Capote: una mirada implacable

Un perfil del genial autor estadounidense. Ilustrado por Luis Lorenzi.

Hijo de una belleza sureña, Truman Persons nació en 1924 en Nueva Orleans. Recibirá el apellido Capote cuando el segundo esposo de su madre (que le prodigará a la señora el lujo y la frivolidad que no había encontrado en la monocorde y tediosa vida provinciana) lo adopte. Lilly Mae Fulk vivió bajo un doble propósito: renegar de su hijo y buscar en sus maridos y amantes la riqueza que le asegurara el ascenso al olimpo de Park Avenue. Esta fue una de las causas de una trama de malentendidos que alejarían a la madre del niño. Una mujer que tempranamente percibió las afectaciones que despertarían su encono y que, paradójicamente, son las mismas que permitieron que el nombre de su hijo llegue hasta nuestros días: afeminado, chismoso, emblema exagerado del antivarón americano y, además -por si hiciera falta algo más-, escritor (primero como inquietud y luego como oficio que contrastaba con la figura que deseaba para él).

Truman Capote fue un personaje de la época y un excelente escritor. Personaje con capacidad para miniaturizar, expandir y adaptar la imagen que creó de sí mismo; una imagen que, a pesar de que en algunas ocasiones se convirtió en caricatura, lo  consagró durante décadas hasta que finalmente terminó devorándolo. El personaje, por momentos, iba de la mano del escritor, en otros períodos ambos adquirían autonomía y, hacia el final, escritor y personaje se encontraron en el narrador de una novela cuyas aspiraciones pueden interpretarse como un estímulo para el comienzo de su final.

La personalidad irreverente

En 1948 había publicado su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, que fue bien recibida por la crítica y se convirtió rápidamente en un best-seller. No faltó el primer movimiento que proclamaba su incipiente virtud para la autopromoción y el escándalo: una extraña foto en la contratapa presentaba a un joven muy bello recostado en un sofá con una actitud entre ingenua e irreverente. Gracias a ese gesto, que parecía demostrar una confianza desmesurada en la sustancia de su escritura y en el impacto de su imagen en los lectores, Capote asombra desde un primer momento. «Voy a salir a la calle con un velo, como una musulmana», declara cuando comienzan los primeros movimientos de un éxito prematuro aunque merecido.

Con el efecto de su primer libro empieza la construcción de una imagen pública que lo lanzará a un mundo de «cisnes», dinero, bellezas, viajes y relaciones con los personajes más importantes de su época. Entre sus amigos desfilan Jacqueline Kennedy, Marylin Monroe, Tennese Wiliams, Cecil Beaton, Barbara Paley, etc. Millonarios, famosos, playboys y artistas de la costa este de los Estados Unidos y de Europa se convierten en actores de la historia y, con los años, se convertirán en intrigantes -muchas veces involuntarios- o en testigos -no siempre pasivos- de la tragedia que encontrará en TC, como lo llamaban sus amigos, a uno de sus autores y víctima principal.

Capote trabajó muy bien las formas que algunos denominan «menores»: entrevistas, retratos, la non-fiction novel, el libreto, e incluso en el prólogo del último libro que publicara en vida escribe que «un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente». No se interesó por la vanguardia, y sus experiencias literarias lo acercaron a la vida de los marginados (principalmente en A sangre fría, historia que tiene como tema el asesinato de una familia de granjeros en Kansas y que asumió como una rigurosa y extensa investigación). Con su edición en 1966 inaugura un nuevo género que, junto a otras formas adoptadas para el tratamiento del material narrativo, lo convierten en escritor para una clase de lector que hoy parece estar en extinción: el lector común, y además le permite obtener un reconocimiento económico casi instantáneo.

Del chisme como una de las bellas artes

 Pero otra historia estaba por comenzar. Durante años estuvo trabajando en una especie de versión americana de En Busca del tiempo perdido. Él sería el Proust de la sociedad norteamericana de posguerra y Plegarias Atendidas, obra que lo aguijoneó desde mediados de los 60 hasta su muerte, debía ser una representación sublime de la alta sociedad que llegó a conocer muy bien. Para escribir esta novela, que quedó inconclusa y solo se publicaron tres capítulos, debía firmar periódicamente nuevos contratos que renovaban la esperanza de sus editores pero que lo hundían cada vez más en el alcoholismo y la drogadicción.

Entre 1968 y 1972 trabajó en los borradores. No quería un género donde los hechos se disfrazan de ficción, más bien su intención era lo opuesto, quitar los disfraces, no fabricarlos. En los años 1975 y 1976 publicó los primeros capítulos en la revista Esquire, pero esas historias revelaban escándalos y deslizaban información sospechosa sobre situaciones que debían quedar ocultas. Capote estaba usando todo su material, pero sin ampararse en el consentimiento de los asesinos de A Sangre fría, sino con la impunidad de quien utiliza y adultera las confesiones secretas de conocidos y amigos. Él mismo lo sabe y lo pone en boca del narrador: «si cambio todos los nombres podría publicar esto como una novela… No tengo nada que perder… Un par de personas podrían intentar matarme, pero me lo tomaría como un favor».

A pesar de haber confesado que abandonó la obra por problemas creativos, también es cierto que fue absorbido por la atmósfera en la que había vivido, y de la que había vivido, y que se le volverá en contra cuando pretenda exhibir el recurso que tanto habían halagado sus amigos en otras épocas: el chisme. En Plegarias…, el chisme, el gossip, ese estilo de ver y de oír que era su marca registrada se dispara en otra dirección. Los hechos y los relatos se propagan siguiendo un rumbo poco preciso y al ritmo de infatigables interpretaciones, relatos y malentendidos creados por la misma sustancia corrosiva que les da vida. El chisme, forma condensada del relato, conecta con el chiste, pero también con la calumnia, y la frivolidad aparece como el motor que pone todo en movimiento, por eso el mismo mundo que lo absorbió y lo toleró lo expulsará con los mismos recursos que él había utilizado. «Lo importante es que a lo largo de tu obra… aparecen personas que  consiguen alcanzar un objetivo desesperado, más solo para que les rebote en contra de ellas mismas, lo cual acentúa y acelera su desesperación». Esta confesión, puesta en boca de uno de sus personajes, resume la situación en que se encontraba cuando exhaló su último suspiro ante la mirada de Joanne Carson, confirmando que «cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y este solo tiene como finalidad la autoflagelación».

Autores

  • Licenciado en Letras Modernas y periodista cultural. También incursionó en la docencia y la escritura de guiones documentales. Publicó el libro de cuentos El fin de la intimidad, y tiene otro más inédito, además de uno de perfiles en preparación.

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

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