Dos vocales (en respuesta a la nota de Sebastián Maturano sobre el ciclo «Las fuerzas Magnéticas»)

Soy cordobés y ando sin documento
porque llevo el acento
(el acento lo llevo con un marca registrada)
de, de Córdoba capital
“Soy cordobés”. Rodrigo

I

 

Aunque llegue un poco tarde, esta es una invitación. Más que a leer, a debatir, a entrometerse en el asunto. Quiero que quede claro desde el principio. Voy a sumar y a responder a la nota escrita por Sebastián Maturano (publicada en esta revista digital, link: Siempre es una red ) sobre el ciclo realizado por Guillermo Bawden titulado Las fuerzas magnéticas, cuya pregunta inicial -y final- es si existe eso que damos en llamar “literatura cordobesa”.

Tres cosas para entrar: vi completo y seguido el ciclo, con esas ansias afiebradas de totalidad; me dejó gusto a poco (quizás es uno de los puntos del producto ¿y de la temática?; Bawden mismo dejó entrever que continuaría la cosa) y eso es lo que quizás tienta a intervenir; segundo: el título hunde sus cimientos en la idea de imantación, de aquello que empuja a otra cosa, que la impulsa. Luego de verlo, interrogo: ¿no será Buenos Aires, la capi, -CABA después de la pandemia para todxs-, ese imán cuya fuerza premeditada decide lo que quiere acercar hacia su centro? Tercero: el nombre del documental tiene por un lado el eco de uno de los primeros libros de Luciano Lamberti, cordobés del interior emigrado a Bs As, titulado Los campos magnéticos, aunque parece remitir exclusivamente a ese libro canon de cuentos publicado hace más de un siglo y titulado Las fuerzas extrañas, del -cordobés emigrado a Buenos Aires- Leopoldo Lugones, como escribe Maturano. Un poco más lejos, podemos traer aquel experimento surrealista de Bretón y Soupault cuyo título es exactamente el mismo del de Lamberti. Y ya que estoy, cuarto: Bawden es narrador y poeta, además de activista cultural, y tiene su mapeo para armar este ¿primer? ciclo con entrevistados. Creo que si cada entrevistadx tuviera la posibilidad de hacer lo mismo, disponer de opiniones, miradas, perspectivas, armaría su cartografía de literatura cordobesa (contemporánea y/o retrospectiva) y he allí que estaría bueno ver repitencias ausencias, justificaciones, amiguismos, etc. La piedra está lanzada; hay que ver cuánto se aleja y/o acerca del imán literario.

 

II

 

Maturano hace en su nota una descripción ordenada, buscando limpiar un poco el terreno que queda -o que no queda- en el marco del ciclo. No va a hablar de él mismo en su texto, pero creo que su participación en el documental es una de las más interesantes. Amplifica la cuestión: la pregunta sobre si hay o no literatura cordobesa, implica que pueda hacerse en Tucumán, Río Negro, Jujuy, Neuquén, Argentina, e implica la pregunta por “la” literatura argentina. Es momento de traer el título de esta nota. Dos vocales. La primera y la segunda: La “a” y la “e”. La literatura cordobesa existe, eso está claro: Capdevilla, Lugones, Filloy, Baldovin, Andruetto, Smania lo certifican y riegan ante cada quién que desee escribir “en cordobés”. Pero hay otra pregunta que yo formularía así: ¿Qué es lo que puede escribirse únicamente acá y tendría un eco y una particularidad que soporta el deslizamiento por entero de esas “fuerzas magnéticas” centrales?

Chacho Marzetti pone en su intervención el caso del poeta Lucas Tejerina y luego el del autor riojano Daniel Moyano; dice que a Moyano se lo edita acá en Córdoba, eso es un movimiento cordobés, y deja entrever que lo que ha escrito sólo pudo hacerlo acá; en el mismo sentido -aunque a la inversa- pienso en Andrés Rivera, quien vivió y escribió bastante acá, en barrio Bella Vista, pero no por ello diremos que su literatura es cordobesa; Rivera (con ese bife de chorizo mariposa y ensalada de radicheta en bares porteños) escribe en porteño. Lo que define a la literatura de un lugar, no es poner el lenguaje a disposición de un atributo esp(a)cial sino esp(e)cial, cambiando una sola vocal, tratando de armar una trinchera discursiva, mental, sentimental, que revoque, repela, o confronte ese “magnetismo” para ser leídos desde el centro como cordobeses, salteños o rionegrinos. Es decir: la literatura de un lugar será el espacio construido por el lenguaje que “haga” ese lugar; quien sepa, pueda, le salga ponerle las riendas a esa masa de habla, de escritura, de experiencia que “es” tal lugar, se ganará el gentilicio. Dos casos: primero, el de la narradora tucumana Elvira Orphée, quien con sus novelas hace de su tierra norteña un friso oral de magia y destrucción, obliterando poéticamente las posibilidades de una redención que adquiere siempre el lugar de lo inalcanzable. Segundo, el de Ricardo Zelarayán, quien con La piel de caballo por ejemplo construye un lenguaje que demuele lo urbano (del mito si quieren) y hasta lo provinciano (del mito también si quieren) pero sin dejar de ser plebeyo, pueblerino (costumbrista). Déjenme transcribir pasajes de la contratapa de la primera edición de la novela, publicada por primera vez en 1986: “Narrador, poeta y panfletista anónimo, verborrágico, sordo y ya veterano. Entrerriano de nacimiento y para siempre salteño-tucumano de tradición y santiagueño de vocación. Exiliado desde hace años en Buenos Aires. Conserva intacta su cuota de provinciano resentido y, según él, mantiene firme su condición de marginal casi inédito (…) Insiste en que, a pesar de su sordera, trata de escuchar y sacar partido de la otra cultura (la oral), manejándose con procedimientos musicales más que literarios: armonía, contrapunto, disonancias, politonalidad, polirritmia”. Zelarayán es entrerriano, pero su escritura hace no un “espacio” del interior, sino un “lenguaje” del interior que se posa en las vidrieras de la meca lingüística de Buenos Aires y logra ese efecto, una especie de “obsesión del espacio” que es, dicho sea de paso, una buena definición para cualquier “literatura regional”. La obsesión da a la escritura su tono esp(e)cial y no esp(a)cial.

 

III

 

Alejo Carbonell es quien indica en el ciclo que las dos novelas más importantes del último tiempo, sin localía digamos, (agrego yo donde podemos leer cómo ha sido leída Córdoba desde acá), son la de Jorge Barón Biza, El desierto y su semilla, y la de Carlos Busqued, Bajo este sol tremendo, que Maturano menciona también en su nota. El itinerario de publicación y escritura de la novela de Barón Biza, el “magnetismo” que infundió Córdoba en la construcción desgarrada de esa lengua lo convierte en local. Busqued centra su acción en el pueblo chaqueño Lapachito, aunque la trama flirtee por sitios (ahuecados de hastío) de Córdoba.

Volviendo al documental, Flavio Lopresti -quien hace de sus personajes máscaras aletargadas de un yo invadido por una ubicua y mordaz insatisfacción- dirá sin vueltas que uno escribe acá pero que está buscando y desea ser leído afuera, en otro lado. El magnetismo, el magnetismo. Las respuestas de los invitados en este primer ciclo elaborado por Bawden y equipo bordean periferia y centro; se rescata el trabajo de las editoriales independientes y la insistencia casi obsesiva sobre cómo o desde dónde formular la pregunta, algo que Maturano visibiliza en su nota. A su idea de red yo elijo llamarla camino; lxs autores van sembrando un poco de brea, que debe secar -el canon es perezoso, decía Tomás Eloy Martínez- para así continuar la senda y no quedar pegado, amotinado en la moda.

No hay literatura regional, hay lenguaje que configura el decir de un lugar haciéndolo estallar. Me gustaría cerrar con aquella frase de Paul Claudel, quien dijo sobre un texto griego vaya si canónico: “no fueron las palabras las que hicieron La Odisea, sino La Odisea quien hizo las palabras”. La literatura cordobesa no es lo que encierra un suelo, lo que sale de un esp(a)cio geográfico mental, social, virtual, sino lo que sale de una esp(e)cie lingüística: construir, mantener, esculpir ese acento que -paradójicamente- puede darlo la obra finalizada y leída, no surge premeditadamente en el proceso de su constitución.

Agradezco a Manuel Ignacio Moyano, quien me recordó los versos de la canción de Rodrigo, que salen como epígrafe y que fueron la punta del ovillo para esta breve intervención.

Autor

  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

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