Asaltantes (Engañapichanga 10)

para Samy

Tomé el E5 un poco temprano, no quería llegar de noche, tenía miedo de que me robaran el celular, andar por barrios desconocidos no se aconseja, pensé en dejarlo pero lo llevé. El ómnibus estaba medio lleno de gritos y de mujeres medio gordas, medio rubias falsas, algunas embarazadas o con algún pibe colgado o un bebé amamantando. Me siento sospechoso. Nunca tuve un auto propio y eso a mi edad me pone en desventaja y me alinea con mujeres y pibes, que son quienes llenan los ómnibus en las vueltas a casa en los atardeceres. Espío las concesionarias de autos, nunca dejo la esperanza de que alguna vez sí me compraré uno. Llegando al puente me paro y voy al fondo, unos tipos ahí sentados me miran, me parecen choros, portan cara, se bajarán conmigo para asaltarme, tal vez han visto el celular caro con el que estuve mandando mensajitos a mi amor, tapándolo con la cubierta para que no se vieran las tonterías que nos escribimos: bichito, pichi, bebé, canalla, te extraño, ¿y el amor cómo va?, cosas así. Uno de los tipos baja antes. Me tranquilizo. Me bajé –acá abandono el presente y entro al pasado– en la primera parada después del puente, al 1070, como acordado, y quedé en medio de la nada, un club, una calle silenciosa, Nazareth, lo llamé a Nacho y no me respondió, me había dicho que siguiera hacia la derecha y recién entonces le di la razón, porque yo creía que había que ir a la izquierda, pero la numeración me demostraba lo contrario, estaba al 3400 y había que llegar como al 3000, más o menos. Caminé dos cuadras y de repente estaba en medio de casas muy lujosas, modernas, con mucho vidrio y seguridades, un club de tenis, un condominio llamado Lomas del Norte o algo por el estilo. Mucho árbol y autos de vez en cuando; cada auto para mí era una potencial amenaza de choros conductores, me refiero a los autos más pobres, los de portación de auto. Venía preocupado por lo vacío de todo y me metí el celular en el calzoncillo, no creo que tanteen por delante, aunque seguro es el primer lugar donde buscan. Lo saqué de nuevo, es un lío eso de poner y sacar, lo llamé al Nacho, que me dice que estaba en el centro, que lo esperara en la bajada del bus, pero ya había hecho unas cuadras y no quería volverme y le dije que buscaría la dirección y lo esperaría sentado en la plaza. Por qué mierda se habrá ido al centro si ya era casi la hora en que habíamos quedado en que yo llegara, pienso. Pero no, era más temprano, siempre ando llegando demasiado puntual. Quiero preguntarle por la calle Riesco –que se parece a rischio en italiano que significa riesgo– a una mujer que está sentada en el borde de la calle, leyendo, mientras su marido y su hijito juegan en el asfalto a la pelota. Lindos los tres, ricos, no entiendo qué hacen en la calle si deben tener un patio grande, un patiazo, pero no pregunto nada a la mujer porque pueden creer que soy un asaltante, porque ando caminando, tengo portación de piernas. También al Adri lo asaltaron en su casa, adonde estoy yendo, días atrás, a esta hora, cuando se saca la basura afuera, a la nochecita; salió, venían dos, lo encañonaron, se metieron en la casa, los perros se asustaron y enloquecieron y todavía les dura el temblor, los gatos desaparecieron en rincones o quién sabe dónde; le robaron computadora, celular y plata. Atardece y los colores son hermosos, las casas lujosas siguen y siguen, puro cristal y mucho verde; giro, me meto por una transversal y ahí nomás encuentro Nicanor Riesco, estará a dos cuadras la casa, pero no sé bien, no conozco la altura justa y eso me pone nervioso, me pone nervioso poder perderme y no tener a quien preguntarle. O ser asaltado en las calles vacías de los ricos cuando oscurece. Más adelante veo, parados, un auto de la policía, una camioneta de un servicio de salud y otro patrullero con dos canas adentro. No entiendo qué hacen ahí, tal vez haya alguna sucursal de Ecco, razono sin gollete. Les pregunto, pasando, si saben dónde está la plaza. Menean la cabeza, negando. Sigo. Era lógico pensar que había habido un asalto en la casa que custodiaban, pero no lo pensé, por ahí se me ocurrió que eran ladrones disfrazados de policías, algo que está de moda en estos tiempos. Después Samy nos cuenta que vino caminando y sí habían asaltado una casa y los policías y Emergencias estaban ahí por eso, tal vez había algún herido. Tan loco no estoy, ¿vio? La calle dobló y me encontré en la plaza. Vi un banco de cemento, tosco, pintado de colores, me senté a leer o hacer como que leía, o sea mostrarme inofensivo, para que una parejita sentada detrás de mí acariciándose, en otro banco de colores, no pensara que yo era un ladrón disimulando y espiando el movimiento de la cuadra. La casa del Adri y del Facu tenía las ventanas bajas. Leí siguiendo las marcas –orejitas dobladas– que había hecho en el libro Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller, marcas que señalaban los pasajes que me habían gustado, pensé que el Nacho sería un buen actor para esos textos tremendos, me volví a emocionar con la historia del pañuelo, del chico recluido en el campo de trabajo estalinista que va al pueblo cercano y una mujer le da algo de comer y un pañuelo que era de su hijo muerto. Una vecina flaca y alta salió abriendo rejas y más rejas, se asomó, me miró, se metió, volvió a salir y a mirarme mientras oscurecía, luego salió su hija, la madre se cruzó rápido a meter una bolsa chiquita de basura en un tacho de la plaza, supongo para probarme y ver qué hacía yo, un posible ladrón, mientras la hija, igual a ella, flaca y alta, de pelo corto, se quedaba de guardiana en la entrada de la casa, dura y quieta como un palo y seguramente con un palo en la mano. En ese momento llegó un taxi con el Nacho apurado. Videla, me dice contento, te cortaste el pelo, ¿cómo va?, entremos, ya llega Samy.

Fue cierto esta vez, lo que era triste al principio tenía necesariamente que ponerse alegre al final. Eso es de un libro de Julián López. La cena estuvo muy buena, con detalles rojos y verdes: tallarines fríos con tomate picado, albahaca cortada a mano, aceitunas negras, aceite de oliva, perejil, queso de rallar para rallar. Y la amistad también estuvo buena, con detalles coloridos: tranquilidad, encendimientos repentinos, apasionamiento en la discusión, brindis, el compartir y dejar pasar el tiempo como si se lo tuviera tomado de la mano… y nos reímos, nos reímos un montón… tuvimos portación de risa

 

 

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

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