenta lo que sintió, velado por la maraña de horarios y nombres. Luego están los cuadernos en los que estudió los recorridos que haría, llenos de Nefertitis, Ramsés y siglos pasados. En medio de esa nada, como ya le dije, están los de sus poesías amadas, recortadas, pegadas, copiadas, las poesías que todos sabemos o hemos escuchado alguna vez, las que giran y giran en las historias familiares, en las voces casi olvidadas de los muchos que ya murieron.

La miro envuelta en papeles, desperdigados sobre la mesa oval, la escucho y comprendo que no solamente de mi padre, que escribía lindos discursos políticos y era un gran orador, ampuloso y fuerte, viene mi deseo de escribir en estos años. Viene también de ella.

No tira nada, todo puede ser útil para alguien, cualquier libro o revista, aunque sabe que ahora basta con tocar un botón para que aparezca cualquier imagen necesaria en las pantallas. No puede tirar, como si tirar algo pudiera desmerecer su vida, el momento de cada elección de qué guardar, conservar, amar, dedicar.

El nietito de la empleada va por las tardes, Perla le cuenta cuentos, le hace memorizar poesías, le exige agrandar la letra, demasiado pequeñita y apretada y me pregunta casi enojada cómo es posible que la maestra no le corrija esa letra tan minúscula… ¿qué, acaso no la ve?

Está muy bien, como si hubiera renacido, no se queda acostada todo el día, se alza sin dificultad de los sillones y sillas, organiza la comida del día, come con gusto sandía para hidratarme y un durazno al día, se le antoja un gancia batido, le gusta dar órdenes, movernos de aquí para allá; se rebela, impreca contra el gobierno, y en ella eso es signo de pura vitalidad, como para todos, creo: desahogarse, atacar, de manera justa o injusta… raro esto, ¿no?… como si el tener enemigos fuera parte de las nacientes de la vida. Por la casa desfilan amigas y amigos, reinas de la vendimia departamentales acompañadas de empleados municipales haciendo su campaña proselitista antes del desfile de carrozas de la fiesta —la llamada Vía Láctea—, ex correligionarios, matrimonios de los pocos que quedan, también la hermosa mujer que le cantó Chiquitita, que le daba tristeza escuchar porque le recordaba la época en que murió su mamá, mi abuela, y que pasa a saludarla y conocerme y al despedirse canta un pedacito de la canción con una bella voz que esta vez no entristece a Perla.

Le apena sí saber que me quedaré pocos días, no se atreve a preguntarme hasta que se lo digo, tarde por esa sensación de culpas y de abandonarla demasiado rápido que me ata; rápidamente pasa el mal trago, se recompone y dice que me comprende… pero no sé qué es lo que siente en realidad. Una traición, supongo, y lo es, en parte.

Me despide en la terminal, el ómnibus demora un poco y cree que va a perder la novela de las 22, la que ve todo el país; me abraza fuerte, camina los cincuenta metros hasta mi casa con Luisito, al que llama su cuarto hijo, y espera en la vereda que pase el ómnibus. Me tiro contra la ventanilla, la saludo, los saludo, se da vuelta sin poder enfocar bien dónde estoy, parece un trompo frágil, toda vestida de blanco, me ve en el último segundo y alza los brazos saludándome.

Me despejo, las nubes oscuras se alejan por ahora, no era justo que su último tiempo fuera tan amargo y lejos de su casa, ella no se merece lo que vivía, esa tristeza; me acomodo a esta nueva situación, está ya en su casa y contenta y ahora, al llamarla por teléfono, le pregunto cómo estás y casi ni me sorprendo de su voz vivaracha: Estoy bien.

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

Un comentario

  • cuánto amor.
    ese nombrar con un registro tan preciso en cada momento, cada acción, hace re/vivir como en resonancia en uno mismo.
    es que el registro trasluce tu sentir.
    y es allí a donde nos llevas.
    hermoso haber tenido ese amor
    abrazo infinito

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