El desfile de los triunfos, el viaje del tarot

 

Francesco Pesellino, Triunfo del amor, la castidad y la muerte

La procesión pasó por debajo del arco de la puerta principal de la ciudad, el emperador encabezaba la columna, seguido de sus cuatro generales, detrás de ellos un carro tirado por dos caballos cargaba a la reina, mientras unos pequeños querubines alados tiraban dulces al público amuchado ante el espectáculo. Más atrás venían los carros alegóricos: los enamorados, la muerte cabalgaba con su guadaña, el Papa y la bruja peleaban por el trono, entre ellos danzaban con llamativos escudos y vestimentas los representantes de la nobleza de la región. Como el desfile de un circo que llega a un pueblo, esta mezcla de saltimbanquis, actores y acróbatas, asumía el gesto adusto de un noble o la locura de un pordiosero, reconstruyendo la tradición perdida desde tiempos del César.

En esa Italia que arañaba al renacimiento y aún estaba lejos de ser un país, sino un rejunte de reinos, ducados y tierras papales, se ponían de moda estos desfiles carnavalescos llamados triunfos. Tal es así que el propio Petrarca dedicó una serie de poemas a estas procesiones:

Pasan las pompas vuestras y grandezas,

pasan los señoríos y los reinos,

y todo con el tiempo se interrumpe;

 

no favorece al digno ni al indigno,

y sólo carcome lo de fuera,

sino incluso el ingenio y la elocuencia.

 

Huyendo así, consigo arrastra al mundo,

y no se para nunca ni se vuelve,

hasta veros en polvo convertidos.

 

El renacimiento fue un tiempo muy controvertido que, como quien se despierta y se sacude el polvo del tiempo, buscó en el pasado lejano y los presentes distantes, un modelo para construirse. Fue así que recopiló influencias que venían de los antiguos griegos y romanos, de los contemporáneos árabes y mongoles y hasta la lejana China tuvo su influjo, importado por los viajes de Marco Polo que la describió con belleza y misterio. 

Ahora propongo que entrecerramos los ojos para empezar un pequeño viaje en el tiempo y el espacio, mezclando un poco de historia y otro poco de leyenda. Volamos hasta el lejano oriente unos 400 años antes.

Hay un harem en la china imperial y corre el año 969, las concubinas de su majestad Mu-Tsung se aburren de lo lindo mientras esperan su turno para complacerlo, mimarlo y escuchar sus largos cuentos sobre triunfos y derrotas (que seguramente nunca tuvo y sólo le gustaba contar para parecer más importante debido a su baja estatura y panza prominente). Una de ellas, en una salida por el mercado ve cómo unos comerciantes juegan a un extraño juego con unas fichas de hueso. En seguida detiene a su séquito y les inquiere de qué se trata ese ajetreo, ellos le contestan que juegan al ya-pae o boleto de hueso. Intrigada les pide que le enseñen a jugar y al poco tiempo se vuelve furor en el harem donde todas las concubinas apuestan los regalos que les hizo el emperador en este primitivo juego de naipes. Cuando Mu-Tsung se entera, furioso prohíbe el juego, ya que notaba que ninguna le daba bola y que poco les interesaban sus regalos de jade y seda, total encerradas en el harem para qué los iban a querer.

Gajinfa mongol

Sin embargo el juego llega a los oídos de los mercaderes persas que siguen la ruta de la seda y pasan largas noches en la estepa afgana rodeados de camellos y aburrimiento. Cuando arriba al territorio de Irán se convierte en Ganjifa, el juego que hasta ese momento sólo tenía un palo adquiere 2, 3, 4, y en algunos casos hasta 8. Pasan a ser encabezados por un rey y un visir y el juego, ahora de naipes, impresos en hojas de palma o papiros o cuero, se complejiza. 

Mientras tanto los mongoles invaden China y se llevan de paseo a los naipes hasta la India, donde lo juegan en las cortes, en fichas circulares de marfil con incrustaciones preciosas.

Corre el siglo XIV y aunque la baja edad media parece que nunca termina, ya el contacto con Oriente es indeclinable y con ellos no sólo llega la seda, los fideos y la pólvora sino el ajedrez y las barajas. 

La baraja Mameluca

De hecho, proliferan los edictos en Florencia, Siena, París, Regensburg, Barcelona, Lille y Valencia prohibiendo los juegos de cartas a partir del 1300. Parece que todo terminaba en batallas campales en los pueblos cuando alguno de los jugadores había perdido más de lo aceptable. Aunque sólo transcurren 30 años para que los naipes o naybs en árabe, se jueguen ya libremente entre vulgo y cortesanos.

Las barajas iban variando en sus palos y sus figuras según la zona donde se jugaban, los chinos los imprimían en papel billete, los indios tenían las reencarnaciones de Vishnú, jabalí, león, enano, hacha, eran 10 en total. En la década de 1370 se cree que los naipes usados por los mamelucos entraron en España e Italia, donde ya estaban organizados en los 4 palos que conocemos, oro, bastos (en realidad eran tacos de polo), espadas y copas.

Tarot Visconti-Sforza

Ahora podemos volver al inicio de la historia, ya en el renacimiento al norte de Italia, en Milán más precisamente. Tenemos los desfiles de triunfos y las cortes donde los naipes ya son jugados de manera natural. Tenemos también un duque, Filippo Maria Visconti, que se dedica entre intento e intento de conquistar Venecia y Florencia a recopilar esos naipes, armar sus propios juegos como el de los XVI triunfos (baraja de los dioses o Michelino), el primero del que existe documentación, y con ciertas inclinaciones hacia el simbolismo místico que también estaba de moda en la época.

En su baraja va alternando figuras terrenales como el emperador y el Papa, virtudes como la templanza y la justicia, con los astros y representaciones de los dioses greco-romanos. De pronto esto puede parecer medio rebuscado pero no era muy distinto  que el desfile de triunfos que entraba cada tanto por las puertas de la ciudad acompañando festejos de victorias, casamientos o el corpus christi.

Se supone que para la boda de su hija con Francesco Sforza manda hacer la primer baraja de tarot que aún se conserva. Con los triunfos (luego llamados arcanos mayores) que se inspiraban en estos desfiles carnavalescos y le imprimían la impronta cultural de la época. La misma que, aunque sin buscarlo condensaba varios cientos de años de historia que empezaron en aquel harem chino, pasaron por el mundo musulmán y las hordas mongoles hasta llegar a las cortes europeas. Con el final de la edad media surgía un nuevo hombre que estaba ávido de nuevas aventuras, conocimientos y cuándo no, diversión.

Tarot Jean Dodal

Tuvieron que pasar unos años más, con un tal Gutenberg de por medio inventando la imprenta, para que los primeros mazos de tarot se imprimieran en Francia. Así surgió el llamado tarot de Marsella adquiriendo su estilo definitivo, más simple para poder ser xilografiado y reproducido infinidad de veces hasta llegar a nuestros días. También se desprende de ahí la baraja francesa y española.

Mientras tanto lo que era simplemente un juego terminó mutando en un arte adivinatoria, a caballo de un siglo XVIII prolífico en la creación de un pasado idílico y romantizado. Personajes como Gèbellin y Etteilla reclamaron para las cartas un origen egipcio, hablaron de un vínculo con un supuesto libro de Toth y dejaron tierra fértil para que místicos, soñadores y chantunes escribieran páginas y libros sobre el tarot. A lo largo del tiempo se crearon nuevas (y bellas) versiones de los mazos, se inventaron muchos más relatos, se leyeron presentes, pasados y futuros y cayeron y surgieron nuevos reinos, pero eso ya es otra historia.

Tal vez lo que haya magnetizado a tantas generaciones del desfile de triunfos, cargado de simbologías arrastradas por los siglos y los distintos confines del planeta, sea su ambigüedad y universalismo. Elementos que hablan de la composición celular de nuestra cultura, algo a lo que Carl Jung llamó arquetipos. Ese material ominoso del que están hechas las mitologías, las creencias y los sueños.

Los jugadores del Tarot. Desconocido, fresco de la Casa Borromeo, Milán

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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