Con Aira (Fragmentos de un diario en Facebook)

En octubre, el escritor y ensayista Alberto Giordano publica por la editorial rosarina Iván Rosado Tiempo de más, el tercer tomo de sus diarios. A modo de adelanto, el autor seleccionó para Barbaria las entradas que giran en torno a César Aira. 

 

17 de abril

Nuestros años Aira

El 23 de febrero, César Aira cumplió setenta años. Me resulta tan raro como que yo esté por cumplir sesenta. Cuando nos conocimos, él tenía cuarenta y dos. Eso es lo más extraño de todo, que aquella tarde en el café La Paz, cuando sentí que estaba en presencia de la literatura y no sólo de un escritor, él tuviera dieciocho años menos que los que yo tengo ahora.

Alberto Giordano y César Aira (Lima, octubre de 2013)

En verdad, Aira ya representaba para mí la literatura antes del primer encuentro, desde que lo había empezado a leer. Fue por eso que quise conocerlo. Las cosas podrían haber salido mal. No es raro que un autor al que amamos por su obra nos decepcione en una conversación circunstancial. ¿Qué quiero decir aquí con “literatura”, para señalar en Aira a un representante eminente? Nada que tenga que ver con valores culturales prestigiosos. “Literatura” remite, en estos apuntes autobiográficos, a la idea de que el lenguaje -una frase o toda una historia- puede convertirse en algo que nos afecte inmediatamente, más acá de lo que significa, con la fuerza necesaria como para deslizarnos por un momento fuera del mundo, y permitirnos entrever la presencia de otros mundos, acaso más reales o más encantadores que el que habitamos.

Aunque no hace literatura cuando conversa (sería espantoso), Aira habla cortejando lo inaudito -lo que nunca se nos hubiese ocurrido pensar de ese modo-, a través del comentario de una curiosidad o el relato de una anécdota ligeramente extravagante. Para hacerlo, cuenta con dos recursos inestimables: elegancia en la exposición y memoria prodigiosa, sobre todo cuando se trata de revivir sus hallazgos de lector. Por otra parte, es una de las personas más generosas y amables que conozco. A estas virtudes, antes que a la timidez, atribuyo su decisión de casi no intervenir en la escena pública. Para ponerse a salvo de los compromisos que podría contraer por haberse mostrado bien dispuesto, practica el arte de la sustracción preventiva.

Alberto Giordano y César Aira frente al restaurante Dambleé (Buenos Aires, 2019)

Cuando nos encontramos por primera vez, en 1991, yo había viajado para invitarlo a participar en uno de nuestros congresos universitarios. Le conté que dos chicas de nuestro grupo, Analía y Nora, fantaseaban con escucharlo leer algo sobre Arlt (sabíamos que era uno de los pocos novelistas argentinos que admiraba). “Nunca me niego, si se trata de satisfacer el pedido de una dama”. Y escribió un ensayo titulado “Arlt”, en el que iluminaba el mundo de Astier, Erdosain y Balder desde un punto de vista soberano, completamente distinto a los de la crítica especializada. Había compuesto el ensayo según un método enigmático: “la introyección feliz de lo imaginario”, que consistía en haberse dejado alcanzar por el mundo arltiano “en ráfagas de luz sombría, en visiones deliciosamente escalofriantes”. La clase de método que inventan los escritores para exponer sus hallazgos y argumentar sus humores, y que los críticos usamos después hasta extenuarlos.

La primera vez que vino a Rosario para participar en uno de nuestros congresos, Aira escribió para nosotros. No sólo porque le dictamos el tema, sino porque el despliegue de su imaginación ensayística violentó sutilmente nuestros protocolos de lectores “competentes”, porque su escritura le transmitió a las nuestras entusiasmo e inquietud. Y lo mismo ocurrió durante más de quince años, en cada congreso, jornada o coloquio al que lo invitamos para conocer su versión sobre los temas que nos ocupaban (Puig, el exotismo, el ensayo, la intimidad). Cada vez nos confrontó con la evidencia de que había otra perspectiva, diferente a la del saber académico, más aventurada y perspicaz, para pensar lo que nos interesaba. Pocas veces se tiene la suerte de recibir regalos tan espléndidos. Confío en que habrá sentido nuestro agradecimiento cada vez.

A un escritor con vocación de Monstruo, que el primer grupo en quebrar una lanza por su literatura haya sido el de unos profesores universitarios tiene que haberle provocado tanta gratitud como incomodidad (“¡qué pueden saber estos de literatura, si se dedican a enseñarla!”). De esa ambigüedad entrañable, imagino, salió la novela de aventuras Los misterios de Rosario.

 

7 de mayo

Aira y sus conceptos

Anoche releí Nouvelles impressions du Petit Maroc de Aira para tratar de comprender la significación de un concepto axial, “mito personal del escritor”. Pensaba adoptarlo para comentar las fabulaciones de origen en la narrativa autobiográfica de  Daniel Guebel.

Cuando leía este y otros ensayos de Aira, a comienzos de los noventa, con el mismo propósito pragmático, la impresión que me dejaban era la de una complejidad y una precisión conceptual mayor a la de Barthes y Deleuze, mis teóricos de referencia. Me parecía que Aira les daba otra vuelta a los pensamientos teóricos, un giro literario (como quien dice, un golpe de encanto), y los volvía más verdaderos. Lo incómodo de esta creencia era que no venía acompañada del imprescindible acto de compresión. Aunque trataba de disimularlo, me sentía excluido de ese universo. Por aquellos años, y en los subsiguientes, yo era capaz de dar clases sobre la significación y la fuerza de conceptos tales como los de “devenir menor” o “reversión de la obra sobre la vida”, pero a los de Aira solo los mencionaba de pasada, por el deseo de saludarlos y de al menos señalar el horizonte inalcanzable.

Anoche descubrí, o terminé de descubrir: acepté, que los conceptos de Aira son solo espejismos de conceptos, pura apariencia teórica destinada a la sugestión más que a la transmisión de un saber. Aira inventa pensamientos con apariencia conceptual, como Kafka inventaba alusiones con apariencia de alegorías. La vieja idea barthesiana de la literatura como sistema de significación deceptivo. ¿Por qué me habré sentido inclinado a atribuirles a estos pensamientos un valor de verdad suprateórico, a costa de no poder identificarme con él? Un motivo verosímil: la superstición profesional, acaso imprescindible para el ejercicio de la crítica, de que la literatura es tal porque enseña algo de lo desconocido (si nos conformásemos con que sólo es experiencia de lo que se sustrae al reconocimiento, tal vez deberíamos limitarnos a leer en silencio). Una razón complementaria: la suprema elegancia del estilo aireano.

Lo más curioso de esta microfísica portátil de las supersticiones críticas es que Aira siempre declaró en las entrevistas lo que yo recién terminé de aceptar anoche, que ni él mismo comprende la significación de los conceptos con los que juega. Cuando me topaba con alguna de esas declaraciones, a comienzos de los noventa, daba por sentado que tenía un alcance irónico, en el sentido de la “modestia irónica” que Luckács atribuye a Montaigne. Aún a costa de sufrir cierta impotencia profesional, perseveraba en desdoblar las apariencias y en presuponer una verdad que se me escapaba. De esta clase de malentendidos, sugiere Guebel en una entrevista que le hizo Michel Lafon, habría que echarle la culpa a Borges: “supongo que la hiperlucidez de Borges nos condenó a sus continuadores. Durante un buen tiempo estaremos condenados a la suprema ingenuidad de no dejarnos tomar por inocentes”.

5 de agosto

Con Aira, en Dambleé

Alberto Giordano y César Aira (Lima, octubre de 2013)

En el viaje de vuelta leí Pinceladas musicales, la última y recién editada novelita de Aira. La había comprado un rato antes en el stand de Blatt&Ríos. Una pregunta que se hace el narrador en la página 33, “¿Cómo procurarse optimismo, en la edad de la melancolía?”, podría servir de epígrafe al registro de la conversación que mantuvimos con Aira durante el almuerzo.

Desde hace un año no puede escribir nada nuevo, no puede sostener el impulso hasta el final. En algún momento pierde el interés y deja el relato inconcluso. Le pasó varias veces. Cuando se lo escuché contar hace ocho meses, lo atribuí a la inminencia del cumpleaños. Incluso alguien tan ocurrente y productivo como él podría sentirse amenazado por la impotencia, a punto de cumplir los setenta. Además no es raro que un autor imaginativo, sujeto casi exclusivamente a esa fuerza misteriosa que es la imaginación, se sienta alcanzado por el fantasma de la imposibilidad de escribir. ¿Cómo no habría de temer a veces que las fuentes se sequen y no le quede otra que tener que arreglárselas con el oficio adquirido? Hace ocho meses entendí que se trataba de una crisis transitoria, de la que supuse saldría, mejor o peor, acaso igual que antes, gracias a su vigoroso espíritu de supervivencia. Sigo pensando lo mismo, aunque el paso del tiempo, y las nuevas frustraciones, hayan agravado un poco su sensación de abatimiento.
Se le ocurrió que una forma de salir del impasse podría ser escribir novelas más serias, abandonar el espíritu juguetón. Le pregunté si lo había intentado. Respondió que sí, pero que no le salía. Tomé esa respuesta como una prueba del carácter artificial de la exigencia. “Si hay salida —me escuché decir, como si supiese de lo que hablaba—, va a ser por obra de las ganas, no de una supuesta voluntad de cambio. Si tus juguetes tienen que mutar en algo distinto —no me desagrada la idea—, el impulso vendrá desde de las ganas mismas, no de los reclamos del desasosiego. Para que funcionen, las ganas de algo ‘serio’ tendrían que ser un nuevo avatar del espíritu juguetón. Una de esas cosas que acaso solo ocurren una vez en la vida. En el mejor de los casos, dos”.

Cabeceó, como si estuviese de acuerdo.

22 de septiembre

1992: Aira tallerista

En mis años de formación, tomé un curso de crítica literaria por correspondencia con Aira. Duró solo dos clases. Recibí la primera sin haberla solicitado.

Después de leer un ensayo sobre Felisberto Hernández que yo acababa de publicar, Aira escribió un extenso comentario que tituló “Refutación”. Cuatro páginas dedicadas a resumir mis argumentos, con una soltura y un léxico que los transfiguraba, y otras cuatro a desplazar la perspectiva de lectura, para desmontar las creencias del “crítico ilusionado”. En mi ensayo había intentado señalar la rareza extrema de Felisberto, sus modos de abismarse en los misterios de la estupidez, para exhibir la conmoción de un crítico atraído por esa experiencia. Aira: “Felisberto Hernández es una moneda de cambio con la que nos manejamos perfectamente; es un clásico, así sea un clásico uruguayo; sus relatos han sido recuperados por una retórica que pudo actuar sobre ellos como máquina cosificadora, que quizá estuvo actuando sobre ellos desde el comienzo, desde el momento en que se escribían, o un instante después. Como Orfeo, Felisberto estaba conminado a no mirar atrás, pero le era imposible obedecer porque iba caminando de espaldas”.

Recibí ese presente, por correo postal, durante el verano de 1992. La sorpresa cedió rápido su lugar al desconcierto. ¿Aira buscaba instruirme en las aporías del arte moderno, o la refutación tenía otro propósito que yo no alcanzaba a inteligir? ¿Acaso saldar la deuda que su literatura había contraído con la de Felisberto, a través de un expediente indirecto? ¿La poética aireana de la “fuga hacia adelante” declararía la caducidad estética de la “marcha de espaldas”?

Autor

  • Nació en Rufino en 1959 y vive en Rosario. Es crítico y ensayista. Entre sus libros se encuentran Manuel Puig, la conversación infinita, Modos del ensayo. De Borges a Piglia, Una posibilidad de vida. Escrituras íntimas, El giro autobiográfico en la literatura argentina actual, Vida y obra. Otra vuelta al giro autobiográfico, La contraseña de los solitarios. Diarios de escritores, El pensamiento de la crítica, y tres volúmenes con sus diarios, originados en posteos de Facebook: El tiempo de la convalecencia, El tiempo de la improvisación y Tiempo de más.

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