El día que David Bowie se mudó al barrio

 

La muerte, dicen, es un mito en el que muchos creen con tal convencimiento que acaban feneciendo. Pero así como hay dioses en el Olimpo, también hay semidioses que vagan por la tierra dueños de la eternidad. Estos seres siempre poseen alguna característica extravagante y, previo acuerdo con algunas de las deidades terrestres, sean Jehová, Krishna o nuestra más cercana Pachamama, suelen tener la posibilidad de escapar a la daga tenebrosa de madame La Mort. El siglo XX nos entregó una nueva camada de estos personajes y se los dio en llamar estrellas. En un principio salían solo de la pantalla plateada pero luego, con las disputas culturales que caracterizaron su segunda mitad del siglo, nació un subproducto: el rock.

Como el misterio de la vida y la muerte debe mantenerse en secreto, las deidades previamente visitan en privado a estas luminarias del sexo, drogas y rock and roll para proponerles un pacto de inmortalidad a cambio de su más profundo silencio y la prohibición de revelarse al gran público. Algunos lo han hecho de manera bien subrepticia, aunque se han escuchado leyendas de un Brian Jones gordo y pelado paseando un beagle por las calles de Lisboa, o a una supuesta Janis Joplin aun con su pelo desgreñado deambulando por las calles de Timbuktú dando pequeñas enseñanzas de vida a quien se la cruce. A otros, mucho más adictos a su egolatría, les costó horrores pasar desapercibidos. Uno de ellos es Elvis, que fue avistado ás veces que los ovnis a lo largo de los Estados Unidos. También tenemos nuestros ejemplos locales, Tanguito atiende un parripollo en Villa Domínico y se dice que Miguel Abuelo volvió a Ibiza a vender artesanías.

Para pasar a la inmortalidad los dioses exigen hacer un breve tránsito por la muerte, esto ha llevado a algunas estrellas a sembrar en sus actos finales guiños y códigos encriptados anunciando su próxima resurrección. Como sabemos, todo rockstar es un poco una víctima de su ego y tal fue el caso de David Bowie, que anduvo dejando toda una serie de pistas en su despedida. Tal cual Lázaro, tema de su último disco Black Star, murió para luego levantarse dejando testimonio de ese tránsito.

Como podría deducirse de lo antes dicho, los dioses mayores decidieron poner el requisito de la extraterritorialidad después del caso Presley, fue entonces que se volvió inaceptable permanecer en el país de origen y menos en Las Vegas. Así que a cada estrella que pasa a la inmortalidad ahora se le exige un destino lejano y preferiblemente opuesto a su zona de pertenencia. Estas nuevas locaciones han llegado a ser de lo más peculiares.

Todo lo relatado no disminuyó la sorpresa de lo que sucedería aquella tarde. El otoño abrazaba con su tibieza al barrio de La Paternal, invitando a caminar siguiendo un misterioso azar que se disipaba al llegar a cada esquina. Casi sin notarlo en mi andar zigzagueante, terminé en frente a la plaza de Pappo, a mis espaldas escuché ese clásico ruido de llaves y ladridos que anuncia al paseo del perro. Me volteé guiado por mi curiosidad y vi casi en cámara lenta como la hoja de la puerta iba girando develando las facciones del mismísimo David Bowie. Vestido con shorts y ojotas, el alter ego de Ziggy Stardust y el Duque Blanco, estaba a punto de sacar a pasear a su husky de pelaje gris con un ojo celeste y otro marrón.

No pude evitar espetar un “¡David!” abrupto, a lo cual él me silenció con un estruendoso “¡¡¡Shhhh!!! Estoy de incógnito”.

Admito que la sorpresa fue mutua, él por haber sido descubierto y yo por encontrarlo a la vuelta de casa. Entre un poco amenazado y otro poco intrigado, me invitó a pasear a su perro, Héroe. Era muy curioso ver como David era un experto en levantar la caca del perro con la bolsita, no había perdido en absoluto sus movimientos gráciles y señoriales que contrastaban con lo proletario del barrio.

Hablamos horas de misticismo y de las veintiún maneras de hacer un asado. Le enumeré las distintas achuras y cortes vacunos, los vegetales que se permiten asar y el profundo secreto para que la provoleta no se derrita sobre la parrilla. Bowie reconoció que había pasado sus últimos años siendo un vegano estricto, pero luego de cruzar por el umbral de la muerte y conocer algunos de los misterios de la existencia había vuelto a comer carne.

Estaba anocheciendo y hacía ese clima ideal para pasar por un kiosco, comprar una Quilmes y tomarla en un banco de la plaza. Con Héroe acurrucado a sus pies me animé a preguntarle el por qué de su destino porteño habiendo tantas islas paradisíacas en el mundo para pasar la eternidad. El señor Bowie me confesó: “Me encanta la cumbia villera, ese sonido crudo, suburbano, electrónico y movedizo me conquistó. Si lo hubiera conocido unos años antes, de cajón que sacaba un disco dedicado al género”. 

Desgraciadamente ahora, debido a las reglas de perfil bajo impuestas por las deidades superiores, sólo podía dedicarse a escuchar y coleccionar ediciones truchas de los grandes éxitos cumbieros.

“David tenés que conocer a mi amigo Martín, él es el máximo especialista en el género. No solo los conoce a todos, sino que se sabe todos los chismes y fijo que tiene la mejor colección cumbianchera”, le dije.

Cuando llamé a Martín para contarle me fue un poco difícil que creyera que Bowie vivía en frente a la plaza de Pappo, pero como cultor de un género tan surrealista como la cumbia villera erminó aceptando esa posibilidad. Arreglamos una reunión para la semana siguiente.

La casa de Bowie era lo opuesto de lo que uno se podría haber imaginado. Supongo que después de vivir una vida tan cargada de arte y fashionismo, uno se cansa y quiere muebles de esos que se venden sobre Boyacá, carentes de estilo y volcados a ofertas ocasionales. Intentando ser amable le dije: “¿Decoraste vos?” y me respondió misterioso: “Ya no decoro más, ahora sólo vivo”. Sonó el timbre y cayó Martín con un pendrive cargado de los mejores MP3 de cumbia.

David abrió una Quilmes y nos sirvió en vasos todos distintos y tiró: “Dale gas”. Sin mucha introducción Martín puso “Sos botón” de Dani Lescano y el pie derecho de Bowie empezó a marcar el ritmo emocionado. “Es eso, ese es el ritmo, es la actitud. Así éramos los pibes de Brixton cuando era chico. Después nos pegó el glam y nos fuimos al carajo”. Sonaba Mala Fama, Flor de piedra, Pibes chorros, Damas gratis. Ahí mismo David sacó una piedrita de paraguayo y se puso a armar un porro: “No fumo más giladas, las cosas puras y simples, ahí está la belleza de la vida”. Héroe movía la cola al ritmo pegajoso de la cumbia villera y las cervezas circulaban frías y en cantidad. 

Siempre había admirado a Bowie aunque me parecía demasiado serio y distante, pero ahora en su reencarnación barrial lo encontraba más divertido, alegre. Se la pasaba contando chistes estúpidos y se reía a carcajadas, parecía que los cielos de ese azul intenso que enmarcan los días en La Paternal inculcaban una festiva felicidad en él. 

Esa noche terminamos muy tarde, a pedido de David, escuchamos como cinco veces seguidas “La jarra loca”. Cuando quería salir a buscar una farmacia de turno para comprar pastillas para ponerle a los tragos, inspirado en la canción, le aconsejamos que lo mejor era irse a dormir. Aunque mostró cierto desacuerdo al principio, estaba tan fumado que al rato se quedó dormido abrazado a Héroe en ese sillón que no combinaba con nada. Esa noche tuvo muchas continuaciones y terminó desembocando en una larga amistad.

A fin de cuentas, así era el cielo de los semidioses: mucho más libre. David ya sin el peso de la existencia, podía ser más divertido y menos pretencioso. Parece que al final habían encontrado ese sentido a su vida, no tener que aparentar sino solo ser. También le atribuyo cierto mérito al barrio. A veces en mis andares zigzagueantes suelo pensar que al final de esos pasillos irregulares que se internan en las casas chorizo, enterrado debajo de los árboles que asoman desde el centro de la manzana u ocultos en una combinación cabalística de baldosas flojas, hay una entrada a pequeños cielos personales, donde los que logran entrar pueden pasar lo que dura un cigarrillo o la eternidad siendo simplemente ellos, sin más.

Todavía nos seguimos encontrando con David, ahora se copó con el rock barrial y piensa armarse una bandita y  salir a tocar con un pasamontañas para que no lo reconozcan. Estamos intentando que no lo haga, pero quién sabe, tal vez uno de estos días aparece un nuevo disco de David Bolaño, el nombre que figura en el DNI.

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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