Cero en conducta (Engañapichanga 18)

para Jean Vigo y Nanni Moretti

 

          … gracias, me hizo bien, por lo menos no me desquité con sus almohadones… dicen que algunos sicólogos a sus pacientes los hacen golpear sus cojines –cohines–, en el mismo consultorio, y gritar para sacudirse las broncas de encima… deben ser de telas bien fuertes, de tapicería… y con las costuras reforzadas, supongo, debe haber casas especializadas en almohadones para terapeutas así… pero ahora estoy ejerciendo un humor ramplón, ¿no le parece? Yo no me atrevería a hacer eso, creo… ¿y si probamos?, me da miedo destrozar todo. Me gusta más la idea de una guerra de almohadas, de película de cine mudo o de infancia pura, Cero en conducta, de Jean Vigo, 1933. Qué bien, ya encontré la foto que puede ser tapa de este libro, los chiquitos del internado en plena batalla… Truffaut le hace un homenaje a esta película en Los cuatrocientos golpes copiando fotograma a fotograma la escena en la que un grupo de escolares que corren por París se van perdiendo uno a uno en las atracciones de la ciudad, y creo que Nanni Moretti se inspira en Jean Vigo y en Truffaut para el final de su película Ecce bombo… ¿se lo cuento? Aquí va… La amiga de un grupo de romanos jóvenes está pasando por una grave crisis depresiva y ha tenido varias internaciones psiquiátricas; va a visitar a una pareja de amigos, intelectuales chic, que tienen que salir a ver un concierto de los Inti Illimani en una capilla desacralizada, uf, eso ya es el colmo del radicalismo/esnobismo del año 1978, cuando se hizo la película, con Italia llena de exiliados chilenos y argentinos y una moda furibunda y efímera por el folclore latinoamericano. La cuestión es que estos amigos ricos, sofisticados, de izquierda, se preocupan por ella –ella, Olga, toda vestida de negro, inexpresiva y muda sentada en un sillón blanco–, no quieren que quede tan sola en su casa esperándolos, ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de invitarla a ir con ellos y entonces llaman a sus amigos para que vayan a hacerle compañía a Olga. Que no la dejen sola. Al salir para el concierto apagan la luz del living y Olga queda en completa oscuridad, en la que brillan sus ojos fijos. Los amigos se llaman por teléfono, son muchos, establecen una red solidaria y salen, de muy distintos puntos de Roma, hacia la casa donde está Olga, pero se van perdiendo por el camino, uno a uno: Nanni detiene la Vespa y se queda mirando en el Lungotevere –Largotíber– a unos viejitos que bailan liscio –tangos, valses y foxtrots viejos–, como en una película de Fellini –todo es eco de ecos–, otro encontrándose con amigos y decidiendo ir a ver una película que pasan ese día por última vez, uno sigue a una chica que le gusta por la calle y se va con ella –acá ya invento algunas cosas– y así todos… Ninguno llega a consolar y acompañar a Olga, que permanece sentada al oscuro, con su destino incierto… Cero en conducta les aplicaría, si yo no fuera un poco como ellos… no es egoísmo la palabra, es inconsistencia, buenas intenciones mal resueltas, cosas así… me desvío, ¿no?, asociación libre se llama esto, está todo relacionado, venía hablando de los gritos que quisiera dar ante las tristezas del mundo, y de alguno más frívolo, como el de Gucci, pasé a los gritos de los niños en la guerra de almohadas, y de ahí a otro grupo, de casi niños, desconsiderados, egoístas, dejando a alguien con un grito sin salir… Algo cierra.

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

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