Atril (Engañapichanga 23)

para Robert Walser

Vuelvo sobre ese tema, el del teatro, es como una espinita que se ha clavado en mi corazón, como le dije ya y le seguiré diciendo, me cansé de ese mundo, y eso que nunca fui muy profesional, quiero decir que no es que actuaba y dirigía todos los días menos los lunes, a veces pasaba meses y meses sin dar funciones, es que la provincia es así, uno es así, y también se ve que lo que proponemos no contribuye, nos vemos entre nosotros, no hay un público de teatro salvo para los elencos oficiales, más bien son los teatreros los que llenan las salas independientes, salvo pocas excepciones los grupos no atraen a un público más amplio… pero no quisiera ahora hacerme el sociólogo, siempre digo las mismas dos o tres pavadas que ni sé si representan algo de la verdad. Lo cierto es que me cansé, ir al teatro casi siempre es una tortura, me revuelvo en el asiento, rehén de una de las situaciones más difíciles de aguantar, o sea la vida que pasa afuera y falta adentro… pero ya de nuevo estoy pontificando, vio… Es difícil respirar verdad en lo que veo, en lo que hago o hacía, el teatro es poco misericordioso, desnuda las carencias espirituales y técnicas, desnuda las miradas vacías que quieren representar lo importante, desnuda la solemnidad. Le quiero pasar un artículo que escribí hace mucho, se llama Concepción personal de la dirección, ahí está lo que siento, en realidad lo que sentía, al actuar o dirigir o enseñar.

Hace unos años, en 2008, cuando presenté mi primer libro, dije, medio en broma medio en serio:

–Menos mal que hay bastante gente. Quiero decirles que he encontrado mi vocación, me costó pero lo logré. Años de actuar en salas casi vacías, frías o demasiado calientes, con espectadores —parientes o amigos— mal sentados, ateridos o sudados, años de caminar arriba y abajo por pasillos desarreglados de oficinas gubernamentales pidiendo una ayudita por favor me tendrían que haber alertado: mi real vocación no son las tablas ni las marquesinas ni Mar del Plata ni Carlos Paz ni la calle Corrientes. Mamá, voy a cambiar de carrera nuevamente, espero que estés contenta, pero te aclaro que no retomaré Medicina, porque creo que el único examen que aprobé, Anatomía, en 1966, con un digno 5 (cinco), ya hace bastante ha caducado en su vigencia. Ustedes tenían razón en decirme que hice mal al dedicarme al cine, que estaba equivocado al hacer teatro. El cine y el teatro, qué sorpresa, no eran, no son, mi verdadera vocación. Voy a escribir. ¿Por qué? Porque tengo más público. Simplemente por eso.

Ahora lo único que me gustaría en teatro es decir. Hablar. Leer. Parado o sentado, de memoria o leyendo los textos, los que amo, de otros y también míos, con un atril y una luz blanca que ilumine lo justo y necesario… tal vez alguna música, una copa de vino para quienes escuchen y para mí. Leer, decir.

También me gustaría ser consejero en teatro, ser un observador capacitado, un supervisor, ofrecerme para dar mi opinión sobre los procesos de los grupos. Otra de las profesiones que hubiera querido abrazar, además de cantar y bailar, es la de ser terapeuta… qué cosa, después retomo esto, o mejor retómelo Ud. Me gustaría que me inviten a ensayos y sugerir desde el criterio ajeno, para que puedan profundizar en su camino. Pero no sé si esto le interesa a alguien. Por eso, como me parece imposible y además desagradable rasguñar las cáscaras, me gustaría más lo del atril, la voz y las palabras. Tener encuentros con gente amiga o cercana, de vez en cuando, en los que, entre otros autores, leería un capítulo por vez de Los hermanos Tanner, de Robert Walser, hace tantos años que quiero hacer algo con Walser… o leer Perla en tres encuentros, o un libro más leve como Toro Muerto… o Chispas, cosas mías o no, poesías de Mariangela Gualtieri, de Vivian Lamarque, ah cómo me gusta, de Wisława Szymborska, ¿vio que son casi todas mujeres?… No, habría muchos hombres también, claro…

 

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

Un comentario

  • Roberto, esa tarea de clínica para gente o grupos es magnífica y necesaria. También escuchar leer autores que uno ama, incluso hablar desde a quienes amó…la voz encuentra enseguida compañeros de alma??

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